Con el sol de frente

Relato Corto por Isabel Lacatol

Isadora Duncan Le Folie

A Isadora Duncan

 

El termo había caído abajo del asiento del conductor con la tapa abierta, un charco bastante grande le mojó los pies. Chico agarró su mochila y la bolsa con las galletas para que no se mojaran, también cargó el bolso de su novia que ya estaba en la recepción. 

La mujer que los recibió se llamaba Lydia, era baja y tenía una cicatriz cerca de la boca que  le llegaba al oído. Ella les presentó a Negro, apenas lo vieron se les vino encima. Lydia lo había encontrado cerca de la ruta, camino al pueblo, mojado y muerto de hambre.

La habitación estaba al costado derecho de la entrada original de la estancia. Era de color blanco. Adelante había una capilla y a la izquierda un establo. Podían ver la laguna aunque estaba a unos kilómetros. Atrás, el horizonte abierto. 

Chico dejó la mochila y las bolsas en la cama. Chica dijo “hay bacterias imperceptibles en todos lados, no quiero dormir con ellas”. Lo que le molestaba en realidad era la habitación, la había imaginado más grande, con bañera para poder relajarse y hacer espuma, en cambio se encontró una ducha en la que apenas cabía una persona. Se dijo a sí misma, “está bien, es un fin de semana”.

Chico se despertó con baba en la boca, preguntó la hora. Su cara parecía una fruta magullada. Chica no quiso responder y se metió en el baño a cambiarse.Ya no le gustaba estar desnuda enfrente de él, trataba de evitarlo. En el espejo vio que le caían un par de lágrimas. Desenrolló papel higiénico y se limpió los ojos. Cuando salió vio que chico estaba sentado en la cama con la mirada perdida. Parecía más viejo, más blando. Quizás ya sabía. Le dio la mano y salieron. 

“Nunca pasó algo así”, dijo Lydia. Nunca, desde que ella trabajaba ahí una vaca se había desplomado en la tierra. “Los animales no sufren del corazón, llegan a viejos o los matan antes”. La pareja escuchaba la noticia sin mucho interés, era obvio que los animales podían tener una muerte súbita. Negro iba y venía con un palo en la boca, chica  se puso a jugar con él, lo acarició y le ató su pañuelo en el cuello. A Lydia le pareció una ocurrencia divertida, se distrajo, insistió en sacarles una foto. Después les indicó cómo llegar al pueblo en bicicleta. Era un poco complicado.

Chica quiso parar, estaba malhumorada porque masticaba tierra y porque las bicicletas que les habían dado no eran las mejores para hacer esa ruta. “¿Está bien que nos siga?”, “Seguro que conoce el camino”, dijo chico. La convenció de hacer el último esfuerzo, quedaba poco.

Pudieron haber estado más atentos. Ella vio que se le acercó a chico y después del pañuelo en la rueda no vio más nada. Escuchó un ladrido seco y el grito de chico cuando cayó en la tierra. Lo vio poner las manos al caer. Cómo se enganchó así, cómo no lo había visto. Chico se levantó, se sacudió la ropa y le dio un beso. “Si nos preguntan, se perdió”. 

Fue hacia Negro, lo levantó y lo dejó en un costado, entre unos arbustos. Gracias a que estaba anocheciendo no podían ver mucho. Hacían sin ver.

Al pueblo no llegaron. Pasaron muchos horas al costado del camino, cantaron y otras cosas que no se entendieron. Volvieron a la estancia de día y pudieron salir sin que Lydia los viera.

El agua derramada seguía ahí, se mojaron un poco las zapatillas pero no les importó. Por el parabrisas podían ver el futuro.  Estaban bien,  habían hecho kilómetros conversando, dándose besos con el sol de frente.

 

Isabel Lacatol (1984, Argentina) Se graduó en filosofía y gestión cultural. Trabajó como docente, prensa y comunicación.

5 3 Votos
Article Rating
Compartir
Suscribite
Notificarme de
0 Comments
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios