Peto, el peón

Cuento por Ignacio Bosero

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Cuando yo era chico, una vuelta, veníamos del pueblo con mi papá y el cielo había empezado a ponerse feísimo, todo negro, el viento se aceleraba cada vez más, las ramas volaban y las hojas ensuciaban y hacían remolinos en el cielo. Mi padre, que sí era brujo, dijo que eso era tornado. Apuramos la marcha de la vieja camioneta Ford porque mi madre y mi hermana estaban solas en la casa, lo que pudimos porque no estaba en tan buen estado como para exigirla demasiado, por poco se le caían las chapas… Llegamos por suerte a tiempo y nos refugiamos en la chata, llamándolas a gritos para que entraran. Quedamos todos apretados, y asustados, bajo un árbol grande. El tornado pasó, con una furia anormal, apocalíptica. Se llevó completa la pieza de adobe donde nací, donde mi madre nos tuvo, esta donde estás parado, aquí donde quedan escombros, donde mataron los sapos ayer. Las camas de hierro y lo poco que había de ropa y el techo volaron completos, como simples sábanas, lo vi clarito desde la chata.

En una época lejana, de mi niñez, tuve esos periodos crueles cuando uno, chico de pueblo, entra en contacto con el campo, y eso que este pueblo ya es campo, campo: ¡recuerdos llenos de vitalidad! ¡Fines de semana!

Mi tío de Buenos Aires había comprado un campito en La Tribu, de pocas hectáreas, que contaba con una casa y un galpón aledaño, construido al tiempo. No me atraía el lujo a esas tierras preñadas de polvo. Era la aventura de salir del pueblo.

En las vacaciones escolares venían mis primos hermanos con sus padres, mis tíos, y ese era el momento en que todos, por lo menos un domingo, nos mudábamos al campo. Eran esas raras excepciones que me hacían pensar en la familia como algo más grande que la propia. Mis padres no amaban el aire de campo ni reunirse con otras gentes.

A veces, en esos periodos de vacaciones, se colaban mis tres hermanos y algún amigo y era el campo un aguantadero de chicos. Otras veces íbamos y veníamos en el día, se comía el lechón familiar, nos metíamos al tanque australiano, boludeábamos toda la tarde y se volvía al pueblo en la primera nochecita.

Yo forzaba las cosas y me instalaba más tiempo que mis hermanos. Me gustaba respirar la humedad de las paredes; soñar en medio del baño convertido en depósito de trastos viejos y vidas intrigantes de murciélagos; saltar en los resortes oxidados de las camas de nuestra habitación; pispear las revistas de chicas desnudas que escondíamos bajo el colchón a la hora de la siesta; aprender a quemar leña en la estufa; jugar a la generala y a las cartas…

Estando en el campo creo que me sirvieron de inspiración sanguinaria las pocas pero intensas carneadas que presencié. Sopeso que de ahí nació la ocurrencia de matar animales.

Una de esas tardes, con mi primo Julián, cruzamos el alambrado con armas en bandolera, malas ideas en la cabeza y un arsenal de armas. Escopeta de cartucho robada del placard del tío, para cazar patos y palomas; un rifle de aire comprimido comprado de contrabando en la ferretería del pueblo, con una firma trucha; machete afilado, extraído del galpón, cuchilla y cuchillo serrucho sacados de la alacena de la cocina, que mi tía manejaba con obsesión.

Pasamos el monte de la casa donde anidaban palomas. Al lado, las infames cotorras ampliaban sus nidos. Lo dejamos atrás con paso rápido y avanzamos quinientos metros al rancho de Peto, histórico peón de mi tío. El viejo vivía en su parcelita con unos chanchos y ovejas criados para abastecerse. También tenía gallinas y conejos, no muchos, en unos corrales de mala muerte.

Entramos a lo Peto. Me trastocó que no hubiera separación entre el adentro y el afuera, que todo fuera pura continuidad de tierra y campo. Peto roncaba sentado en un tronco, con las manos apoyadas sobre la panza, la cabeza caída sobre los hombros, babeante, la radio a pilas, encendida, el plato con pan y un pedacito de chorizo seco dejado a medias. Hombre grande ya Peto, se le daba por dormirse o empedarse si no tenía nada que hacer. Y se ve que no tenía nada que hacer ese día y por lo visto se había empedado, porque  ni se mosqueó cuando lo sacudimos un poco para despertarlo. Las moscas sobrevolaban el plato y la damajuana destapada.

Así como entramos, salimos. Tampoco el olor de adentro era soportable mucho tiempo. El baño era excusado y largaba un olor ácido que impregnaba las narices. Algunas cosas no se toleran de los indios, dijo una vez un candidato a intendente en plena campaña. La historia es archiconocida en el pueblo. Creyó –o quiso creer– que su dicho había pasado desapercibido en la humilde noche del barrio Juan Perón. A los días, por el boca en boca, cayó en la cuenta y quiso remendar el infortunio con regalos. Sidras y pan dulce para adelantar las fiestas, colchones para los más necesitados. Tarde. A la semana perdió la intendencia que tenía ganada.

En su momento había familias enteras de indios viviendo en el campo, tenían hacienda, huerta, se las arreglaban bien, hablaban el mapuche, iban a las escuelas rurales. Pero hace décadas que no hay gente, que es un desierto… La quita de tierras fue contundente, progresiva, no de la noche a la mañana; lo saben escribanos y abogados. Las máquinas John Deere desterraron la mano de obra. El golpe de gracia lo dio una terrible inundación regional en los años 2000. Y la crisis…

Peto ni se enteró que lo anduvimos merodeando como sus moscas. Podían bailarle un malambo que ni por asomo se despertaba. Era de decires mansos. Curandero, se comentaba.

Los trastos oxidados, acumulados al costado del rancho, ayudaban a los sapos a esconderse. Quedaban con los ojitos asomados entre los fierros y los tarros. Pateé los cachivaches y los dejé al descubierto. Levanté el machete y lo bajé con fuerza. Pero no tuve precisión. Mi primo se encargó.

De gusto nos encarnizamos con los pobres anfibios. Un reguero de sangre se acumuló en la tierra húmeda. Hilitos como los ríos de los mapas. Quedaba pasar a mayor calibre, usar la escopeta. Apuntamos confiados a una paloma posada de cuerpo entero. Julián disparó bien; pero a cambio recibió un culatazo y cayó sentado. Flor de susto se pegó.

Decidimos alejarnos al monte que le daba la espalda al rancho de Peto. Las palomas revoloteaban de rama en rama, llevando ramitas en los picos. Replegamos el cuerpo y entramos: nos movimos con sigilo y sorprendimos un lindo palomar. Debíamos ser astutos, certeros. Cada tiro tenía que dar muerte.

Al final matamos bien, un buen número de siete.

Peto ya andaba levantado de vuelta de la cacería. Se lavaba la cara y los chivos en la bomba. Se había dejado el bigotito. Eran muy fieros los pelos del sobaco que le colgaban, como barba vieja pensé. “¡La pucha que andan calzados!”, dijo al vernos con semejante arsenal a cuestas. “Te usamos el monte, Petito”, le dijo mi primo, pícaro. “Para eso está. La próxima avisen nomás, los acompaño, llevo la carabina”.

Mi tía preparaba la cena desde tempranito. No le gustó el racimo de palomas muertas paseándose en el interior de la cocina. “¡Salgan de acá con eso! ¡Me enchastran el piso de sangre!”, protestó.

Lavaba verdura en una olla. “Dejenlas ahí afuera”, ordenó, señalando la galería, donde se guardaban caballetes y tablones sucios. A grito pelado andaba mi tío arriba del tractor. Se lo escuchaba clarito. Cada frase la terminaba con una puteada. El peón que lo acompañaba no se quedaba atrás con la lengua. Mi prima Antonia andaba corriendo de tranquera en tranquera con el perro. Se entretenía así con el pobre animal. Para mí estaba loca.

Peto cayó bañado y perfumado a la cena; pañuelo al cuello, rociado con esa colonia viril y barata que impregna los ambientes y pulveriza las narices. Se sentó a la mesa. Mi tía le dijo “Peto, andá cortando el salame y el quesito”. El viejo tenía la costumbre de traer alguna cosita para el convite. No le gustaba caer con las manos vacías. Se había venido con un tarro de escabeche que parecía una delicia de verlo. Igual mi tía, desconfiada como era, dudaba de que lo hiciera él, decía, nos decía, que había una Nora que se los hacía a cambio de besos.

Al viejo peón se le iluminaron los ojos cuando mi tío sacó del aparador la botella de vino y el champagne.

Después del postre, Peto se levantó de la mesa. Mi tío se levantó tras él; “te alcanzo Peto”, le dijo, servicial. No le costaba nada el tironcito en la camioneta. Pero el viejo no quiso. Prefería caminar con los perros mordiéndole los talones gastados. Sólo pedía que lo llevaran al pueblo de vez en cuando a ver sus parientes.

Prendió un cigarrillo en la galería y enfiló la mirada al camino de su rancho. “Los sapos no se matan”, aclaró. “Les va a dar cagadera”.

La cagadera arrebató de la cama a Julián, no lo dejó en paz hasta entrada la mañana. Había tenido pesadillas como yo, que no había podido dormir elucubrando venganzas de los anfibios. “¿Lo que cociné les cayó tan mal?”, preguntó mi tía.

Peto apareció temprano por la casa al día siguiente, necesitaba una herramienta para cortar alambres de los chiqueros. Como a la herramienta la tenían mi tío y el peón, y andaban laburando campo adentro y no se sabía la hora de vuelta, uno más tarambana que el otro, mi tía le dijo a Peto que más tarde se le alcanzábamos. “Bueno, bueno”, dijo él, dio media vuelta y enfiló al rancho.

Por la tarde pasé la tranquera de Peto con la herramienta. Lo llamé varias veces a los gritos y me asomé todo lo que pude al rancho, pero ni jota del viejo. “Van a pensar que no vine, la puta que lo parió tener que volver”, renegué.

Antes de irme revisé los alrededores carcomidos y llenos de humedad de la casa. El terreno donde matamos los sapos lo hallé recientemente rastrillado, tenía las marcas de la escoba de dientes de acero, la misma que usaban mis padres para juntar las hojas del patio en otoño. Sentí el absurdo: el miedo por lo que había hecho sin miedo, por puro desborde, más bien con malicia de pendejo. Una mala conciencia repentina no me dejaba tranquilo. No eran pensamientos, había algo denso en el aire, como la sensación de haber dejado sin vida un lugar, de haberlo profanado, arrasado. Sabía de esas sensaciones cuando sufría una fuerte decepción en la escuela o en el deporte, o cuando me golpeaba mi papá por alguna impertinencia o pura gana de desquitarse. Quedaba un vacío total en el lugar, todo se desfiguraba hasta que volvía a reconocerme en el mundo. No era lo mismo que el miedo, que es más una cosa sin fundamento que viene de antes.

Estaba distraído. Sentí un ruido y me eché para atrás. De los trastos oxidados saltó un sapo; me asusté. Si me mea me deja ciego, pensé. Tenía ese dicho grabado en la memoria.

Di la vuelta del patio y vi a Peto en el corral de las gallinas tirándoles maíz con una lata, entretenido. Me acerqué para que me viera. Ya tenía ganas de rajarme a la mierda. “¡Pedro, Pedrito!”. “Le traigo la herramienta que pidió, Peto, ya me voy”. “¿Me ayudás antes?”, dijo, estirando la mano para salir del corral, hecho precariamente. “Vamos hasta el chiquero así corto y te la llevás de vuelta”.

“Cortá por acá”. Peto estaba tan absorto en que lo ayudara a terminar el trabajo, que no veía la cara de culo que yo tenía. Le costaba hacer las cosas ya, ponía más esfuerzo y empeño que destreza. Cortamos una serie de alambres más y me palmeó paternalmente como si hubiera hecho la gran cosa. “Listo”, dijo, y me contó cosas de campo, por puro contarme.

“¡La herramienta che!, que no es chupete”. Mi tío nos gritaba, para variar, asomada al vidrio del conductor de la chata. El peón iba de copiloto, tapándose del sol con la visera. “Decile al viejo pelotudo ese que venga a cenar con nosotros esta noche, que deje de rascarse las bolas”. “Me voy Peto”. “Pará, llevá unos huevos para tu tía”.

No sabíamos que Peto estaba enfermo, esa noche contó a boca de jarro que acarreaba unos cuantos problemas de salud. Le pidió a mi tío si al otro día podía dejarlo en el hospital del pueblo y levantarlo más tarde. Había escuchado que él iría por unos trámites a la municipalidad y al banco.

Esa noche no tomó vino. La prescripción médica indicaba que no podía ni olerlo. “La otra semana por ahí me internan”, dijo, ya con los ojitos brillosos. Poco le quedaba ya a ese hígado, baqueteado por los inviernos solitarios y el mal vino.

Fue esa noche que me sorprendí de mis tíos, ofreciéndole todo para que lo atendieran bien y saliera adelante en una clínica especializada de Junín; mi primo abrazándolo como a un abuelo caído en desgracia.

Pronto volvimos cada cual al lugar verdadero donde vivía. Yo al pueblo, a la casa de mis padres del barrio obrero, mis tíos a Buenos Aires. Peto quedó internado pero se recuperó en tiempo récord para su edad. Cuando tiempo después lo vimos, no pudimos creer lo delgado que estaba. Sólo con el tiempo nos dimos cuenta de que estaba bien por fuera, en su aspecto, en lo kilos que bajó, en la limpieza de su hígado, sin embargo por dentro se moría. Sus hijos le habían prohibido que volviera a la vida sedentaria de campo.

Durante tiempo Peto se bancó esa vida con el pretexto válido de su recuperación; pero no resistió más que un año, y se escapó con un remis que lo trasladó a La Tribu.

Hoy es un día de viento donde la soja se mueve el perdido noroeste bonaerense. La casa de mis tíos se cae a pedazos, es un depósito de bichos, arañas y tarros de agroquímicos. Se pudren las aberturas y las vigas y los techos ceden, el tanque australiano es criadero de larvas y musgo.

El rancho de Peto está un poco más tapado cada día por sus árboles y malezas.

Cuando me llevaban en ese entonces que era chico, de tan alegre que viajaba durante esos pocos kilómetros tierra adentro, no retenía el camino, iba disperso y alegre. Hoy no sé cómo llegar, es un puro instinto lo que me guía si decidiera volver; no reconozco el camino. Me parece mentira, pero es verdad.

 

 

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.

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