Valijas perdidas

Narrativa por Luciana Cáncer

No pienso en el hijo que no tuve ni en mi padre ni en la persona que hubiera sido si la cabeza no se me hubiera roto cuando tenía catorce años. 

No pienso en las personas que corresponden mi amor con su amor, no quiero despedirme nunca de ellos. 

10.

Pienso en el olor del invierno los domingos en el campo cuando tenía ocho, nueve o diez años. Mis pies trazan una coreografía espontánea sobre las hojas secas de un monte de eucaliptus. Levanto una hoja del suelo, es verde claro, casi gris, le hago un tajo con los dedos para que salga el olor. Primero acerco la hoja partida a mi nariz, aspiro como si conociera la acción de drogarme. Después me la meto en la boca y la exprimo con la lengua contra el paladar; mi saliva tiene el gusto de los caramelos de eucaliptus, mi sabor favorito. Camino hasta la fogata que hicieron los peones en un claro del monte, fijo los ojos en las ondulaciones del fuego y me refriego, pero no puedo dejar de mirar ese baile feroz.

9.

Pienso en el patio descubierto del colegio. Hace calor porque las clases ya se terminan o porque recién empiezan. Me siento como indiecito en la cerámica pegajosa de la galería y miro el humo que sube de las baldosas grises y rosadas del patio: no es humo, nada se quema pero el aire está turbio como si hubiera humo. Juego a intercambiar figuritas de princesas decoradas con brillantina. Mi pila es la más alta y todas quieren intercambiar conmigo. El cielo está lleno de nubes celestes, es un celeste más opaco que el celeste del cielo sin nubes, a veces parece como si fuera a ponerse rosa. Aparece la madre de Laura en la galería y se la lleva. Después la abuela de Marina. Después la hermana de Guillermina, que va a secundaria. La maestra dice que hoy todos nos retiramos temprano porque se viene una tormenta fuerte y tenemos que protegernos adentro de nuestras casas. Llega mi tío Julio y me voy con él. Dice que viene un tornado. Que ya pasó por 25 de Mayo y por Monte, que viene para Lobos. Pero no te asustes, Luci, Lobos está en un pozo, los tornados pasan de largo. Me imagino que vuelo y miro las cosas desde arriba: veo la plaza, el edificio de la iglesia, la municipalidad, el cuartel de bomberos, la casa de mi abuela, el colegio, la panadería de Pancho, mi casa: todos amontonados en el fondo de un pozo, a salvo del viento.

8.

Pienso en las manos arrugadas de una monja. Reza a mi lado y mueve las cuentas de un rosario de madera. Yo no rezo pero la miro desde mi pequeña cama de hospital y cuento las cuentas del rosario como si estuviera aprendiendo a contar. Las manos de la monja se mueven como si bailaran una danza privada. Las venas gruesas parecen gusanos abriendo huecos subterráneos entre las raíces de la tierra. 

7.

Pienso en la casa de Ignacio, un piso antiguo en el barrio de Once. Resolvemos integrales dobles en hojas cuadriculadas sobre la mesa del comedor. Es una mesa grande de madera oscura y lustrosa, rodeada por ocho sillas que hacen juego, y brilla como si hubieran estado puliéndola durante un siglo. Primero entra la madre de Ignacio, una pelirroja alta y elegante, una dama de ciudad, aunque está en bata y sostiene una bandeja con dos tazas de café. Después viene el padre con un portafolio en la mano: tiene el pelo mojado y su piel huele a pino; reconozco el vaho del perfume de los hombres de una generación. Se despide con dos palmadas en nuestras cabezas y se va a trabajar. La madre corre las cortinas y abre el ventanal. Tienen que respirar aire fresco, dice, hace diez horas que están ahí sentados, ¿no durmieron nada? No, decimos los dos a la vez, como robots gemelos. El aire entra como un duende y desparrama las hojas trazadas con S alargadas que parecen el dibujo simplificado de un pájaro, pero simbolizan un procedimiento matemático para calcular volúmenes irregulares.

6.

Pienso en la ruta cuando la tarde de verano se termina y, por unos minutos, la proyección casi horizontal de la luz sobre el lado opuesto del cielo hace su mejor demostración, la más dramática. Cuando hay nubes los atardeceres son espectaculares, pienso, mientras asistimos a un espectáculo de fuego que se va apagando de a poco. La noche determina el vencimiento como una fecha sellada en un envase de yogurt, por eso estamos atentos a lo que pasa en el cielo antes de que se ponga azul oscuro. Otro año termina y estamos felices porque nos vamos a pasar las fiestas lejos de la ciudad. Viajamos en un auto pequeño y recalentado pero no abrimos las ventanas porque el ruido de afuera empaña la música y sabemos que la música es importante. Escuchamos un pop melancólico que proviene de España pero pega muy bien con la llanura que atravesamos en ese bólido imperfecto. Alguien habla de valijas perdidas en un aeropuerto y pienso qué suerte que nunca se me perdieron las valijas.

5. 

Pienso en la madrugada que entramos a la iglesia cuando salimos del bar. Mariano me agarra de la mano y me arrastra y lo único que quiero es jugar a eso y dejarme arrastrar por él. Mi cuerpo siente el cambio de temperatura mientras la gran puerta de madera amortigua nuestro vaivén violento. Pienso que las iglesias son lugares fríos porque son oscuras y porque los techos están muy altos, en forma de bóveda, pintados con ángeles sensuales que nos tientan desde arriba con la idea confusa de un paraíso virginal. Caminamos por el pasillo de la gran nave gótica como si fuéramos a casarnos. Mariano grita y la voz que amo y no me ama se multiplica y rebota como un búmeran fallido. Quiero agarrarme de ese momento porque es lo único que tengo: una escena rota, el negativo del ritual universal del amor, su revés: un amor que no fluye con la naturalidad de un río porque no es capaz de transportar el agua por un cauce que se mantiene presente, seguro, invariable.

4.

Pienso en un viaje a Uruguay. El lugar se llama Playa Verde y se parece mucho a Zapiola pero tiene mar. Alicia junta algas en la playa y las pone a secar al sol. A la noche hacemos crepes y le metemos las algas, quedan buenísimos, dice y corre detrás de un perro rubio que encontró perdido hace unos días. Tiene sesenta años cronológicos y el espíritu de una nena de seis. El perro se llama Yago y ya vivía en la cabaña cuando vine ayer a la tarde. Guillermo camina despacio: busca materiales con forma de corazón para su colección de miniaturas. Siempre encuentra. Todo sirve: caracoles, piedritas, conchas erosionadas en el borde por el roce de la arena y el ir y venir del agua cada noche y cada día. Hay nubes en el cielo y ninguna persona aunque es fin de semana de carnaval. La gente que viene a Playa Verde es muy tranquila, son todos uruguayos que buscan un lugarcito donde descansar, dice Guillermo y me muestra una piedrita en forma de corazón que acaba de levantar del suelo mientras hace una sonrisa de trofeo. Caminamos juntos de vuelta a la cabaña. Vamos descalzos por una superficie ondulada forrada de uñas de gato; el cielo se pone rosa y violeta, fucsia y naranja; el perro rubio ladra y mueve la cola como si estuviera feliz. 

3.

Pienso en un sueño que me persigue desde siempre. Camino hacia mi casa por las veredas de mi pueblo mientras amanece. Falta poco para llegar cuando paso caminando por la ventana de Mariano. En ese momento entiendo que es domingo de madrugada y lo único que quiero es que Mariano reconozca mis pasos y abra la ventana, pero nunca la abre. Algunas veces se abre la puerta y sale alguien pero rara vez es él. Aparece la madre. Aparece la hermana. Aparece un desconocido que compró la casa y la despojó de lo único que quiero. Pido permiso para entrar, pongo alguna excusa o simplemente paso sin decir nada. Algunas veces la habitación de la ventana que da a la calle está igual a como la recuerdo, otras la casa se multiplica en más y más habitaciones y se vuelve infinita e indescifrable. Busco y busco y busco pero Mariano no está. Algunas veces, casi nunca, el extraño que me acompaña a través de la casa se convierte en él y me conduce despacio a la habitación de siempre.

2.

Pienso en un cartel de cerveza en la ruta. Viajo en un taxi interurbano que me lleva de Maiquetía a Maracay: Sí hay Polar, leo en imprentas grandes y blancas sobre fondo azul. ¿Qué es Polar?, pregunto y el chofer me dice que es la cerveza nacional. ¿Está en falta? No, ¿por qué? Ah, no, por nada, digo y entiendo que las frases se construyen de un modo diferente en cada país. En Venezuela es necesario remarcar con un Sí rotundo el inicio de algunas sentencias. Sigo viendo el mismo anuncio y pienso que ya me voy a acostumbrar. Viajo con mi tío Lorenzo durante quince días en un auto grande y aparatoso como los Falcon y los Chevys de mi infancia, pero con mecanismos modernos y cambios automáticos. Atravesamos estados, subimos y bajamos un cerro, llegamos a una playa, vamos a un puerto triste, a una abadía recubierta de ladrillo a la vista, a una colonia de alemanes en la altura de otro cerro. Viajo y miro la ruta. Los árboles son achaparrados y se extienden hacia los costados, como si dos vientos opuestos se pelearan por atraerlos cada uno hacia su lado. La tierra se ondula y se vuelve a alisar. Argentina es demasiado grande, pienso, las cosas no cambian tanto en tan pocos kilómetros. Sí, hay Polar, leo una y otra vez, colgado acá y allá, y mi mente sigue interpretando que el dueño del local avisa con orgullo eficiente que consiguió unos cuantos cajones de Polar después de buscar y buscar, buscar y buscar.

1.

Pienso en papá, finalmente. No puedo evitarlo. La palabra papá me persiguió toda la vida. Tengo que perdonarte, papá, pienso. Tengo que perdonarme por no haber podido hacer un mejor papel en nuestra relación quebrada. ¡Es ahora o nunca! No debería morirme con esta cosa gigante sin resolver. ¿Cómo fue tu muerte, papá? ¿Pensaste en mí cuando te morías ese anochecer de enero, con tu pierna hinchada y tu corazón agotado de luchar contra tu descuido? Pero ¿ves?, no puedo hablarte sin reprocharte. Hago el ejercicio de imaginarte como un niño rubio asediado por siete hermanos mayores y olvidado por un padre severo al que no se le podía ni hablar porque le gustaba estar solo y tranquilo. Entonces aprendiste que los padres dejan solos a los hijos y no te quedó otra que replicarlo. Papá, papá, papá, grito porque nunca pude llamarte así las veces que te vi. Tengo un nudo que congestiona mi cuerpo y está hecho de voces que gritan papá, papá, papá, papá. 

 

Luciana Cáncer. Contadora Pública Nacional. Participó de talleres de escritura desde 2008. Ha publicado en este blog “Un radiograbador enchufado con alargue, Cover de Me acuerdo (Joe Brainard)”.

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Nico Pose

Muy buen relato. Mucha sensibilidad a la hora de recordar los detalles de que llevamos impregnados de la infancia. Y siempre la sombra de la familia…

Laura

Hermoso