15077388824739

El diccionario de la RAE define al peligro como: 1) “Riesgo o contingencia inminente de que suceda algún mal” y 2) “Lugar, paso, obstáculo y situación en que aumenta la inminencia de un daño”. En sus dos acepciones, la definición del diccionario me parece interesante para pensar las formas en que el significante peligro engloba una serie de sentidos que han sido muy productivos para la ficción. Es decir, me voy a abocar, en lo que sigue, a discurrir sobre el peligro como el motor –o uno de los motores– de discursividades heterogéneas.

En este sentido, la asociación más inmediata que se me viene a la mente es con la literatura y el cine. En particular, con el llamado “género de aventuras”. De nuevo, me remito al diccionario: “aventura”, según la RAE, proviene del latín adventūra, que significa “lo que va a venir”. Entonces, la palabra haría referencia a “un suceso o acontecimiento extraño, a una casualidad o contingencia y a una empresa de resultado incierto que presenta riesgos”. Vemos que acudir al diccionario tiene sus ventajas, ya que nos permite empezar a dilucidar las relaciones semánticas entre el peligro y la aventura. Efectivamente, la versión más cristalizada del “género de aventuras” nos presenta a un héroe que se lanza hacia lo desconocido, porque algo de su cotidianidad se trastoca (por un suceso fuera de lo común o por una contingencia). En ese sentido, la aventura se sitúa en el futuro: ni el pasado ni el presente son instancias temporales posibles para ella. Y esto puede conllevar, para su protagonista, riesgos y obstáculos. El peligro se encontraría, desde esta perspectiva, en la incertidumbre “de lo que va a venir” que, como sabemos, no estará exenta de posibles dificultades, males y peripecias.

Aquí la lista de ficciones literarias es extensa. Autores como R.L. Stevenson, Mark Twain, Julio Verne, Jonathan Swift, Alexander Dumas, entre otros, se cuentan entre los “clásicos” del género. El cine no se queda atrás. Basta pensar en el personaje de la película dirigida por Spielberg, Indiana Jones. Sus películas nos muestran al más famoso de los arqueólogos (si no contamos a su contraparte femenina, Lara Croft) sortear todo tipo de peligros, en escenarios exóticos y remotos, para ir tras reliquias antiquísimas y encontrar así (luego se descubre) el amor y la armonía familiar. Lo que caracteriza a este tipo de personajes, en su afán por la aventura, es que le hacen frente al peligro como si se tratara de un juego: su creatividad frente a situaciones de vida o muerte, su valentía y su destreza física los salvan de todos esos riesgos imposibles a los que se exponen. Y, si el peligro se construye, en el “género de aventuras”, de manera hiperbólica, igual de hiperbólicas son las capacidades del héroe para zafarse de él. Ahí está la clave del verosímil del género: ¿de qué otra manera podría sobrevivir Indie a arrojarse de un avión que está por estrellarse en la montaña, subido una balsa inflable que se abre mientras cae? ¿O a una explosión atómica, metido en una heladera de los años cincuenta?

Voy a seguir con los ejemplos divertidos. El episodio “Meeseeks and Destroy” –de la primera temporada de la serie de dibujos animados Rick and Morty– trabaja, desde el humor y la parodia, con estas características que mencionamos. Los personajes de la serie ya son, en sí mismos, una parodia de la famosa dupla de Volver al futuro. Rick es, a todas luces, una versión más trashera del “Doc” Emmet Brown y Morty un adolescente, como Marty McFly, atolondrado, un poco tonto, que oficia de “ayudante” de su abuelo, en sus alocadas aventuras a través de los mundos posibles que habilitan Schrödinger y su gato. Este episodio, en particular, juega con las asociaciones habituales que suscita el género, pero con resultados menos satisfactorios para sus personajes. Luego de una aventura particularmente traumática, en la que el adolescente debe aniquilar a clones perfectos de su familia, Morty le dice a Rick que quiere vivir una “verdadera aventura”. Quiere ser el héroe de un relato de aventuras “como corresponde”: sortear obstáculos para hacer el bien y ayudar a una aldea en problemas.

Para lograrlo, Rick y Morty plantan unas habichuelas mágicas y se encuentran de pronto en la casa del esperable gigante, dueño de un gran tesoro (parodia que, como sabemos, hace referencia al cuento infantil “Juanito y las habichuelas”, también cruzado por la matriz del relato de aventuras). Pero, en lugar de enfrentarlo, el gigante se resbala y muere, al golpearse la cabeza con el borde de la mesa. Todo va bien, hasta que aparece la esposa del gigante, con su hijo en brazos, y llama a la policía. De pronto, Rick y Morty se encuentran en un juicio por homicidio y, a punto de ser condenados, son liberados por un abogado que lucha por los derechos “de la gente pequeña”. Aún más, para seguir enfrentando al peligro en sus aventuras estereotipadas, Rick y Morty se detienen en una taberna. Allí, Morty se cruza, en el baño del lugar, con Mr. Jellybean, un ser en apariencia amigable que poco después intenta abusar del él. Morty logra escapar y, notablemente angustiado por lo que acaba de pasar y por no poder vivir su aventura como un verdadero héroe, le ruega a Rick volver a casa. El abuelo no es tonto y se da cuenta de lo que pasó; por eso, le dice al adolescente que le va a donar a los habitantes de la aldea todo el dinero que ha ganado jugando a las cartas. Hasta acá, la aventura está a punto de resolverse favorablemente. Pero, cuando, agradecidos, los aldeanos le presentan a Rick y Morty al rey del lugar, se dan cuenta que se trata de Mr. Jellybean.

Cuento hasta ahí porque no se trata de spoilear el episodio. Sólo quiero destacar que, en este caso, la serie se hace eco de los rasgos más cristalizados y reconocibles del relato de aventuras, para así construir una trama marcada por el humor negro. El peligro, acá, es hiperbólico, sí, pero también “bizarro”, ácido, desestabilizante. La construcción de sus sentidos es heteróclita: se nutre de discursos científicos, parodias de cuentos infantiles y películas icónicas de la cultura popular, situaciones traumatizantes, para así generar un contenido irónico y original. Como vemos, los prototipos genéricos se copian, se transforman, se niegan, se reelaboran. Pero, lo que es seguro, después de este itinerario, es que la ficción y sus peligros nos seguirán deparando extrañas, soñadoras y apabullantes aventuras.

 

Karina G. Boiola (1988, Buenos Aires) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Latinoamericanas de la UNSAM. Ha sido columnista de la revista “Tierra Adentro” (México, CONACULTA).