Besos, champagne y combates aéreos

Algunas cuestiones sobre Wings (1927)

por Karina Boiola

Ficha técnica

[Largometraje] Duración: 138 minutos. Dirección: William A. Wellman. Guión: Hope Loring, Louis D. Lighton (Historia: John Monk Saunders). Fotografía: Harry Perry (B&W). Producción: Paramount Pictures. Reparto: Clara BowCharles ‘Buddy’ RogersRichard ArlenGary CooperJobyna RalstonEl BrendelArlette Marchal.

Wings (1927) es una película que vale la pena ver por muchas razones. Fue la primera cinta que ganó el Oscar a mejor película en la primera ceremonia de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, en 1929. Y, también, la única película muda en hacerlo. Todavía con intertítulos y con ciertos códigos dramáticos del cine mudo, pero ya con puestas de cámara y recursos sonoros del cine que vendría después, el film es un claro exponente de un momento transicional de la industria del cine hollywoodense: el pasaje del cine mudo al cine sonoro. No solo eso, sino que representó además una osadísima apuesta en términos de producción de Paramount, en aquel momento el estudio más importante de Hollywood. Con un presupuesto de dos millones de dólares y con actuaciones de Clara Bow y Charles Rogers (la it girl y el America’s boyfriend de la época), contó con la asistencia de la Fuerza Aérea norteamericana para su realización, que le prestó a Paramount seiscientos aviones para la filmación. Su director, hasta entonces el poco conocido William Wellman, fue elegido por conjugar saber cinematográfico con experiencia efectiva como piloto en la Primera Guerra Mundial.
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La insoportable levedad del kitsch

por Juan Pablo Bertazza

Publicado en Libres del Libro, (Editorial UAI, 2017)

En la entrada de su diario correspondiente al 2 de agosto del año 1914, Franz Kafka anotó: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación”.

Más que indiferencia, lo que parecía exponer Kafka de manera tan cruda era el contraste siempre prolífico y nunca bien resuelto entre lo público y lo privado, entre lo colectivo y lo íntimo o, mejor aún, entre lo importante y lo nimio. Seguir leyendo “La insoportable levedad del kitsch”

Algunas sugerencias para la cuarentena 📭

Les damos algunas recomendaciones para que puedan pasar la cuarentena lo mejor posible, refrescando sus mentes en una ola de libros, obras de teatro, películas y series.

  • Libros

Editorial Mansalva libera tres libros de Cesar Aira, se pueden descargar acá

Santos Locos Editorial de Poesía envia regalos a sus suscriptores para hacer llevadera la pandemia, acá pueden descargar La respuesta, libro que reúne a 18 poetas argentinos.

En Barcelona, la libreria On the road ofrece vivos en IG con debates, lecturas e invitados Seguir leyendo “Algunas sugerencias para la cuarentena 📭”

Un largo adiós a Marlowe

Ensayo sobre Cine y Literatura publicado en Libres del Libro, (Editorial UAI, 2017)

por Nicolás Pose y Manuel Pose

Marlowe mira asombrado a Terry Lennox, su viejo amigo de copas, lo enfrenta y, luego de un breve diálogo, le dispara a sangre fría. Terry sale despedido y cae en el río interno de su mansión en México. La cámara sigue el movimiento del cadáver que flota mientras la sangre se mezcla con el agua. Un final hollywoodense. Marlowe nunca había matado a nadie, pero esta vez le regalaba el último adiós a Lennox. Seguir leyendo “Un largo adiós a Marlowe”

La ficción y sus peligros

por Karina Boiola

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El diccionario de la RAE define al peligro como: 1) “Riesgo o contingencia inminente de que suceda algún mal” y 2) “Lugar, paso, obstáculo y situación en que aumenta la inminencia de un daño”. En sus dos acepciones, la definición del diccionario me parece interesante para pensar las formas en que el significante peligro engloba una serie de sentidos que han sido muy productivos para la ficción. Es decir, me voy a abocar, en lo que sigue, a discurrir sobre el peligro como el motor –o uno de los motores– de discursividades heterogéneas.

En este sentido, la asociación más inmediata que se me viene a la mente es con la literatura y el cine. En particular, con el llamado “género de aventuras”. De nuevo, me remito al diccionario: “aventura”, según la RAE, proviene del latín adventūra, que significa “lo que va a venir”. Entonces, la palabra haría referencia a “un suceso o acontecimiento extraño, a una casualidad o contingencia y a una empresa de resultado incierto que presenta riesgos”. Vemos que acudir al diccionario tiene sus ventajas, ya que nos permite empezar a dilucidar las relaciones semánticas entre el peligro y la aventura. Efectivamente, la versión más cristalizada del “género de aventuras” nos presenta a un héroe que se lanza hacia lo desconocido, porque algo de su cotidianidad se trastoca (por un suceso fuera de lo común o por una contingencia). En ese sentido, la aventura se sitúa en el futuro: ni el pasado ni el presente son instancias temporales posibles para ella. Y esto puede conllevar, para su protagonista, riesgos y obstáculos. El peligro se encontraría, desde esta perspectiva, en la incertidumbre “de lo que va a venir” que, como sabemos, no estará exenta de posibles dificultades, males y peripecias.

Aquí la lista de ficciones literarias es extensa. Autores como R.L. Stevenson, Mark Twain, Julio Verne, Jonathan Swift, Alexander Dumas, entre otros, se cuentan entre los “clásicos” del género. El cine no se queda atrás. Basta pensar en el personaje de la película dirigida por Spielberg, Indiana Jones. Sus películas nos muestran al más famoso de los arqueólogos (si no contamos a su contraparte femenina, Lara Croft) sortear todo tipo de peligros, en escenarios exóticos y remotos, para ir tras reliquias antiquísimas y encontrar así (luego se descubre) el amor y la armonía familiar. Lo que caracteriza a este tipo de personajes, en su afán por la aventura, es que le hacen frente al peligro como si se tratara de un juego: su creatividad frente a situaciones de vida o muerte, su valentía y su destreza física los salvan de todos esos riesgos imposibles a los que se exponen. Y, si el peligro se construye, en el “género de aventuras”, de manera hiperbólica, igual de hiperbólicas son las capacidades del héroe para zafarse de él. Ahí está la clave del verosímil del género: ¿de qué otra manera podría sobrevivir Indie a arrojarse de un avión que está por estrellarse en la montaña, subido una balsa inflable que se abre mientras cae? ¿O a una explosión atómica, metido en una heladera de los años cincuenta?

Voy a seguir con los ejemplos divertidos. El episodio “Meeseeks and Destroy” –de la primera temporada de la serie de dibujos animados Rick and Morty– trabaja, desde el humor y la parodia, con estas características que mencionamos. Los personajes de la serie ya son, en sí mismos, una parodia de la famosa dupla de Volver al futuro. Rick es, a todas luces, una versión más trashera del “Doc” Emmet Brown y Morty un adolescente, como Marty McFly, atolondrado, un poco tonto, que oficia de “ayudante” de su abuelo, en sus alocadas aventuras a través de los mundos posibles que habilitan Schrödinger y su gato. Este episodio, en particular, juega con las asociaciones habituales que suscita el género, pero con resultados menos satisfactorios para sus personajes. Luego de una aventura particularmente traumática, en la que el adolescente debe aniquilar a clones perfectos de su familia, Morty le dice a Rick que quiere vivir una “verdadera aventura”. Quiere ser el héroe de un relato de aventuras “como corresponde”: sortear obstáculos para hacer el bien y ayudar a una aldea en problemas.

Para lograrlo, Rick y Morty plantan unas habichuelas mágicas y se encuentran de pronto en la casa del esperable gigante, dueño de un gran tesoro (parodia que, como sabemos, hace referencia al cuento infantil “Juanito y las habichuelas”, también cruzado por la matriz del relato de aventuras). Pero, en lugar de enfrentarlo, el gigante se resbala y muere, al golpearse la cabeza con el borde de la mesa. Todo va bien, hasta que aparece la esposa del gigante, con su hijo en brazos, y llama a la policía. De pronto, Rick y Morty se encuentran en un juicio por homicidio y, a punto de ser condenados, son liberados por un abogado que lucha por los derechos “de la gente pequeña”. Aún más, para seguir enfrentando al peligro en sus aventuras estereotipadas, Rick y Morty se detienen en una taberna. Allí, Morty se cruza, en el baño del lugar, con Mr. Jellybean, un ser en apariencia amigable que poco después intenta abusar del él. Morty logra escapar y, notablemente angustiado por lo que acaba de pasar y por no poder vivir su aventura como un verdadero héroe, le ruega a Rick volver a casa. El abuelo no es tonto y se da cuenta de lo que pasó; por eso, le dice al adolescente que le va a donar a los habitantes de la aldea todo el dinero que ha ganado jugando a las cartas. Hasta acá, la aventura está a punto de resolverse favorablemente. Pero, cuando, agradecidos, los aldeanos le presentan a Rick y Morty al rey del lugar, se dan cuenta que se trata de Mr. Jellybean.

Cuento hasta ahí porque no se trata de spoilear el episodio. Sólo quiero destacar que, en este caso, la serie se hace eco de los rasgos más cristalizados y reconocibles del relato de aventuras, para así construir una trama marcada por el humor negro. El peligro, acá, es hiperbólico, sí, pero también “bizarro”, ácido, desestabilizante. La construcción de sus sentidos es heteróclita: se nutre de discursos científicos, parodias de cuentos infantiles y películas icónicas de la cultura popular, situaciones traumatizantes, para así generar un contenido irónico y original. Como vemos, los prototipos genéricos se copian, se transforman, se niegan, se reelaboran. Pero, lo que es seguro, después de este itinerario, es que la ficción y sus peligros nos seguirán deparando extrañas, soñadoras y apabullantes aventuras.

 

Karina G. Boiola (1988, Buenos Aires) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Latinoamericanas de la UNSAM. Ha sido columnista de la revista “Tierra Adentro” (México, CONACULTA).

 

En boca de Carpenter la locura de Lovecraft

por Nicolás Pose y Manuel Pose

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En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994) es “la” película que homenajea a Howard Phillips Lovecraft, más conocido como H.P. Lovecraft, maestro del horror cósmico, tan imprescindible como Edgar Allan Poe. Tanto el director, John Carpenter, como el guionista, Michael De Luca, han logrado un extraordinario popurrí cimentado en los relatos de los Mitos de Cthulhu, ciclo literario de horror cósmico consolidado entre 1921 y 1935 por Lovecraft y otros escritores de su Círculo.

Desde siempre, Carpenter ha reconocido su admiración por la obra de Lovecraft. Películas como La niebla (The Fog, 1980), La cosa (The Thing, 1982) y El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, 1987) así lo confirman. Estas dos últimas componen lo que Carpenter llamó la “trilogía del apocalipsis” que culmina, precisamente, con En la boca del miedo, la película más lovecraftiana del director y por qué no, de todos los tiempos.

El escritor de best sellers Sutter Cane (Jürgen Prochnow) ha desaparecido misteriosamente junto con su última novela “In the Mouth of Madness”. Es por eso que la editorial Arcane contrata al investigador de seguros John Trent (Sam Neill) para localizar el manuscrito original que está en manos de Cane, maestro del terror fantástico capaz de violentar a las masas a través de su obra. Sus seguidores le rinden culto y han empezado a perder el sentido de la realidad. En su búsqueda, Trent no solo se involucrará con el universo literario de Cane, sino que entenderá, también, que la realidad y la ficción son una misma cosa.

Aunque el título original del film, In the Mouth of Madness hace clara referencia a la novela de Lovecraft At the Mountains of Madness (En las montañas de la locura, escrita en 1931), la novela no comparte cuestiones argumentales con En la boca del miedo pero sí lo hace con La cosa, la cual Carpenter consideró la secuela espiritual de la mencionada novela de Lovecraft. Lo que sí comparten es, por supuesto, la palabra “locura”, un estado muy presente en la evolución de los personajes de las historias de Lovecraft, ya que la mayoría encuentra la demencia cuando descubre que existe algo que escapa de toda su lógica, sumiéndolos en un irritante estado de vacilación entre lo real y lo fantástico. En los tres títulos de la Trilogía del Apocalipsis podemos contemplar esta característica.

Trent, protagonista y narrador, en primera persona y a modo de flashback (recurso muy usual en Lovecraft) nos va relatando su historia y el porqué de su estancia en un manicomio.

Al igual que los seguidores de Cane, Trent comienza a perder la cordura leyendo sus obras  (que, dicho sea de paso, llevan nombres similares a relatos de Lovecraft): “The Hobb’s End Horror” (“The Dunwich Horror”), “The Whisperer in the Dark”  (“The Whisperer in Darkness”), “The Thing in the Basement” (“The Thing in the Doorstep”), “Haunter Out of Time” (“The Shadow Out of Time”, “The Haunter of the Dark”). Inclusive las tapas de los libros, repletas de seres monstruosos, refieren a los entes mitológicos creados por Lovecraft, en especial, los Antiguos. Lo cierto es que Trent logra armar un mapa con el supuesto paradero de Sutter Cane. El lugar en cuestión, que no figura en ningún mapa moderno, es un pueblo denominado Hobb’s End[1] que, por sus peculiaridades, representa a ciudades ficticias donde transcurren muchos de los relatos de Lovecraft, como Dunwich o Arkham, ubicadas en la región de Nueva Inglaterra.

Trent y Linda (editora de Arcane interpretada por Julie Carmen) emprenden viaje en búsqueda de Hobb’s End. Una secuencia al mejor estilo road movie con condimentos terroríficos que los termina depositando en el pueblo de Cane gracias a una ruptura del espacio-tiempo. Han cruzado a otra dimensión, han llegado literalmente al universo literario de Cane. Lo extraño es que las referencias a Lovecraft también cruzan ese umbral, son referencias directas a personajes y a lugares dentro de su obra. Así, por ejemplo, el hotel Pickman y la señora Pickman aluden al relato de Lovecraft “El modelo de Pickman” (“Pickman’s Model”, 1926). En el hall del hotel donde se alojan Trent y Linda hay una pintura de una pareja en medio de un paisaje que, con el paso del tiempo, mutará en dos seres monstruosos, algo que le sucederá también a la señora Pickman, que se transforma en un ser horripilante y asesino. En el relato “El modelo de Pickman”, el narrador es amigo del pintor Pickman, un artista de cuadros terroríficos basados en modelos reales de criaturas sobrenaturales. El último cuadro de Pickman muestra, de hecho, a un ser inhumano comiéndose a una persona. La señora Pickman hace algo parecido con su esposo.

La iglesia de estilo gótico donde se encuentra Cane nos remite al cuento de Lovecraft “El que acecha en la oscuridad” (“The Haunter of the Dark”, 1935). Comparten ciertas similitudes: en las dos hay una presencia maligna y una ventana o puerta espacio-temporal que posibilita, entre otras cosas, el acceso de los Antiguos a la tierra. En “El que acecha la oscuridad” esa puerta puede abrirse mediante un objeto alienígena conocido como “Trapezoedro Resplandeciente” mientras que, en la película, la llave que abre la puerta que conecta nuestro mundo con el de los Antiguos es Sutter Cane. Dentro de las varias facetas de Cane, aquí parece asemejarse al dios Yog-Sothoth. En “El horror de Dunwich” (“The Dunwich Horror”, 1928) Lovecraft escribió: “Yog-Sothoth conoce la puerta. Yog-Sothoth es la puerta. Yog-Sothoth es la llave y el guardián de la puerta. Pasado, presente y futuro, todo es uno en Yog-Sothoth. Él sabe por dónde entraron los Antiguos en el pasado y por dónde volverán a hacerlo cuando llegue la ocasión”.

La evolución de Trent hasta el final comparte analogías con el personaje de Lovecraft de “El intruso” (“The Outsider”, 1921). El relato no es más que un canto a la soledad y al desconocimiento de uno mismo. En “El intruso”, el protagonista descubre que es un ser monstruoso cuando se ve en un espejo. Similar es el destino que corre Trent, ya que se descubre a sí mismo, al mirar como si fuera un espejo, la pantalla de cine que proyecta su propia historia. Dos frases de Cane resumen a Trent: “pienso, luego existes” y “tú eres lo que escribo”.

La nueva biblia que inicia el cambio

Son varias las fisonomías que representan a Sutter Cane. La más obvia es considerarlo una suerte de Stephen King (amigo de Carpenter y también admirador de Lovecraft), ya que Cane es un escritor de terror que se caracteriza por arrasar con todas las ventas. Además, Stephen King es mencionado en la película por Linda: “Olvídese de Stephen King. Cane vende más que todos”. Y también está Castle Rock, el lugar ficticio de Maine que ha creado King para ambientar varias de sus historias que, al igual que Hobb’sEnd, se ubica en la región de Nueva Inglaterra.

Sin embargo, Cane se parece más a Lovecraft que a King. No precisamente por la fama o las ventas, ya que Lovecraft no fue un escritor reconocido en vida. Es más, fue poco leído, nunca pudo sacar rédito económico de su obra y murió en soledad, desnutrido y sumergido en una pobreza extrema. Cane es Lovecraft porque crea una suerte de religión y culto entre sus lectores. No es casual que Lovecraft sea citado literalmente en la película y que esas citas estén en los libros de Cane cuando son leídos por los protagonistas del film. Trent lee, en voz alta, la novela The Hobb’s End Horror frente a la iglesia gótica y todo ese primer párrafo es una cita textual de “The Haunter of the Dark” de Lovecraft: “Aquel lugar había sido asiento, una vez, de una maldad más antigua que la humanidad y que iba más allá del universo conocido”. Lo mismo sucede cuando Linda lee, por primera vez, la novela In the Mouth of Madness, frente a un Trent desconcertado ante un abismo. Lo que, en realidad, está leyendo, es una cita mezclada de los últimos párrafos del cuento de Lovecraft “The Rats in the Walls” (1923). Ese recurso, clara simbiosis entre Cane y Lovecraft, trasciende nuestra realidad de espectadores y transforma al mundo de la película en parte de nuestro mundo.

Cane, por supuesto, es capaz de romper con la realidad y creer en su mitología, especialmente gracias a su último libro “In the Mouth of Madness”, que vendría a ser una suerte de Necronomicón, libro de saberes arcanos y magia ritual inventado por Lovecraft que provoca, entre sus lectores, la locura e incluso la muerte. También posee la capacidad de invocar a los Antiguos, seres sobrenaturales que esperan volver a la tierra para dominarla otra vez. Si el Necronomicón es la biblia de los Mitos de Cthulhu, la novela In the Mouth of Madness es la historia que nos volverá locos, dejando el camino libre para la vuelta de los Antiguos.

La Fin Absolue du Monde

En muchas de las historias de Lovecraft la civilización resulta amenazada por una forma de vida desconocida. Esa forma inhumana representa lo maligno mientras que el bien, representado por “el hombre”, debe luchar contra esa entidad. Así queda demostrado en la Trilogía del apocalipsis. En palabras de Carpenter: “Esas películas tratan, de una forma u otra, de diferentes maneras, acerca del final de las cosas, del final de todo, del mundo que conocemos”.

En la película La cosa, la expedición con sede en la Antártida debe batallar contra un ente de otro planeta que amenaza sus vidas y también el futuro de la raza. En El príncipe de las tinieblas un grupo de científicos es amenazado por el Anti-Dios que se encuentra prisionero en otra dimensión y espera su vuelta para poseer la tierra. Por último, En la boca del miedo nos muestra cómo los seres mitológicos conocidos como los Antiguos esperan su vuelta a la tierra para terminar con la humanidad. De esta manera, los Antiguos regresan, el mal termina por ganar la batalla y el fin se vuelve literal. En palabras de Cane: “Cada especie huele su propia extinción. Los últimos que queden no la pasarán muy bien. En diez años, tal vez menos, la raza humana sólo será un cuento de hadas para sus continuadores. Un mito. Sólo eso”.

El final metafísico de En la boca del miedo nos muestra a Trent con su bolsa de pochoclos yendo a ver la película que nosotros mismos estamos viendo. La realidad y la ficción se han fusionado, no solo en el propio film sino también en nuestro propio mundo. Sutter Cane hubiera dicho al respecto: “Pienso, luego existen. Ya son parte de mi universo. Ustedes son lo que yo escribo”.

[1] Su nombre es un homenaje al film de la Hammer Una tumba en la eternidad (Quatermass and the Pit, 1967), una de las películas favoritas de Carpenter, la cual también posee tintes lovecraftianos.

Texto del libro “Libres del libro: Ensayos sobre películas inspiradas en papel” (2017) de Nicolás Pose y Manuel Pose, Universidad Abierta Interamericana.

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Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Es profesor en Letras (UBA). Obtuvo el primer premio de Narrativa en el VII Certamen de Poesía y narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos. Es autor de La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y ha colaborado en revistas como El interpretador, No retornable y Siamesa. Su novela Por una cabeza permanece inédita. Actualmente trabaja como docente en el GCBA.

Manuel Pose (1984, Buenos Aires). Estudió la carrera de Cine y Artes Audiovisuales en el CIEVYC. Es operador cinematográfico, programador de cine y realizador audiovisual. Desempeña la función de proyectorista en MALBA Cine. Ha programado los ciclos “Distopías”, “Road Movies”, “A puerta cerrada”, “Villanos” y “Lovecraft al cine”, todos ellos para MALBA Cine. Realizador de numerosos cortometrajes en diferentes formatos, destacan: Tiempo (2013) – IX Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata (MARFICI) e Invasión (2014) – XVI Buenos Aires Rojo Sangre. Libres del libro es su primera colaboración literaria.