Dos Gourmet Musical

Novedades Editoriales: Por qué escuchamos a Stevie Wonder (2020), de Edgardo Scott y Por qué escuchamos a Tupac Shakur (2019), de Bárbara Pistoia.

por Nicolás Pose

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Por qué escuchamos es una colección editada por Gourmet Musical que busca ahondar en los motivos por los que algunos artistas -de diversos géneros, orígenes y épocas- se vuelven esenciales. Nosotros leímos el libro de Bárbara Pistoia sobre Tupac Shakur, un ícono de los noventa, y, el de Edgardo Scott sobre el mágico Stevie Wonder.

Se trata de dos vidas muy diferentes, de dos grandes artistas ubicados en tiempos y espacios distintos, pero a la vez, son músicos que hacen su aporte esencial dentro del campo musical. Ingresan en espacios, sociedades y mercados distintos, por su diferencia de edad, por el género que adoptan para transmitir sus emociones y sentimientos. Seguir leyendo “Dos Gourmet Musical”

Un largo adiós a Marlowe

Ensayo sobre Cine y Literatura publicado en Libres del Libro, (Editorial UAI, 2017)

por Nicolás Pose y Manuel Pose

Marlowe mira asombrado a Terry Lennox, su viejo amigo de copas, lo enfrenta y, luego de un breve diálogo, le dispara a sangre fría. Terry sale despedido y cae en el río interno de su mansión en México. La cámara sigue el movimiento del cadáver que flota mientras la sangre se mezcla con el agua. Un final hollywoodense. Marlowe nunca había matado a nadie, pero esta vez le regalaba el último adiós a Lennox. Seguir leyendo “Un largo adiós a Marlowe”

Del amor a distancia y la vida de un poeta autoexiliado

Novedades Editoriales: Reseña de E-Love de Israel A. Chira (Tinta libre 2019)

por Nicolás Pose

El poeta Israel Chira, nacido en Lima, Perú, tuvo sus minutos de fama cuando le fue publicada en el diario Página/12 y en La izquierda diario una carta que él había enviado a la empresa Tass, instalada en el partido de Coronel Suárez, por haberlo despedido sin argumentos y dejándolo desempleado en el 2017. La epístola que cierra E-love, representa el cansancio y la lucha que se dispone a llevar a cabo Joaquín del Castillo, el narrador de la novela, luego de haberse enfrentado a una situación económica similar cuando todavía vivía en Lima, su ciudad natal. Seguir leyendo “Del amor a distancia y la vida de un poeta autoexiliado”

Relatos íntimos y familiares cerca del agua

Novedades Editoriales: Los cuentos de Cuando pare de llover de Lara Schujman, (Años luz editora)

por Nicolás Pose

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Lara Chujman nació en Mar del Plata y publicó en 2015 Cartas a papá. En su segundo libro, Cuando pare de llover — fue finalista del concurso de ficciones del Ministerio de Cultura de la Nación en 2017 — , la autora presenta diez relatos breves y un cuento largo o nouvelle. Los relatos son historias sencillas de índole realista donde, por lo general, conocemos a los personajes en situaciones que a primera vista parecen cotidianas pero que, al mismo tiempo, siempre ocurre una pequeña revelación, “una epifanía” al estilo Joyce que resignifica el sentido del cuento y hace surgir otro lado de lo que siente ese personaje. Esto queda claro en relatos como “La vieja” donde la narradora se siente obligada a acompañar a una anciana, vecina de su edificio, en busca de una carta que no encuentra. La narradora siente que la vieja le hace perder tiempo y, en realidad, su impaciencia no esconde más que su frustración por deseos incumplidos: “Le diría que quién es ella para decirme lo cansada que estoy. Pero mis palabras no toman cuerpo, quedan mudas ante su voz que me hipnotiza como en una especie de mantra.” O también en “El chino Li” donde la protagonista de viaje por Hong Kong, escapando de una relación que acaba de romper con su ex, comienza a recordar con nostalgia al chino Li, con quién tuvo una fuerte relación afectiva durante la adolescencia hasta que él se fue a vivir a Hong Kong: “Mi mamá casi se muere cuando me vio la cabeza con ese azul que mutaba en verde con el paso de los días. Él se había pintado de rojo y el reflejo naranja le duró bastante tiempo. Le daba un aire de rebeldía que me gustaba, estaba canchero. Cuando volvimos del viaje se lo dije, le dije que le quedaba lindo. También le dije que me gustaba su sonrisa porque mostraba los dientes en su medida justa.“ El viaje finalmente funciona como escape de la relación que acaba de romper con su ex pero la protagonista comienza a recordar al chino Li que, en realidad, no es más que otra forma encubierta de escapar al no aceptar la soledad que la invade en el viaje. Estas revelaciones junto a otros imprevistos también suceden cuando los protagonistas están junto a alguien de su familia, como su padre, su madre o un hermano. Así en “Marea Roja”, narrado en una tercera persona objetiva donde los personajes hablan mientras toman mate en una playa marplatense. Se trata de la hermana que le insiste a su hermano sobre la sucesión de la casa de sus padres. Tienen que vender rápido la casa, le dice Inés, pero él no quiere. Y ella le insiste mientras él rehúye la conversación hasta que el diálogo se hunde al igual que el cargamento de langostinos que tiñe al mar de rojo y crea una imagen bellísima.  O en “Viento Sur”, donde la protagonista decide viajar al campo de sus padres para contarle sobre su reciente separación pero sucede algo extraño relacionado con el clima o tal vez es la misma subjetividad de la protagonista. Esa ambigüedad que late en “Viento Sur” también está en otros relatos como  “Las moscas de papá” donde una familia va de pesca y la narradora protagonista siente incomodidad al dialogar con un francés que la atrae por miedo a que su padre sienta celos o malhumor mientras que, paralelamente, desea que su papá pesque una trucha antes que el francés: “No sé si fue por su acento enredado o por los ojos tristes que llegué a ver en papá, pero en ese momento quise que al francés se le cortara la línea, que el pez se escapara con mosca y todo”. En este sentido “Ema” y “Noche de caza” se los puede situar en la misma serie.

Si algo caracteriza a los relatos de Lara Schujman es su brevedad, su concisión, desprovistos de adjetivación o frases largas, haciendo del despojamiento un rasgo esencial de cada uno de los relatos. Excepto “Piú Blu”, cuento largo, nouvelle de índole policial, anuncia uno de los motivos que ya tendrán otros relatos: el viaje de los personajes por la ruta al estilo “road movie” y la obligada conversación mientras se conocen durante el viaje. “Piú Blu” no es un policial por su forma sino por el develamiento del hecho que se escamoteaba sobre el final. El resto de relatos, en cambio, con una pequeña anécdota como excusa, suelen revelar algo del mundo interior o de los pensamientos que surgen en el personaje que participa de esa experiencia: ya sea un día de pesca, un casamiento, un viaje al exterior, una tarde de playa o la visita a la casa de sus padres. Está presente en muchos de los relatos el mundo familiar, la familia y cómo funcionan esas relaciones en determinados momentos. El único de índole fantástica es “Santa Rosa” con un final inesperado y también “Pampa Warro”, donde por la locura de esa fiesta alucinógena en medio del campo en la localidad Rauch y la lluvia infinita y lo que ocurre después, podría asemejarse a la absurda y al mismo tiempo verosímil situación de algún cuento de Cortázar o de los muchos que produce hoy el nuevo fantástico rioplatense.

La mayoría de las historias transcurren en lugares de la costa o localidades cercanas al mar, como por ejemplo Balcarce (“Piú Blu”). También hay lugares descampados (“Pampa Warro”), conectados con la naturaleza y desprovistos de urbanización (“Las moscas de papá”, “Noche de caza”) y pueblos como en el que transcurre “Santa Rosa” y, por supuesto, la ruta y el automóvil como habitación de los personajes.

Los cuentos de Schujman nos llevan hacia los universos íntimos de los personajes, porque son ellos los que deciden y no pueden decidir, invadidos por la nostalgia, interrumpidos por un imprevisto climático o extraños accidentes, haciendo que la previsibilidad de cada relato siempre sea alterada, en mayor o menor medida, por un evento que está fuera del dominio de los participantes de cada una de estas historias.

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Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Estudió  letras en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el primer premio de narrativa en el VIII Certamen internacional de Poesía y Narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos y fue finalista en el III concurso de narrativa Eugenio Cambaceres (2012) organizado por la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Publicó el libro de cuentos La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y, en colaboración con Juan Pablo Bertazza, Manuel Pose y César Rexach los ensayos de Libres del Libro (UAI, 2017). También ha escrito textos literarios, críticas y reseñas en diversos medios culturales como El interpretadorNo retornable, la revista Siamesa y MALBA Cine. Por una cabeza, su primera novela, se publicó este año.

 

Sin esperar nada

Cuento 

por Griselda García 

 

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Había llegado a la madrugada con el fastidio de haber estado todo el día encerrada en la pieza. La luz de la calle caía en el empedrado que la multiplicaba en mil matices de lluvia. Habían dado el alerta meteorológico y el agua se estaba preparando para soltar toda la furia.

Traverso se armaba un cigarro con un aparatito parecido a una alfombra sin fin. De vez en cuando detenía la tarea y sorbía el mate ya frío. Yo seguía con ginebra y cada tanto, por no despreciar, le aceptaba un amargo. Cuando venían otros no les servía nada, sólo a él. Cada vez menos, pero venía desde hacía mucho. Algo quedaba rebotando en su cabeza. Parecía que no pensaba pero sí. Algo pasaba ahí adentro.

Yo me sacaba los pelos de las cejas. Siempre con la pincita. Tenía seis dando vueltas. Si al salir me la olvidaba tenía que conseguir una sí o sí. Era un pasatiempo. El espejito, en cambio, estaba siempre. Alguna vez había sido dorado, con un cierre de broche que hacía un clic de intimidad. Ahora estaba grasiento de años de cosméticos baratos.

—Yo te lo hago debutar, no hay problema.

—¿Cuándo te lo traigo? Favor por favor.

—Gratis no. Te hago precio. Por los viejos tiempos —dije. Lo escuchaba sin dejar la pincita.

—No seás yegua.

—Si no que vaya con otra. Pero un buen negocio dos veces no lo hacés. Pensalo.

Dejó extinguir el pucho y se acomodó en el catre, que chirrió. El hijo tenía una noviecita y no quería quedar mal. Que pagara como todos. La primera mujer hay que pagarla del propio bolsillo. Era su deber de padre transmitírselo.

A Traverso lo recibía los viernes a la noche. Venía a eyacular una semana de presiones, se sacaba el asco conmigo. Una vez se enteró que le di su hora a otro y casi más me desfigura la cara. Los viernes son míos, Nancy. Eso dijo. Cada viernes me llenaba el departamento de botellas que, una vez vacías, formaban una pared de cristal. Aparecía cargado de bolsas de mercado con papas fritas, aceitunas, queso y galletas. A mí al principio esa rutina que trataba de establecer me daba ternura. Luego me pareció una estupidez. En el último tiempo, los quesos eran dos o tres distintos, las aceitunas, rellenas y la cerveza había cedido su lugar al vino.

Mucho después, la vida seguía y yo la dejaba pasar como una película muda. Me quedaba toda la mañana en la cama. Recordaba otras épocas de carencia, las comparaba con el presente. Casi siempre lograba sentirme muchísimo peor y lloraba hasta que los párpados se me hinchaban. En un momento tomaba el espejito, me miraba y decidía parar. Agarraba dos hielos envueltos en un trapo y los dejaba derretirse sobre mis ojos. La ginebra bajaba su nivel. Al principio él me decía: pará un poco. Después, se llamó a silencio.

Sonó un trueno. Traverso se armó otro cigarro y lo apoyó sobre el cenicero de lata. Se larga en cualquier momento, dijo y puteó: no encontraba los fósforos. Fue hasta la cocina. A veces hacía una mecha de papel, lo acercaba al calefón y encendía el cigarro con eso. Lo escuché rebuscando entre diarios apilados. Nancy, Nancy, decía, sin fuerza. Yo hacía equilibrio con la silla.

Se oyeron unos tiros hacia el lado del río. Pronto sonaría una sirena y al rato la nada. Así era siempre. Cerca del amanecer la luz teñía con timidez el contorno de los edificios y ni bien una se distraía, el sol aparecía naranja como un tigre. Ya empezaba a clarear. Traverso me pasó un mate.

 —¿Vino Soares? —preguntó.

—Hace rato que no pasa.

—A lo mejor no necesita, ya.

—Si vinieran sólo los que necesitan…

—No te pasés de viva conmigo.

Cuando empezaba a amanecer se ponía nervioso. Un día, más por mimarlo que por convicción, lo invité a quedarse. Al mediodía te amaso unos tallarines, le dije. Se largó a llorar como un chico. Quise armarle un cigarrillo pero se me cayó el tabaco y lloró peor. Vení, abrazame, Nancy, abrazame. Me senté atrás de él en la cama y lo acuné como a un hijo ingrato. No dijo nada, esa vez ni después. Empezó a tranquilizarse y el llanto se desvaneció. Se secó los mocos con la sábana y me dio un beso en la frente. Fue la única vez que me besó.

A veces, durante la semana, pensaba en él. Trataba de recordar su voz, su mirada. Pero no podía. Eran tantos que me confundía. A veces era la boca de Eugenio y la barba de Rubén; otras, la espalda ancha y un poco peluda de Ernesto, o los pies feúchos de Osvaldo. Se mezclaban. La estera de yute, tosca pero útil, había recibido zapatos, alpargatas y mocasines de distintas modas.

—Te pregunté si lo viste a Soares.

—Parala con Soares. Con el nene qué vas a hacer.

—Ya te dije, te lo traigo en la semana. No seás bestia, es chico.

—¿Cuándo te fallé?

—Tenés razón —dijo sonriendo.

Me apartó un mechón de pelo y me miró como se mira a un perro viejo. Se puso de pie. Era la hora.

—Será hasta el viernes —dijo.

—Hasta el viernes.

Dejó la puerta entornada y oí al perro de la vecina. Ladraba al escuchar pasos. Sonó el silbato del vendedor de rasquetas desde su bicicleta. Cada tanto traía figacitas de manteca. Yo le compraba para el mate. Esa vez ni ganas de bajar tenía. La luz había llegado con la fuerza de una verdad que hubiera preferido no conocer. Iba a dejar pasar la mañana sin moverme, mirando las paredes de la pieza y tanteando en la mesa de noche el vaso de plástico lleno o vacío de ginebra. Iba a dejar pasar la mañana sin esperar nada.

 

 

 

Griselda García (Buenos Aires, 1979) es escritora y editora. Estudió Diseño de Imagen y Sonido y Letras (UBA). Publicó los siguientes libros: Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009), Hallucinations in the Alfalfa and other poems (traductor: Hugh Hazelton, Wolsak y Wynn, Canadá, 2010), La madre del universo, (relatos, 2012), Mi pequeño acto privado (2015), Ahora (2016) y Bouquet Garní + SPAM (2017). Se dedica al dictado de talleres de escritura creativa y al seguimiento de obras literarias en progreso. Se desempeñó como editora en La carta de Oliver y Ediciones Del Dock. En la actualidad dirige GG, editorial de narrativa y poesía.

 

 

 

Sobre Sylvia Iparraguirre, La vida invisible (Ampersand, 2018), por Ignacio Bosero

 

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“No produce el mismo tipo de diferenciación inconquistable el usufructo de una biblioteca que la posesión de una moto japonesa: imaginariamente, cualquiera puede comprar una moto japonesa” (Sarlo, Escenas de la vida posmoderna)

 

No todos tienen el recuerdo nítido de su imagen de lectores en su punto inicial, en su gestación, en ese ¡plop! que todo lo cambiaría. “Lo más remoto que conservo como lectora solitaria es una imagen en la que me veo leyendo, curiosamente, desde arriba. Debo tener unos ocho años, sentada en el umbral de mi casa, el vestido estirado sobre las rodillas, los zapatos con presilla y botón: leo una de las llamadas “revistas mexicanas”, La Pequeña Lulú”. Lejos de desdibujarse en la infancia o la adolescencia, la figura (real) de lectora de Sylvia Iparraguirre toma cuerpo, densidad y madura a lo largo del tiempo de su vida con una pasión envidiable. La vida invisible es una autobiografía construida por la historia personal de los libros que la marcaron, por lo tanto es una especie de relectura y rescritura corporal de esas marcas. Marcar aquí es abrir los senderos imaginarios por los cuales pasará una vida de lectora, con sus elecciones y preferencias y encuentros fortuitos. Pero así como puede decirse que hay sólo una serie de libros y no otros que inauguran un imaginario persistente y perdurable en la experiencia y en la memoria, hay sólo una serie de escenarios posibles que le dan forma, sentido y contenido a ese mundo con características propias. A la que a su vez hay que agregar el hecho fortuito de una serie única de personas y familiares (padres incluidos) que “terminan” por componer este paisaje único, casi mítico de la autora, lo que llama ella “identidad fundamental”. “La lectura fue para mí, desde que tengo memoria, una experiencia vital, tan decisiva como el conjunto de aprendizajes que forman nuestra identidad fundamental”.

En el comienzo de todos los comienzos hay una biblioteca. Y no sólo eso, un territorio: el de una casa de un pueblo perdido de La Pampa, nada menos que Los Toldos. “Aunque en mi casa de Junín había libros, nada era comparable a la biblioteca de la casa de mi abuela, en Los Toldos, donde con mi hermana pasábamos los veranos”. Ese espacio fundacional, aparte, en el aburrimiento de la siesta calurosa de un pueblo de pocos habitantes, está habitado por las enciclopedias y los libros, sus abuelos y personajes singulares como un misionero español empeñado en evangelizar a los indios fronterizos con su Pequeño manual del misionero. “En la biblioteca, mis primos, mi hermana y yo confabulábamos en voz baja, acompañados por el zureo de las palomas. Ese fue el escenario de mi primer amor por las enciclopedias”. Y al mismo tiempo, el descubrimiento de dos lecturas capitales, el Robinson Crusoe, de Defoe, y Marido y mujer de Tolstói.

En la adolescencia la lectura siguió siendo la compañía predilecta, la comunicación más noble y sentida, aunque todavía perteneciente al mundo privado, íntimo y secreto. “No tuve interlocutores. No cultivé el hábito de hablar de lo que leía o no busqué con quién compartirlo”. De ese modo, la vida invisible, por timidez, por diferente a las demás mujeres y niños de su edad, se profundizó hasta dar por fin con las lecturas y el lenguaje que esa adolescente necesitaba oír. El lenguaje de los argentinos; el que halló en Los Premios de Cortázar, en las novelas de Sábato y poemas de Borges, entre otros, y que venían a irrumpir nuestra lengua escrita signada por el español y el uso del “tú” en esa época.

El río de lecturas fue creciendo y complejizándose hasta desembocar en el conocimiento de Borges como alumna en la facultad de Letras. Aquí comienza otra historia, sin duda, la del vínculo con el profesor y escritor que se hizo familiar.  “Borges –como Tolstói, como Defoe, como Bradbury, como Cortázar, como Echeverría– es una experiencia autobiográfica. Así como crecí con los Beatles, con el cine, con Katherine Mansfield, con Whitman y Neruda, crecí con Borges. Me ha acompañado con la misma familiaridad que nos acompaña, a lo largo de la vida, un actor o un músico y por los cuales llegamos a tener, más allá de su arte, un cariño verdadero”.

Hay páginas y situaciones que describen una biografía y lo que tienen de verdadero y testimonial es que no son conquistables, no pueden adquirirse como un bien ni compararse con otras; son de algún modo ajenas. Pertenecen al terreno de la intimidad de los artistas. De la ventana cerrada de su espíritu. Habrá que esperar a que ese acceso sea posible, que la autora o el autor lo permita; y por supuesto, puede suceder como no, al ser producto de una donación de una experiencia vital, sensible, fiable de los sentimientos emotivos e intelectuales de una persona. Y de ser un esfuerzo de la memoria, no siempre sencillo de movilizar y menos de plasmar. Esa transmisión quizá sólo es posible cuando la riqueza de un recorrido es tanta que se prefiera restablecer un diálogo con la historia y los lectores, de incluso, inventar uno nuevo, inesperado.

En este caso, hoy lo sabemos, hay un hito temprano en la experiencia de lectora y escritora de Sylvia Iparraguirre, que abre camino a un diálogo sin fin con la literatura. Es el conocimiento, a los 22 años, del escritor Abelardo Castillo, quien sería en adelante su pareja de toda la vida. “Con Abelardo, la vida invisible se visibilizó, fluyó, para transformarse en un diálogo continuo. Si la biblioteca de la casa de mi abuela arma la primera escena de mi novela personal como lectora, en la biblioteca de Abelardo, en nuestro departamento de la calle Pueyrredón, empezó mi educación literaria”.

Con este encuentro clave, profundo en su existencia, las lecturas se intensifican y adquieren otra dimensión. Una “educación literaria” significa no un orden pero sí un sentido que va en dirección del deseo de leer y escribir, sea por fuera o por dentro de la academia. Abelardo aparece como un guía, un escritor y lector ya maduro (de hecho es bastante más grande que Sylvia cuando se conocen), donde los libros, para este escritor, son “el eje capital de su vida”. Por lo tanto, Si la vida invisible se visibilizó en esa comunicación amorosa e intelectual a lo largo de mucho tiempo, La vida invisible, como libro, es una forma de recobrar y enriquecer ese diálogo sin punto final con la memoria personal y colectiva de una escritora que trasluce simplicidad y exquisitez en su escritura y en sus recuerdos y percepciones vitales.

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.

 

 

“Diario sentimental de una chica escort”: Una vida en presente de Paula Puebla, (17grises, 2018) Por Nicolás Pose

 

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Una vida en presente es la historia de María Guevara, protagonista y narradora de la novela, representante de la figura de una mujer fuerte, independiente y que se abastece a sí misma con el dinero que generan sus vínculos de clase alta, un dinero que viene marcado por el sexo que fluye de esas relaciones sociales que ella fue tejiendo con su trabajo de chica escort. De esta manera atraviesa su existencia entre el deseo, los sueños postergados y la depresión que la rodea por vivir siempre dentro de ese presente efímero y cosificado que le ofrecen las relaciones con el otro.

Desde una mirada reaccionaria puede existir la tentación de leerse la novela de Paula Puebla sólo como la historia de una chica scort, una de tantas que existen en la ciudad o que vemos a diario en programas de espectáculos y simulan perfectamente cómo han llegado a ganar ese lugar en la pantalla, o para decirlo con más sencillez, algunos deben comentar que se trata del relato en primera persona de una puta elegante, al estilo de esas novelas eróticas francesas del siglo XIX. Nada más alejado de eso lo que propone la narración al concentrarse en la vida de María Guevara, en el tiempo y espacio en que vive, ahondando en la psicología de esta mujer que, como se titula el libro, pelea contra esos fantasmas que la aquejan mientras disfruta de todos los deseos materiales que le ofrecen sus ganancias y que muchas chicas desearían pero no pueden tenerlo, en este mundo capitalista que sólo valora lo efímero, lo pasatista, anula los deseos más profundos e importantes del ser humano y, al mismo tiempo, concentra  eso mismo en los objetos que se observan, se buscan, se compran o se desean a diario. Es por eso que, los objetos, van a estar atravesados de cierta vida que no se encuentra en cualquier novela, por cómo los describe María Guevara, ya que pareciera que estos concentraran ciertas verdades o tienen la consistencia y la solidez que los vínculos le niegan en esa existencia tan en presente que, parece parte de la ficción, pero que muchos ciudadanos vive o la percibe de esa forma en cualquier ciudad del mundo. Es el fetichismo de la mercancía que, como un fantasma, sobrevuela a toda hora en el relato con descripciones como: “saqué de la carpeta de cartulina verde malva la escritura del departamento”, “me puse un sweater de cashmere mongol color canela directamente sobre la piel”, “mesada de mármol vasco negro marquina”, “metí una cápsula de Ristretto Intenso en el aparato de inspiración italiana ensamblado en China”; y también con los vestidos y la ropa en general: “Elegí un vestido negro opaco estilo Jackie. De tacto frío, la tela sintética, imitación de la seda, patinaba sobre mi cuerpo y emitía un suspiro cautivante cada vez que me movía.”, “El brillo de los stilettos negros de charol le quedaba bien a la sobriedad del vestido. (…) Me abrigué con un tapado negro cruzado con botones dorados y elegí una cartera estilo Chanel.” Esa seguridad que tienen los objetos que parecen concentrar mayor humanidad que las personas, es inversa con respecto a la psicología y la estabilidad emocional de Guevara que, titubea, indecisa, cuando debe enfrentarse con ese mundo masculino que la rodea, la deprime y que se transforma en sostén económico directo para que pueda realizar sus deseos materiales y comprar y convivir con todos esos objetos que describe con interés de vendedora o escritora de catálogo de ventas. Como escribe Marx en El Capital, si las cosas en su forma de mercancías hablaran, lo harían de esta manera: “Puede ser que a los hombres les interese nuestro valor de uso. No nos incumbe en cuanto cosas. Lo que nos concierne en cuanto cosas es nuestro valor”[1] Si bien se entiende la importancia que le da la narradora a la ropa en ese mundo donde se mueve, describiendo la frivolidad como arte que teje ese tipo de relaciones sociales mediadas sólo por el dinero o el interés, también es innegable que el fetichismo de la mercancía se presenta indiscutidamente cosificando las relaciones sociales, en una época donde los objetos tienden a humanizarse cada día más en pos de la cosificación de las personas. Más tarde la misma narradora dice: “Como me repetía siempre Eduardo ‘c’ est tout une question d’argent’. Nunca hasta ese momento había pensado en el poder de esa afirmación. Para los que la tienen y para los que no, la existencia se resume en una cuestión de dinero”.

En una entrevista, la autora ha dicho que su novela podría leerse como un tratado indirecto sobre la maternidad. Lo decía en el sentido de que, debajo de la vida superficial y frívola de la protagonista, aparecen ciertos sentimientos maternales cuando María todos los viernes se queda con sus sobrinas, ambas gemelas, e hijas de su hermana, Julia, modelo de mujer opuesta a María Guevara, que la narradora describe como una mujer anorgásmica, dependiente, maltratada por su cuñado y en permanentes peleas y discusiones, luchando por tratar de mantener el vínculo con su marido por tener dos niñas y sobrellevar correctamente las apariencias de familia tradicional en su estatus social de clase alta. Es por eso que su hermana, al contrario de ella, nunca busca modificar su vida, es el alimento de la tradición de la familia de principios del siglo XX versus la libertad de la mujer del siglo XXI. Sin embargo, María también se enamora, ya que aunque lo desee, no puede calcular y controlar todo anulando la pasión, y esto es lo que le sucede con su psicoanalista, Abraham Seligman, proveedor de las pastillas antidepresivas y tutor de sus sentimientos cuando su personalidad entra en crisis, tal vez el único hombre que ella piensa que la configura como mujer de verdad y no como un objeto sexual o una relación marcada pura y exclusivamente por la filosofía del dinero −robándole el título a George Simmel−.

Por supuesto, teniendo a esta narradora, una mujer scort, tan contrapuesta a su hermana Julia y a las oposiciones tan evidentes que se desprenden entre ambos modelos de mujer, aparece el tema del feminismo. En un primer nivel, ingresa superficialmente; así, por ejemplo, cuando María Guevara, describe consignas pintadas sobre las persianas metálicas cerradas de negocios del centro:

Repasé con la mirada los stencils pintados en fucsia que parecían más recientes. “Muerte al macho”, decía uno. “Mujer bonita es la que aborta”, decía otro. Parecían más nombres de bandas de punk que otra cosa: hay palabras que no hacen mella nada más que en los propios fantasmas.

La protagonista cierra la cuestión de un plumazo con esa frase tajante. En un nivel más profundo es la misma narración, los puntos de vista de la protagonista, sus vivencias, sus ideas, es decir, todo el relato es el que nos provee la versión o el modelo de una mujer contradictoria y tan humana, justamente por no situarse dentro de ningún estereotipo femenino. O sea, lo que esta mujer piensa sobre el feminismo o no, lo que importa es que la versión que ella escribe sobre su condición femenina está plasmada en sus actos, en la manera que tiene de moverse en la vida que lleva y en las opiniones que da acerca de su hermana como modelo de mujer contrapuesta al suyo.

Pero María Guevara no sólo es eso, también la novela, utiliza un procedimiento donde en algunas páginas prácticamente en blanco, que se intercalan en medio de la narración, se menciona en tan sólo dos frases en cursiva lo que ha hecho María Guevara durante un día. Así, por ejemplo, en una sola página un narrador en tercera describe: “Los domingos María descansa” o “María pinta con óleos sobre fotografías de animales” o “María extraña a su madre pero apenas la recuerda”. Son esas pequeñas frases las que esconden la parte más sentimental y más humana de María Guevara, es decir, no tan cosificada y mediatizada por el dinero como es su personalidad a lo largo de la novela.

Llevar “una vida en presente” de verdad, si se pudiese, es una de las ilusiones de María Guevara que, al dialogar en la cama con su psicoanalista y amante Abraham Seligman, se entera de que hay ciertos laboratorios que están diseñando fármacos y trabajando con tecnología que revisa nuestros paquetes de recuerdos. Así, de esta manera, una persona podría elegir qué recuerdos mantener, modificar y cuáles borrar. Más tarde, cerca del final de la novela, María se encuentra en avenida de Mayo y Saenz Peña con una gitana que quiere leerle el futuro y que ella rechaza. Reflexiona:

Imaginé que tendría un catálogo de cuatro o cinco pronósticos estándar para ofrecerles a las mujeres perdidas, los únicos seres vivos que profesan la ilusión. “Vas a conocer un hombre”, debería ser uno. “Vas a emprender un gran viaje”, debería ser otro. “La muerte anda cerca”, debería ser el tercero; no muchas variantes más. “¿Quién en su sano juicio querría conocer su futuro?”, pensé.

De los posibles pronósticos, María concreta el viaje a Barcelona con sus amadas sobrinas, la variante hombres siempre estará abierta aunque con escepticismo; lo que resta, mientras tanto, es vivir el presente.

 

[1] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política, t. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 2000, p.47.

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Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Estudió  letras en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el primer premio de narrativa en el VIII Certamen internacional de Poesía y Narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos y fue finalista en el III concurso de narrativa Eugenio Cambaceres(2012) organizado por la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Publicó el libro de cuentos La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y, en colaboración con Juan Pablo Bertazza, Manuel Pose y César Rexach los ensayos de Libres del Libro (UAI, 2017). También ha escrito textos literarios, críticas y reseñas en diversos medios culturales como El interpretadorNo retornable, la revista Siamesa y MALBA Cine. Por una cabeza, su primera novela, se publicó este año. Actualmente organiza junto a Florencia Benson y Magalí Díaz Moreno el ciclo de literatura y arte erótico “Noches Venusinas”.

 

“Desinventar la vida”: Jacki, la internet profunda de Iosi Havilio (Socios Fundadores, 2018), por Ignacio Bosero

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Dibujo: Denise Groesman

Foto de tapa: Lucas Olarte

 

¿Qué lugar tiene la literatura en el último libro de Iosi Havilio? Ocupa un lugar preponderante, nunca antes ocupado: está al desnudo total. Ese lugar no es el de la fiesta de la imaginación, sino el de la resaca, el de una sabia resaca. El espejo que construye con Jacki (Internet profunda) es la exaltación de la juventud, el cuerpo enfiestado que ya ella (la otra, la que le escribe los “volcánicos monólogos”, “la mitómana lengua larga que nació para hacerte feliz…”, “la bruja resentida sin cura”) no puede ofrecerle más al universo, al cosmos. Ese territorio de excesos, de hundirse en la pasión, “es tan difícil dar con una pasión!”, “quién pone el corazón en algo sin duda sufre, Jacki” es la vía para la única tarea realmente importante en la vida, que es “desinventarla” “contra todo lo que pienso”. Esta escritora demente reniega contra los moralismos, las formas y la decencia, y le vomita todo su aprendizaje en una verdadera y luminosa proclama literaria para Jacki. Es que el libro es una comunicación rabiosa que inventa un lector posible. Un lector Jacki, dispuesto a disentir y a tomar y revolver en este escrito aciago al estilo Los cantos de Maldoror. Desde las tripas, desde lo profundo, de la cueva iluminada de la experiencia; desde ese torrente se despliegan los mejores momentos del libro. La bruja resentida sabe que la literatura de Jacki está “en ese higo precursor más fresco que el verano”. En ese estado entre demoledor e inocente, perturbador, rimbaudiano, de perfección justo, de perversión justa, en la tensión que desata el fuego de una batalla auténtica. Jacki sabe más que todos los críticos y escritores juntos. Su texto sobre Pinocho, esa cosa amorfa e inentendible y por lo tanto seductora, a la que no tenemos acceso o sabemos poco más que lo descrito (tampoco importa), es lo que está en la incubadora y se debe proteger de la mala literatura. De enchastrarse con la exigencia, “esfuerzo descomunal” “del escribir por escribir”, que en definitiva mata la pasión. Ni virgen ni avinagrada, así es Jacki, es la literatura en carne viva, el amor, la pulsión excitada, la perla en el basural. Está siendo, está pariendo el monstruo. ¿Quién sabe lo que va a parir? Eso es literatura, lo incierto, puro miedo, indecencia, sangre… “sangre!… Jacki, sangre!… estoy sangrando bestialmente… todo esto por vos, por vos y por tu texto… estoy sangrando por la sequía de todos estos años…”.

Más que consejos hay confesiones: “Para mí la rabia no es una palabra… la rabia es mi vocación… la rabia luminosa”. Hay que estar hay que estar hay que estar, hay que sentir las tormentas y sus descargas eléctricas como un techo que puede derrumbarse, la furia viva de un diluvio imposible de controlar: Sí, Jacki, el agua se filtra por todos lados de la casa. ¡Es la casa inundada!, Jacki… Jacki… “Escribir es otra cosa… hay que tomarse el tiempo para ver ese pueblo… sentir su dimensión… hasta las tripas… dónde queda, qué hay detrás, qué accidentes… Recién cuando uno puede morir en ese pueblo, ese pueblo empieza a existir…”. Este libro, estas confesiones a Jacki, son fuertes ideas sobre la literatura que merecen ser oídas, no predicadas. Estas pequeñas frases convulsionadas son una verdad entregada y pulida de una suerte de adivino que elaboró su propia materia, su magia, en condiciones impuras. No es que haya éxito posible siguiéndolas, no se trata de eso, de manual, remedio o cura, pero si es cierto que los que no estén atentos y no puedan leerlas, y por qué no entenderlas, serán siempre unos farsantes.

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.

 

 

 

Todo ajeno

Selección de poemas, por Natalia Litvinova

 

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Imagen de José Ramón Vaca

 

ELLOS VUELAN                                                 

Es como si mis pensamientos no tuvieran lugar.

La cabeza no logra fijarlos. Vuelan, el cuerpo no.

Tienen movimientos del colibrí:

levitan, van hacia atrás, ya están adelante.

Es poco lo que sé explicar sin mencionar a los pájaros.

 

 

ESPECTRAL                                                                    

¿Dónde se fue mi reflejo?

Ando a tientas con mi cuerpo desapareciente.

El viento cerró la ventana. ¿O fue mi mano?

Observo el animal que pasa. El sauce que tiembla.

Pero mis ojos no se ven.

Con el espejo muerto yo no tengo cuerpo.

Voy hacia el lago, duerme.

Imagino dos rodillas.

Las clavo en la tierra.

Pido que las luces me dibujen.

 

 

POLEN                                                        

¿Qué hago con mi vida? Espero.

Cuando sople el viento

dejaré las raíces para hacer

el camino del polen.

 

 

ENTRE OBJETOS Y POLVO                 

Es culpa del desorden que tenga pesadillas.

No me gesté entre objetos y polvo.

Entrecierro los ojos y voy al vientre.

Nada mejor que huir hacia lo ajeno.

 

 

CORTAR                                                                           

Quiero cortar la oscuridad en dos

para elegir de qué lado estar.

Matarla sin que se dé cuenta.

Que tiemble como una perra bajo

la lluvia cuando le muestre mis colmillos.

Voy a beber tu sangre, oscuridad. No me lleves.

 

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Natalia Litvinova (1986, Gómel) es escritora argentina de origen bielorruso, dedicada al campo de la poesía y de la traducción. Junto a Tom Maver dirige la editorial Llantén. En 2017 ganó el Premio estímulo de la Fundación Argentina para la Poesía. Publicó los libros de poemas: Esteparia (2010), reeditado en España y en Uruguay; Grieta (2012) reeditado en España y en Costa Rica; Todo ajeno (2013); Siguiente vitalidad (2015) reeditado en España, México y Chile, y “Cuerpos textualizados” (2014) en coautoría con Javier Galarza. A ellos se suma Cesto de trenzas (2018).