Cesare Pavese: el fracasado del amor

Ensayo por Nicolás Pose

Cesare Pavese: el fracasado del amor

 

Dentro de poco se cumplirán cincuenta años de la partida de este escritor fundamental del siglo XX, que nos dejó uno de los diarios más bellos y trágicos que puedan leerse, El oficio de vivir. Convertir la vida en pasado, ese afán incensante del diario de Pavese, es en realidad la única defensa que el escritor tiene contra las ofensas de la vida. Seguir leyendo “Cesare Pavese: el fracasado del amor”

Besos, champagne y combates aéreos

Algunas cuestiones sobre Wings (1927) por Karina Boiola

Ficha técnica

[Largometraje] Duración: 138 minutos. Dirección: William A. Wellman. Guión: Hope Loring, Louis D. Lighton (Historia: John Monk Saunders). Fotografía: Harry Perry (B&W). Producción: Paramount Pictures. Reparto: Clara BowCharles ‘Buddy’ RogersRichard ArlenGary CooperJobyna RalstonEl BrendelArlette Marchal.

Wings (1927) es una película que vale la pena ver por muchas razones. Fue la primera cinta que ganó el Oscar a mejor película en la primera ceremonia de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, en 1929. Y, también, la única película muda en hacerlo. Todavía con intertítulos y con ciertos códigos dramáticos del cine mudo, pero ya con puestas de cámara y recursos sonoros del cine que vendría después, el film es un claro exponente de un momento transicional de la industria del cine hollywoodense: el pasaje del cine mudo al cine sonoro. No solo eso, sino que representó además una osadísima apuesta en términos de producción de Paramount, en aquel momento el estudio más importante de Hollywood. Con un presupuesto de dos millones de dólares y con actuaciones de Clara Bow y Charles Rogers (la it girl y el America’s boyfriend de la época), contó con la asistencia de la Fuerza Aérea norteamericana para su realización, que le prestó a Paramount seiscientos aviones para la filmación. Su director, hasta entonces el poco conocido William Wellman, fue elegido por conjugar saber cinematográfico con experiencia efectiva como piloto en la Primera Guerra Mundial.
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La insoportable levedad del kitsch

por Juan Pablo Bertazza

Publicado en Libres del Libro, (Editorial UAI, 2017)

En la entrada de su diario correspondiente al 2 de agosto del año 1914, Franz Kafka anotó: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación”.

Más que indiferencia, lo que parecía exponer Kafka de manera tan cruda era el contraste siempre prolífico y nunca bien resuelto entre lo público y lo privado, entre lo colectivo y lo íntimo o, mejor aún, entre lo importante y lo nimio. Seguir leyendo “La insoportable levedad del kitsch”

Un largo adiós a Marlowe

Ensayo sobre Cine y Literatura publicado en Libres del Libro, (Editorial UAI, 2017)

por Nicolás Pose y Manuel Pose

Marlowe mira asombrado a Terry Lennox, su viejo amigo de copas, lo enfrenta y, luego de un breve diálogo, le dispara a sangre fría. Terry sale despedido y cae en el río interno de su mansión en México. La cámara sigue el movimiento del cadáver que flota mientras la sangre se mezcla con el agua. Un final hollywoodense. Marlowe nunca había matado a nadie, pero esta vez le regalaba el último adiós a Lennox. Seguir leyendo “Un largo adiós a Marlowe”

“Una autobiografía de ideas”, por Gonzalo León

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Foto: J. Martínez

Uno de los libros de ensayos de César Aira fue sobre el poeta inglés Edward Lear, sus limericks, el humor, lo popular y otras cuestiones, pero de eso pasaron diez años. Continuación de ideas diversas fue en 2014 su nuevo libro de ensayos, que publicó Ediciones Universidad Diego Portales de Chile, y a diferencia de sus otros libros –Copi, Alejandra Pizarnik y Las tres fechas, todos publicados por Beatriz Viterbo Editora– no necesita de un pretexto, es decir no necesita de la obra de otros autores para hablar de la suya, sino que es César Aira elaborando una especie de diario, de respuestas a una entrevista que nunca dio, o quizá, y ésa es la sensación que predomina, una autobiografía de ideas, porque para Aira la única autobiografía posible es a través de las ideas, y en este libro se pueden encontrar desde sus primeras influencias (las historietas de Superman de los años cincuenta y sesenta, Kafka y Borges, o incluso aquellas novelitas de western que leía su padre y que él encontraba poco refinadas), su obsesión por la forma y la novela policial, su desprecio por las biografías noveladas, la crónica, la metaliteratura y las primeras lecturas de la obra de Cortázar, pero también hay fragmentos narrativos, como un probable principio de novela, y reflexiones en apariencia menos literarias, como sobre la magia o la vida después de la muerte.

En Continuación de ideas diversas, Aira se desplaza entre el pasado y el presente, entre la literatura como arte mayor (“la superioridad de la literatura sobre las demás artes radica justamente en las demás artes”) y la literatura como cáscara vacía (“la novela de hoy”), y lo hace en fragmentos que no forman una unidad lineal, porque precisamente son ideas diversas en un continuum. Donde parece haber paradoja no la hay, es la propuesta narrativa de Aira desplegándose en el ensayo: no una idea sobre la cual parte un relato, sino varias: “El ensayista escribe sobre los distintos temas de su interés, relacionados entre sí en razón de ese interés…”. En alguna entrevista extraviada en la memoria, el escritor nacido en Pringles en 1949 dijo que en un momento le habían recomendado que, si quería meter ideas en sus novelas, mejor se guardara esas ideas para los ensayos. Bueno, quien le haya hecho aquella recomendación y leyera este libro, de seguro tendría la tentación de hacerle la recomendación inversa, es decir si quiere meter relato en un libro de ensayos, mejor se las guarde para las novelas. Pero quizá en esta retroalimentación es donde este texto cobra mayor valor. Por eso en la contratapa de este libro espléndidamente editado se encuentra la siguiente frase: “Las ideas nunca son del todo ideas, y nunca son todas las ideas. Recortadas en forma de ocurrencias, recuerdos, anécdotas, chistes y otros mil azares del discurso, material inagotable de la Asociación, como dar la vuelta al mundo del pensamiento”.

Estas ideas recortadas comienzan con el recuerdo que tuvo Hegel al ver pasar a Napoleón y continúa con una frase que empieza así: “A mi edad… He comenzado a olvidar nombres, de un modo alarmante”. Está entonces la alternativa de llevar “una libretita específica, para llevar siempre conmigo y así saber dónde tengo que acudir en busca de un nombre que ha desaparecido de mi mente” o la de escribir lo que cree que ha ido desapareciendo de su mente. Alguien podría tener la tentación de ver en esta estructura algo parecido a entradas de blog o de Facebook, pero eso remite más al deseo de ver que un escritor como él tenga un blog o un Facebook que al hecho mismo de que posea esa estructura. Aunque también podría pensarse de otro modo: imaginemos que Aira tiene un blog o un Facebook, ¿esto es lo que escribiría? Una discusión que se basa en suposiciones es material para una ficción o para un divertimento, pero no para desarrollar seriamente.

Hay desde luego en este libro un lado más pop, como cuando se refiere a los cuatros asuntos que casi nunca faltan en los culebrones clásicos latinoamericanos: “La revelación de una maternidad o paternidad, ocultada durante muchos años”, “el doble, la hermana o hermano idénticos de cuya existencia no se sabía nada hasta entonces”, “la ceguera” y “la amnesia”. Según Aira, “todos tienen que ver con la identidad. ¿Quién soy? ¿Cuál soy? No recuerdo quién soy. No puedo verme en el espejo”, y luego explica que el éxito del género, “y de cualquier género narrativo, tenga que ver con la adecuada, si es preciso obvia y brutal, tematización de un concepto central”. Lo que aquí resalta es que lo que en apariencia es pop, para el autor de Continuación de ideas diversas puede servir para una reflexión narrativa, incluso sobre su propia escritura, o la de cualquier otro.

Cuando establezco que estas “ideas recortadas” parecen respuestas a una entrevista que nunca se hizo, en esa afirmación también existe una continuidad, porque Aira recuerda algunas respuestas que ha dado en entrevistas y las desarrolla. De este modo “re-presenta” (en el sentido de traer al presente) sus influencias, los elogios a sus libros de juventud que le producen “sensaciones ambivalentes”, pero quizá donde es más elocuente es cuando se refiere a la narrativa escrita en presente y la famosa respuesta que dio alguna vez, y en la que en una de sus partes señala: “Casi toda la narrativa joven en la Argentina está escrita con verbos en presente. No sé cómo los autores no se dan cuenta de hasta qué punto eso desmerece su trabajo. El relato se achata, pierde perspectiva y toma un tono oral barato”. Luego admite que cuando abre un libro y está en presente, “lo cierro y no vuelvo a abrirlo”. Sin embargo, existen excepciones, como la de Marguerite Duras, básicamente porque en casi toda su obra “está actuando el cine”, o en otras palabras el guión. Para César Aira, el periodismo o el cine pueden escribirse en presente, pero la historia y la ficción deben hacerse en pasado: lo que ocurrió no es lo mismo que lo está ocurriendo.

Pero más allá de escribir en presente, de la crónica de la que dice que su auge “coincide con la emergencia de esa figura que pulula en las ONG y otros subproductos de la globalización: el Entrometido”, de las biografías noveladas, de la metaliteratura, hay un desprecio hacia la novela realista o más precisamente hacia el realismo, culpándolo “de la posibilidad de extenderse en el relato y escribir libros de muchas páginas”. Y enseguida explica cómo debió fundarse el realismo en la literatura: cansados los escritores “de los dioses y las hadas y los héroes y las doncellas”, tuvieron la audaz idea de renunciar a la imaginación literariamente educada, “y dejar que sus argumentos y personajes y escenarios se los diera un agente externo a ellos”. Este agente externo del que se alimentarían sus ficciones de ahora en adelante sería la realidad, “en sus formaciones y desarrollos propios”.

En el prólogo de la reedición de Ema, la cautiva que escribe Sandra Contreras, tal vez la mayor especialista en César Aira, señala que “la opción originaria del artista en todo caso fue: nada que inventar, porque todo viene con la tradición, y por eso mismo, el mejor terreno, para el escritor, para inventarlo todo”. Aquí claramente se demuestra la opción por descartar el realismo y volver a la “imaginación literariamente educada” a través de lo que Arturo Carrera define como vanguardia entendida como “parodia crítica de la tradición”. En este libro Aira se refiere a las vanguardias, y coincide en un punto con la definición de Carrera al señalar que la calidad de una obra de arte “siempre se reconoce según los valores tradicionales, clásicos, las grandes convenciones seculares, que cambian tan lento que no vale la pena hacerse ilusiones de que vamos a presenciar el cambio”. Aira entendió bien que para ser vanguardia debía leer muy bien la tradición. En Plan de operaciones, Beatriz Sarlo reconoce esto: “César Aira publicó Ema, la cautiva para corregir a Borges de manera radical: corrigió una imagen de la cautiva, tanto la de Borges como la de Hernández; corrigió el paisaje pampeano, el de Echeverría y el de los ingleses; corrigió la figura del indio, de fiero a indolente. Como estrategia de comienzo, Aira, a diferencia de Puig, toma la centralidad de Borges para fisurarla por parodia”.

Continuación de ideas diversas recuerda algunos textos de la tradición argentina, como Evaristo Carriego, de Borges, y Diario (1953-1969), de Gombrowicz, ambos pueden catalogarse en la categoría de ensayo y en el de simple diario o registro, pero lo cierto es que van mucho más allá. Este libro vendría a formar parte de la tradición ensayística que intentó “innovaciones, experimentaciones, rupturas, provocaciones”, pero que “apenas si aceptó algunas tímidas modificaciones”, porque pese a todo no existe el ensayo de vanguardia. En este punto resulta inquietante que Aira, a diferencia de Borges o Gombrowicz, coloque a este género fuera de la literatura, en una función de dar cuenta, “hacia el exterior de la literatura” de las reinvenciones de ésta.

De sus “novelitas”, como les dice él mismo a su producción literaria, podrían ser vistas por algunos solamente como un modo de producción, una multiplicidad de lo breve o de la miniatura; pero no, aquí explica que el sello no es escribir novelitas que le toman más de tres o cuatro meses, en otras palabras no es la brevedad por la brevedad, sino que hay una reflexión de fondo: “En la medida en que un narrador va apartándose de formas y contenidos convencionales, sus textos van haciéndose más breves”.

Después de Continuación de ideas diversas nadie debería pedirle una entrevista a César Aira, porque aquí está todo: influencias, formas de escritura, obsesiones, desprecios, definiciones. Y lo hace con ingenio y gracia, porque también está presente su forma de narrar: no es un escritor impostando el tono académico del ensayo o el tono habitual, serio, del ensayo. De hecho, como sabiendo que se le puede juzgar seriamente por este libro, señala en una de sus partes: “Alguien dijo que el ensayo es la ‘piedra de toque’ para evaluar la calidad intelectual de un autor. En efecto, en la poesía y el relato hay demasiados subterfugios para disimular carencias, mientras que en el ensayo la inteligencia y el conocimiento y el talento del autor están al desnudo”.

Gonzalo León es escritor y periodista chileno. Ha publicado las novelas Serrano (2017), Manual para tartamudos (2016), Cocainómanos chilenos (2012), Vida y muerte del doctor Martín Gambarotta (2011) y Pendejo (2007). Desde 2011 vive y trabaja en Buenos Aires.

“The Perfect Day Formula”, por Karina Boiola

Si nos preguntaran cómo sería un día perfecto, seguramente cada uno de nosotras y nosotros respondería de manera diferente. Porque, en efecto, imaginar cómo sería un día perfecto adquiere ribetes y matices subjetivos que dependerán de nuestros gustos, expectativas, sueños y deseos.

Lou Reed, por ejemplo, en su canción Perfect day, describe un día apacible con alguien que lo hace olvidarse de sí mismo, dejar de lado los problemas, divertirse: ir al zoológico, mirar una película, tomar sangría en el parque. Imagino que es un día soleado, en Nueva York; un parque de pasto verde reluciente y saturado, y Lou y ese alguien especial caminando, sonrientes; él fantaseando que es alguien diferente, alguien mejor (porque el contacto con ese otro saca lo mejor de sí).

Pero si la cita a Lou Reed es esperable en un texto cuyo propósito es reflexionar sobre las derivas de un día perfecto, quizás resulte más sorpresivo mencionar un libro cuyo título es The Perfect Day Formula, de Craig Ballantyne. A diferencia de lo que dije más arriba, para Craig hay una fórmula universal que, de seguirla, nos asegura no solo un día perfecto, sino una vida entera perfecta. En su página web (https://www.craigballantyne.com/), proclama: “Use this formula to unlock your perfect life today”. La vida perfecta está ahí, esperando a que encontremos esa llavecita mágica que nos permita desbloquearla. Y la llavecita no es otra cosa más que lograr vivir un día perfecto tras otro. Un día perfecto más un día perfecto, más otro y otro: la vida perfecta. Era tan fácil. La solución a la frustración, a sentirse stuck, a trabajar too much sin tener demasiado dinero ni demasiado éxito, al alcance de la mano: una rutina perfecta, que logre sacar lo mejor de nosotros mismos, exprimir el jugo de la productividad de nuestras vidas, tachar todos los to do de nuestra lista antes del mediodía, tener tiempo libre, hacer ejercicio, ser saludables y bellos, pasar más tiempo con quienes amamos, y una larga cadena de etcéteras.

Ojo, que esta llave no es fácil de alcanzar. Craig asegura que muy poca gente tiene acceso a ella. Casualmente, aquellas personas que son exitosas: ricas, independientes, emprendedoras, dueñas de su propia vida y su propio tiempo. Ahora bien, Craig también nos dice que esa llave es un secreto bien guardado que se pasó de generación en generación: del 1% de los exitosos de la humanidad, al 1% que le seguía, en este frenesí hereditario de las misteriosas claves de la felicidad. También nos dice que no lo vamos a encontrar en un libro de autoayuda, ni en el estante de una librería, aunque él mismo sea un autor que vende sus libros por internet. Nada puede fallar: la trama conspiracionista (ciertos iluminados esconden el secreto universal de ser exitosos y felices en un mundo cada vez más frenético de trabajo, competencia y falta de tiempo) puesta al servicio de la productividad capitalista. El problema no sos vos (que, si llegaste a la web de Craig, es porque estás insatisfecho con la vida mediocre que tenés y eso, en definitiva, es algo positivo), tampoco lo es el sistema económico mundial. No, la cuestión es que vos no sabías todo esto que Craig sabe y que por una módica suma de dinero va a poner a tu disposición.

La fórmula de un día perfecto: despertarse cuando los demás duermen, acostarse cuando el resto de los mortales aún está trabajando. No importa que afuera llueva, truene, garúe finito o salga el sol, arriba a las cuatro de la mañana. La gente productiva (alguien como Mark Zuckerberg, imagino) no aprieta el botoncito de posponer la alarma del celular diez minutos más. Arriba arriba, epa epa, ándale ándale, que el sol todavía no salió y hay que ser productivos, engañar al tiempo, tener jornadas de 24 hs que duren por 35. Otra de las reglas del día perfecto (Ojo, que Craig dice que este tip lo tiró Kant): proponerse cinco mandamientos que guíen tu vida cotidiana y, por supuesto, tener un objetivo. La fórmula del día perfecto, entonces, sería una suerte de ab-shaper de la vida, que nos permite tener (a nosotros y nosotras, mortalitos middle-class, que, en sus palabras, no venimos de una familia súper acaudalada y que quizás no tuvimos la mejor de las educaciones) al alcance de la mano. ¡Por fin!, la vida perfecta de éxito, reconocimiento y autonomía que siempre soñamos.

Me pregunto si el libro de Craig aplica para todas las mujeres y hombres que, en Argentina, se levantan a las cuatro de la mañana para tomar un colectivo, un tren, quizás otro colectivo más para ir a trabajar. Dos horas de viaje del conurbano a Capital, ida y vuelta, para atascarse, los mejores años de su vida, en un laburo mal pago (en los días que nos tocan vivir, seguramente casi todos, a menos que te dediques a la timba financiera y esas cosas que hace la gente exitosa) que redundará en una jubilación aun peor. “La vida del obrero es así y son pocos los que van a zafar”, cantaba el Pity. Aprendemos a ser felices así, sin fórmulas del día perfecto porque, para citar a Hache, el protagonista de Cumbia Ninja (sí, aún en una serie de Fox podemos encontrar inusitada lucidez): “¿Qué pasó? El capitalismo pasó”.

 

 

Karina G. Boiola (1988, Buenos Aires) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Latinoamericanas de la UNSAM. Ha sido columnista de la revista “Tierra Adentro” (México, CONACULTA).

    

Equinoccio de primavera

Ensayo breve + Fotografía

por María Crista Galli

 

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Los equinoccios (del latín: misma noche) son dos momentos del año en que el día y la noche tienen exactamente doce horas cada uno, o, visto geométricamente, cuando la esfera terrestre se ve dividida exactamente en dos mitades, una oscura y la otra iluminada. El resto del año, debido a la inclinación de casi 23 grados de la Tierra (hecho que presume sucedió gracias al choque de un cuerpo celeste contra el planeta Tierra, y que también dio origen a la Luna) y a que los polos terrestres están achatados por la propia rotación, los rayos solares inciden con mayor fuerza (cercanía y cantidad)  en uno de ambos hemisferios.  A partir del equinoccio de primavera, que varía entre el 21 o 22 de septiembre, los días comienzan a ser más largos, hasta llegar a máximo posible de horas de sol en el solsticio de verano (21 de diciembre para el hemisferio sur), cuando ya las horas de sol empiezan a disminuir otra vez. Se dice que ciertas plantas, como la sativa, son de “días cortos”, es decir, comienzan a florecer a partir del equinoccio de otoño, otras, la mayoría, son de días largos, y comienzan a florecer entre septiembre y diciembre.  Las plantas en este sentido son seres muy mecánicos: no funcionan a contrarreloj. O, mejor dicho, el crecimiento de las plantas depende exclusivamente de la luz y, su florecimiento, del reloj solar.

Además de esta fotosensibilidad, cada planta trabaja su propio alimento a partir de la cromática de las ondas solares, absorbiendo el azul y el rojo, y transformando esas ondas en energía para romper las moléculas de dióxido de carbono. Se dice que son autótrofas (se comen a ellas mismas). Ellas mismas fabrican su propio alimento,  el cual destruyen (digieren) para crecer más, para florecer, para reproducirse, con agua (hidrógeno y oxígeno) y dióxido de carbono. Crece a medida que se construye y destruye en materia. Trabajo y vida son una misma cosa: movimientos contra la gravedad.

Las fiestas saturnianas o florarias romanas ya no existen. Sin embargo, la pulsión de vida es una marca imborrable. Les humanes, a pesar de no utilizar la energía solar,  también presentimos el cambio de estación.  Hoy salí a dar una vuelta por el barrio, y noté que ya habían florecido las camelias, las acacias, las calas,  que ya despuntaban sus brotes los jazmines paraguayos y los jazmines chinos (por qué estos gentilicios, ni idea), que la gente estaba más contenta, que los perros movían la cola como locos. En unas noches ya se perfumará el aire y los amantes se buscarán  y se reencontrarán.   Y es en estos días ya desde hace unos años que releo religiosamente el comienzo de Resurrección, de Tolstoi, en presente de indicativo, como si ya fuese un ritual en mi vida más importante que la Navidad impostada por el gran imperio católico: En vano los humanos, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuran mutilar la tierra sobre la cual se apretujan; en vano la cubren de piedras para que nada germine en ella, pero la primavera es la primavera, incluso en la ciudad. Todo está radiante. Unicamente los humanos, los adultos, continúan atormentándose. Yo también busco mi amante, yo también siento como todo comienza de nuevo su ciclo. Cada cual tiene el suyo.

 

María Crista Galli (1985, Buenos Aires) no se define experta en ningún área específica salvo la inquietud. Todo se mueve menos el cambio es el lema taoísta que mejor define su forma de aprendizaje y de vida. Su pasión se extiende desde la traducción, que estudió formalmente, hacia distintas áreas artísticas y culturales, como la danza, la poesía y las artes plásticas. Actualmente cursa estudios de floricultura en la Universidad de Buenos Aires.  Su objetivo es lograr un ensamble de todas las áreas que la apasionan, principalmente de la escritura y la botánica.

 

“Del grito al llamado”, por Victoria Campos

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Wheatfield with Crows, 1890. Van Gogh 

 

“Iba caminando con dos amigos por el paseo el sol se ponía – el cielo se volvió de pronto rojo – yo me paré – cansado me apoyé en una baranda – sobre la ciudad y el fiordo oscuro azul no veía sino sangre y lenguas de fuego – mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo – y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza”

Eduard Munch, sobre “El grito”

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