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“Poesía” y “memoria” son términos solidarios entre sí. La poesía aparece como un recurso de la memoria, con sus metros, su ritmo, su rima, sus fórmulas, que ayudan a retener innúmera cantidad de versos. Y la memoria es necesaria a la poesía, cuando quiere arrancarse a la cultura del papel y emprender vuelo, en la voz, en la música, en la evocación. O cuando quiere, necesita, refugiarse, guardarse, esconderse. La poesía es un género más ligado a la voz que otros géneros, hay poetas que sienten el verso primero en la voz, y solo luego lo vuelcan en la letra. Ósip Mandelshtam era uno de ellos. Es más, según las memorias de su esposa Nadiežda, “se jactaba de no saber escribir y trabajar recitando”.[1] Ello antes incluso de que sus versos significaran un peligro para él.

“Yo no tengo manuscritos”, escribe Mandelshtam en La cuarta prosa, “ni libretas de apuntes, ni archivos. No tengo mi propia letra, porque nunca escribo. Yo solo en toda Rusia trabajo recitando, y alrededor toda la recalcitrante cabronada escribe. ¡Qué diablos voy a ser un escritor! ¡Lárguense, imbéciles!”.

Anna Ajmátova también tenía buena memoria: según Nadiežda, ella y Mandelshtam “dos veces no se decían sus versos, puesto que los recordaban con solo un recitado”. Mandelshtam, por otra parte, cuando alguna vez dictada a su esposa, rezongaba que no recordara de una sola vez todo el poema. Y agrega Nadiežda que Ajmátova solamente en su vejez llevaba cuadernos.

Ósip Mandelshtam es arrestado (por segunda vez) en mayo de 1938. Fue a parar a un campo de concentración en el Lejano Oriente ruso, Vladivostok, donde muere a fines de diciembre del mismo año. Su muerte es transmitida oficialmente a su familia en junio de 1940. Y aquí es donde adquiere tan tremenda relevancia la obra de su abnegada esposa: Nadiežda Iákovlevna Jázina-Mandelshtam.

Hay ante mí una tarea nueva, y no sé cómo emprenderla. Antes todo parecía claro: había que conservar los versos y contar lo que nos había sucedido […]

Para mí y para todos los aletargados, ya no había ni vida ni sentido de la vida, pero tanto a mí como a la mayoría de aquellos nos salvaba el “tú”. En lugar del sentido de la vida apareció un objetivo concreto: no dejar que se pisoteara la huella que dejó sobre la tierra esta persona, mi “tú”, salvar los versos. En esta obra yo tenía una aliada: Ajmátova. Dieciocho años, un lindo plazo de reclusión, vivimos sin ver una luz, sin ningún apoyo desde fuera, sin atrevernos a pronunciar ese nombre íntimo –solamente en un susurro, las dos solas–, y nos estremecíamos sobre un puñadito de versos.

Nadiežda Mandelshtam dejó también un invalorable testimonio de su época: tres libros de recuerdos –escritos en los años 60– centrados fundamentalmente en las figuras de su esposo y de su amiga Anna Ajmátova. La amistad de las dos mujeres fue la continuidad del profundo lazo artístico-fraterno que había unido a los dos poetas. No en vano en su gran “Poema sin héroe”, Anna Andréievna alude a Mandelshtam como “mi doble”:

Y tras el alambre de púas

en el seno de la taiga dormida

en cuál año no sé

vuelto terrón del polvo del gulag

vuelto ficción de un sucedido horrible

mi doble marcha al interrogatorio…

Ciertamente, el Samizdat hizo lo suyo en la preservación y difusión de la obra de los autores censurados y/o desaparecidos durante la era soviética. La traducción del término sería “autoediciones”. Se trataba de copias clandestinas de obras hechas con carbónicos por los autores o por los lectores. En tiempos soviéticos, era el modo en que se difundían autores prohibidos dentro y fuera de Rusia. Dice a propósito Nadiežda:

No fue enseguida que comprendí el significado de Samizdat y me afligía porque no iban ya a publicar a Mandelshtam. Ajmátova también para esto tenía respuesta: “Nosotros vivimos en una época pregutenberguiana” y “Osia no necesita una máquina de imprenta”… Y yo poco a poco me convencí de su justeza: los versos son algo que vuela, no pueden ser escondidos ni encerrados. […]

Ajmátova no dejaba de asombrarse de que resucitaran versos pisoteados y, como a veces parecía, aniquilados. Decía: “No sabíamos que los versos eran tan vitales” y “Los versos no son lo que nosotros creíamos en nuestra juventud”.[2] Puede que no supiéramos, pero con todo algo sospechábamos. Al salvar los versos de Mandelshtam no nos atrevíamos a tener esperanzas, pero no dejábamos de confiar en la resurrección de aquellos.

Los versos de Mandelshtam fueron salvados por la memoria, la de estas dos mujeres y la memoria popular, que es el capital más preciado para un poeta. Por otra parte, en la tradición rusa, la literatura siempre fue concebida para hacer algo. Si los debates en torno a la revolución –fundamentalmente– ocuparon las letras del siglo XIX, los escritores soviéticos se sentían llamados a dar testimonio. “¿Y usted todo esto lo puede contar?”, le susurra a Ajmátova una mujer en la cola de la cárcel para ver a sus hijos aun sin saber quién era Ajmátova, y ella le respondió: “Puedo”. Esta pequeña conversación, que está en la introducción a su poema “Réquiem”, expone el carácter misional que la literatura rusa tuvo siempre.

No sé si por todas partes [sigue Nadiežda Mandelshtam], pero aquí, en mi país, la poesía está entera y vivifica, y la gente no ha perdido el don de ser penetrada por su fuerza interior. Aquí se mata por los versos, signo de un inaudito respeto por ellos, porque aquí todavía somos capaces de vivir de versos. Si no me equivoco, si esto es así y si los versos que yo he conservado sirven en algo a la gente, significa que no he vivido en vano y que hice lo que debía hacer por aquel que fue mi “tú” y por la gente en la cual los versos despiertan lo humano, y en consecuencia, el principio humano.

A propósito de “Réquiem”, cuenta Lidia Chukóvskaia en sus extraordinarias Notas sobre Anna Ajmátova:

Anna Andréievna, de visita en casa, me recitaba susurrando versos de “Réquiem”, pero en su casa del Fontanka no se resolvía a ello ni siquiera susurrando; inopinadamente, en medio de la conversación, hizo silencio y, señalándome con los ojos al techo y las paredes, tomó un pedazo de papel y un lápiz; después pronunció en voz alta alguna cosa cotidiana: “¿quiere té?” o “cómo se ha tostado”, después llenó el papel con letra rápida y me lo extendió. Yo leí los versos y, reteniéndolos en la mente, se los devolví en silencio. “Ahora hace un otoño prematuro”, dijo fuerte Anna Andréievna y, frotando un fosforito, quemó el papel sobre el cenicero.

La tarea, y la obra, de estas celosas memoristas fue ciclópea. Y escribo “memoristas” en dos sentidos: primero por todo lo que salvaguardaron en su memoria y segundo por el precioso legado que significan sus apuntes sobre Mandelshtam y Ajmátova. Lidia Chukóvskaia registró a modo de diario durante treinta años sus encuentros con Anna Andréievna. Era hija del célebre crítico (y escritor infantil) del llamado Siglo de Plata ruso Kornéi Chukovski. Ella misma escritora, poeta y prosista, autora de un famoso relato sobre los años del terror: Sofia Petrovna, la historia de una ciudadana soviética a la que trágicamente se le va revelando qué hay detrás del benefactor estado comunista. No obstante, la gran obra de su vida fueron los tres tomos de memorias que mencionamos, que abarcan desde su primer trato con Ajmátova en 1937 hasta la muerte de esta en 1966. Escribe tres meses después de este acontecimiento:

Con cada día, cada mes, mis anotaciones fragmentarias se iban volviendo cada vez menos la reproducción de mi propia vida convirtiéndose en episodios de la vida de Anna Ajmátova. En medio del mundo fantasmal, fantástico, enturbiado que me rodeaba, solamente ella no me parecía un sueño, sino lo real, aun si ella en este tiempo también escribía solo sobre fantasmas. Ella era indudable, auténtica en medio de todas las vacilantes inautenticidades. En aquel estado de ánimo en el que me encontraba en esos años –ensordecido, muerto–[3], yo misma me parecía cada vez menos viva de verdad, y que mi vida incompleta mereciera descripción (“Y suerte que ya haya pasado”[4]). Hacia 1940 anotaciones sobre mi vida ya no hacía casi nunca, y sobre Anna Andréievna escribía con más y más frecuencia. Me llamaba escribir sobre ella, porque ella misma, sus palabras y acciones, su cabeza, sus hombros y el movimiento de las manos poseían ese acabamiento que habitualmente pertenece en este mundo solamente a las grandes obras de arte. El destino de Ajmátova –algo más grande que incluso su propia personalidad– moldeaba entonces ante mis ojos, a partir de esta mujer célebre y abandonada, fuerte y desamparada, la estatua de la aflicción, la orfandad, el orgullo, el coraje. Los versos anteriores de Ajmátova yo los sabía de memoria ya desde la infancia, y los nuevos, junto con los movimientos de las manos que quemaban el papel sobre el cenicero, junto con el perfil aguileño, nítidamente recortado por una sombra azul sobre la pared blanca de la cárcel para confinados, entraron ahora a mi vida con la irrevocable naturalidad con la que ya hace tiempo han entrado los puentes, San Isaac, el Jardín de Verano o el malecón.[5]

Este testimonio abnegado es, ciertamente, a la vez un colosal testimonio epocal. Como ha escrito Ajmátova en una dedicatoria suya a Nadiežda Mandelshtam: “A la amiga Nadia, para que una vez más recuerde lo que pasó con nosotros”. Lidia Chukóvskaia comprende desde el principio que no está solamente preservando ese monumento que es la personalidad de Ajmátova, sino, a través de ella, una memoria colectiva.

Entre las anécdotas interesantes que recoge sobre diversos poemas de Anna Andréievna reportamos esta, a propósito justamente del que se llama “El sótano de la memoria”: en la anotación correspondiente al 4 de noviembre de 1953 cuenta que tratan entre las dos de restablecer el poema en su totalidad. La propia Ajmátova lo recordaba todo excepto los dos primeros versos:

……………………………….

……………………………….

No con frecuencia visito a la memoria

y además ella siempre me confunde.

Cuando desciendo con un farol al sótano

creo sentir de nuevo un sordo alud

tronar detrás por la escalera angosta.

Humea el farol, y regresar no puedo

mas sé que voy a lo de mi enemigo

y pido por piedad… Pero allá está

oscuro y quieto. ¡Mi fiesta ha terminado!

Ya treinta años que acompañaba a damas,

de viejo ha fallecido aquel pilluelo…

Me he retrasado. ¡Qué desgracia, pues!

No puedo presentarme en ningún lado.

Pero toco en la pared los cuadros,

y me entibia el hogar. ¿Y este milagro?

¡Entre este moho, este tufo y corrupción

destellaron dos vivas esmeraldas!

Y maulló un gato. Bien, vamos a casa.

¿Mas mi casa y mi juicio dónde están?

Chukósvakaia no consigue recordar el comienzo, y la reacción de Ajmátova es: –¡Se acuerda usted de cada tontería y no puede recordar los dos primeros versos! Dígame al menos de qué trataban.

Las memorias prodigiosas y entrenadas también juegan malas pasadas. Los versos no aparecen a pesar de los intensos devaneos. Recién el 21 de enero de 1955 Lidia Kornéievna anota:

De repente, en medio de la conversación, ella [Ajmátova] con un rápido movimiento abrió la valijita, sacó de allí una hojita y la puso ante mí sobre la mesa. Yo leí:

Pero que yo vivo triste es un absurdo

Y también que el recuerdo a mí me aguce…

–¿Los reconoce? –preguntó Anna Andréievna, mirándome fijamente.

Los reconocí: ¡las primeras líneas de “El sótano de la memoria”! Ahora estaba restablecido por completo.

Yo no sé si Anna Andréievna recordó estos versos o los encontró en su anotación primigenia.

Me fui feliz.

 Salvo Mandelshtam, tanto su esposa Nadia como Ajmátova y Lidia Chukóvskaia sobrevivieron al “reino de mil años” de lo que se conoce como período estalinista. Mandelshtam fue rehabilitado oficialmente en 1956. Ajmátova desde los años 50 fue readmitida en la Unión de Escritores Soviéticos. Pero ello no significaba que pudieran ser publicados libremente. Nadiežda Mandelshtam ya en los años 70 envió todo el archivo documental de su esposo para ser preservado a la Universidad de Princeton (EE.UU.). Las ediciones de Ajmátova durante todo el período soviético fueron siempre “propuestas” por las editoriales estatales. La mayor parte de la poesía de ambos fue salvada, preservada, venerada, por la memoria de quienes amaban esos versos como algo propio, íntimo, indiscernible de uno mismo.

La cultura se define por la memoria, por la lucha contra el olvido, y sobre todo el olvido como desaparición forzada. El olvido como acto deliberado de borramiento, como agente de disgregación. Así, en el destino de estos dos poetas (y, lateralmente, de sus amigos memoristas) quisimos graficar someramente la enorme tarea que desempeñó la memoria en el resguardo de esa cifra de los siglos y la vida de los pueblos que encarna siempre la poesía.

[1] En ruso el verbo chitat’ significa “leer”, pero también significa “recitar”: chitat’ stijí es, antes que “leer versos”, “recitar versos”. Como si los versos pudieran solamente sonar.

[2] Agrega Nadiežda: “Las tiradas de Samizdat en que se difundían los versos de Mandeshtam y muchas otras cosas no se pueden calcular, pero creo que sobrepasan incomparablemente las tiradas de cualquier libro de versos de nuestra juventud”.

[3] Su segundo esposo es encarcelado en 1937 y fusilado al año siguiente.

[4] Verso de un poema de Chukóvskaia.

[5] Sitios de Petersburgo.

Omar Lobos (1964, La Pampa) Actualmente reside en Buenos Aires. Es Licenciado en Letras en la Universidad de La Pampa y Doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Integra el equipo docente de la cátedra de Literaturas Eslavas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y ha  realizado las primeras traducciones argentinas directamente del ruso de “Crimen y castigo y “Los hermanos Karamázov”, de Fiódor Dostoievski, así como de los romances populares de Alexandr Pushkin y el teatro completo de Antón Chéjov (todas ellas editadas por Colihue), entre otras. Es miembro fundador de la Sociedad Argentina Dostoievski, que integra la Sociedad Internacional Dostoievski. También es docente de Lengua Española en la Universidad Nacional de Lanús.