El petiso

Cuento

por Ignacio Bosero

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Fue un viernes por la tarde que recibí la visita de Carmelo, mi amigo; venía de un pueblo vecino y buscaba salir esa noche a un bar que, según él, reventaba de gente. Yo le dije que no era tan así y no me creyó o no quiso creerme. Tampoco quería decepcionarse. Me dijo que lo pasara a buscar por la casa de sus abuelos. De allí iríamos a tomar algo a lo de un conocido, el Bichi. El lugar quedaba a las afuera del pueblo, plena calle de tierra. Golpeamos la puerta y nos abrió un tipo petiso, que dijo ser el primo del conocido de Carmelo, el Bichi, que vendría en un rato. Como siempre, los planes de Carmelo pasaban de improvisados a sospechosos. El petiso se presentó como Noel y nos invitó a esperar adentro. Yo cargaba una botella de whisky nacional y la abrí apenas Noel nos hizo sentar en un amplio living para nada elegante, más tirando a turbio. Noel se arrimó a la mesa con un whisky mejor, importado, y tres vasos. Parecía de pronto encantado con nuestra presencia, y entonado. Mi amigo Carmelo no era una persona que fácilmente entraba en confianza con desconocidos, mucho menos con alguien que arrancó la charla alardeando sobre su experiencia de tomador de whisky. Para mi suerte al rato se ablandaron y se inclinaron por conversaciones bastante bobas sobre mujeres y política, un tópico al que casi nadie parece escapar en este maldito país. Yo observaba el entorno y el paso del tiempo en un reloj de pared enorme. Como no llegaba el primo, el petiso se iba ensanchando como el rey de la casa, hablando cada vez más al pedo.

Desde muy chico me había habituado a huir de lugares sobrecargados como iglesias e instituciones estatales. Me molestaba especialmente el discurso extenso y el monólogo de hombres y mujeres que creía siempre horribles y aburridos. Tanto que en general me concentraba en un punto, sea el codo de la profesora o la sotana del cura, cualquier cosa menos oír las paparruchadas pasadas de moda a la que tenían adiestrada a generaciones de imbéciles. En esta casa me había concentrado en las vigas que cruzaban el techo, de fierro, que tenían colgadas unas cámaras y arneses. El petiso pertenecía, como se dice, a esa raza de fanfarrones y agrandados que abundan, sin tener una sola virtud ni mérito intelectual. Por eso me parecía un simple nabo. Lo cierto es que empezó de pronto a dárselas de hombre de mundo y qué sé yo qué otras cosas. Que había vivido en Centroamérica, Brasil y Canadá. Que se había cogido a todas las mujeres habidas y por haber. Que la tenía grande y no sé qué más… Carmelo lo miraba entre admirado y sorprendido, mientras tomaba y tomaba whisky con él. Yo pensaba qué increíble, pudiendo estar en otra parte vengo a caer a la casa de este infeliz que da cátedra sobre asuntos incomprobables y estériles, que no ayudan a sacar esta ciudad de la desidia y la burrada. Noel se cruzó de piernas y siguió su cháchara, y del primo ni asomo: ni siquiera una foto.

Ya adentrada la noche, anfitrión total y entrado en confianza con el whisky y la charla, el petiso se sintió libre para contar obscenidades. El pecho se le infló. Dijo haber hecho las mil y unas. “Ven todo eso colgado del techo”, dijo. “Sí, yo te iba a preguntar”, opiné, arrepintiéndome al toque de haber hablado de más. “Me dedico a esto”, comentó con media sonrisa. “¿Al cine?”, lo consultó Carmelo. “Algo así”, dijo medio misteriosamente. “¿Cómo algo así?”, le pregunté. “¿O sea al porno?”. “O sea al porno”, remató. Sin duda: para algunas cosas todavía éramos chicos, realmente no entendíamos del todo a qué se refería eso del porno, por más que nos diéramos cuenta –por lo que hablaba y describía– que practicaba el sexo con distintas mujeres del pueblo. “Soy amante, amante de mujeres casadas…”, explicó ante nuestra cara de asombro. “Amante de mujeres casadas…”: Las cosas que yo tenía que oír. Dejó la frase en suspenso y sugirió con eso que se trataba de mujeres infieles. ¡Claro, y qué otra cosa iban a ser!, pensé. Lo miré a Carmelo porque me sentí verdaderamente incómodo. De pronto transpiré. Se me vinieron a la cabeza un montón de mujeres decentes que imaginé corrompidas por este bochorno de hombre. “La verdad loco, no entiendo qué hacés”, le dijo Carmelo de repente, medio molesto. “Las filmo”, dijo. “¿Quieren? No me vas a decir que quieren ahora”, opinó mi amigo. Noel, ya más turbio, pero siempre con una media sonrisa, como creyéndose vivo y pícaro, dijo abiertamente que sacaba plata con los videos. No era un amante en el buen –o mal- sentido, digamos, sino un vividor. Un chupasangre. Sentí asco, el mismo que debe haber sentido Carmelo, aunque él era mucho más temperamental, más venal como se dice. “Está mal lo que hacés loco”, le zampó mi amigo. “¿Sí?”, le dijo él, “¿y qué?”. “Te digo nomás, no me parece que esté bien loco, y a mí me gusta la gente buena leche”, le volvió a zampar en el medio de la cara. Ya el petiso no estaba recibiendo lo que él quería, que era complicidad, sino un golpe inesperado. Aún fue más inesperado el golpe que yo le di con la botella de whisky en el medio de la cara sin aviso y el “puto de mierda” que le grité, mientras corríamos a buscar la puerta y la calle de tierra y la luz de los faroles en esa agonía nocturna de ese barrio periférico. “No te tenía así, tas re loco”, me dijo Carmelo. “La sacó barata, petiso mentiroso”, le respondí.

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.

 

 

Un manojo de cartas en una caja de zapatos

Cuento

por Manu Kápilan

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Elisa tomó nota de un pensamiento en un mensaje de voz. Luego bajó el parasol para ver su reflejo en el espejo que estaba al dorso.  Entre sus manos el pintalabios rojo se asomó de su capuchón plástico y los pensamientos de la maestra se diluyeron.

Alrededor del auto, padres y niños corrían y miraban la hora en sus teléfonos. El timbre de ingreso sonaba como una amenaza gastada.

Después de pintar sus labios, Elisa se delineo los ojos y engroso sus pestañas. Sobre la guantera quedó una taza de café a medio tomar, el sol la mantendría tibia por horas.

La bandera ya estaba izada cuando Elisa atravesó el patio y guió a sus alumnos al aula.

Durante el primer recreo  evitó la sala de maestros y se sentó bajo la sombra de un ceibo. Con la punta de un tacón aplastó flores hasta convertirlas en una pasta oscura. Los niños corrían y generaban un bullicio uniforme de risas, peleas y lamentos.

Al otro lado del patio, Noelia dobló un papel perfumado, haciendo tantos pliegues como pudo. Después miró a la maestra de sociales y respiro hondo, la excitación viajaba indisoluble por su sangre.  La pequeña caminó hasta el ceibo a espaldas de su maestra. Le tocó el hombro y sin decir palabra le extendió una carta. Eliza miró alrededor, tomó el papel y lo guardó en el bolsillo de su delantal azul. Acarició el cabello rizado de la niña y dijo: es un secreto. Noelia asintió ruborizada y se alejó.

La mujer se apuró a ir a la secretaría, desdobló el papel perfumado y  lo acomodó sobre el cristal de la fotocopiadora.  Luego dobló la copia y la guardó.  Entonces entró un maestro, la saludó con beso en la mejilla y apretó el botón del timbre.

Durante la siguiente hora, Elisa leyó con voz tenue, el primer capítulo de un libro llamado Código Civil Para Niños.  Tomás, recostado sobre su pupitre, dibujaba dos gatos con forma de ochos mirando una bandada de pájaros con forma de letras V.

-Tomás.

-Sí, seño.

-No estás prestando la más mínima atención.

-Sí seño.

-Vas a venir conmigo a dirección. Los demás en su lugar, vuelvo en un minuto.

El chico caminó en silencio junto a la maestra. Eliza lo detuvo y puso en su mano la carta de papel perfumado.

-¿Le vas a contestar?

-No .

Pasado el mediodía sonó el último timbre de la jornada.

Eliza atravesó el playón de estacionamiento tanteando las hojas sueltas de su carpeta. Una mosca había logrado entrar al auto y se acicalaba las patas en el borde de la taza de café. La mujer frunció el ceño, bajó el parasol para ver su reflejo y lo volvió a fruncir. Después agarró la taza y tiró el contenido por la ventanilla. Desdobló la fotocopia y leyó la carta de Noelia.

Tomi: espero que te guste esta carta perfumada. Un perfume nuevo, no el de la otra vez de uva que no te gustó.  Además mi mamá me quitó el celu. Hasta que pasen las pruebas no tengo. Ayer le dije a Sofí que te diga que nos juntemos en el recreo. Te dijo? No sé por qué es mentirosa y además la Sabri me dijo que gusta de vos. Etcétera.

El auto de la maestra salió de la ciudad y anduvo por la ruta una media hora. Al llegar a casa se encontró con otro auto obstruyendo la entrada del garaje.

-!Ignacio! !No puedo entrar!

-Primero hola ¿no?

El hombre se acerco y besó lo que quedaba del pintalabios.

-El auto, insistió ella.

La sala olía bien. El estofado burbujeaba y el vapor hacia bailar la tapa de la cacerola.

Mientras almorzaban, hablaron de la batería del auto y de los costos del hospital veterinario donde estaba internada Pina, una gata mestiza con cálculos renales. Al terminar se dirigieron al cuarto.

Elisa se sacó el pantalón y tiró sobre la cama la fotocopia.

-Otra pieza para el correo del amor, dijo alegre.

Ignacio se apresuró a desdoblarla y la leyó en voz alta, dramatizándola.

Hicieron el amor con los ojos cerrados y luego se durmieron.

Por la tarde Ignacio se sentó en su escritorio, tomó una hoja Rivadavia y dibujando letras retorcidas escribió.

Noe: este perfume tampoco me gusta pero por lo menos la carta es más corta que la otra. No te preocupes, guardo las cartas en una caja de zapatos que escondí bien. Otra cosa, capaz que la seño Eli las puede leer si quiere, ¿pensaste eso?  Esto me da un poco de vergüenza. Etcétera.

Después dobló el papel sobre sí mismo hasta dejarlo del tamaño de una galleta y se fue a pie a la clínica veterinaria.

Elisa limpió la casa y acomodó un almohadón grande junto a la cama matrimonial con algunos juguetes alrededor, un recipiente de porcelana con agua y otro con alimento balanceado. Pina volvió en brazos de Ignacio y fue recibida con ademanes exagerados.

Al día siguiente, la mujer salió de casa antes de que el sol se asomara. Manejó con una mano mientras con la otra sostuvo una taza de café a la que dio pequeños sorbos. Después del peaje, sacó de la guantera una botella de enjuague bucal. También se peinó.

Al llegar al estacionamiento abrió su neceser y tanteó los productos de maquillaje. Noelia pasó junto al auto de la mano de su padre, que la tironeaba para que apresure el paso.  La niña miró a la maestra esparciendo rubor en polvo sobre sus mejillas pálidas. La mujer le sonrío y le guiñó un ojo haciendo un gesto afirmativo con la cabeza. Noelia sonrió y apresuró el paso por delante de su padre mientras sus mejillas se coloreaban involuntariamente.

La mosca del café, que había pasado la noche rebotando contra los cristales, caminó por el asiento, se posó en la nuca de Elisa y comenzó a mover sus patas traseras depositando huevos microscópicos en la grasa de la piel. Allí depositaba, con una fe automática, los embriones destinados a precederla en su incierta misión. Luego el estallido de la palma de la mano humana, la derribó.

En el patio de la escuela, la directora tomó el micrófono para dar aviso de que las clases se suspendían por falta de agua. Minutos después Noelia salía por la puerta principal, su padre caminaba delante hablando por teléfono. Hacían cuarenta y un grados de temperatura. La nena buscaba a Elisa con la vista. Apenas pudo ver, mientras se alejaba, la silueta de la maestra. Ella engrosaba sus pestañas.

Manu Kápilan (1984, Córdoba). Artista visual y escritor. Publicó fanzines desde el 2001. Su primer libro de poesía, “Por las barbas”, salió por la editorial Llanto de Mudo en el año 2007, el libro de dibujos “Contame un cuento y te toco un ojo” por Borde Perdido en 2016 y el poemario “Inquilinos” por editorial Caleta Olivia en 2017.  Coordinó talleres de fotografía y escritura en la cárcel de Bower. Desde hace cuatro años dicta talleres de dibujo.

Puñado de amor

Cuento

por Ignacio Bosero

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Es por la canción que inmediatamente hierven los recuerdos. Durante algunos años había estado a salvo siquiera de pensar en Ana. Y esta noche, mientras estoy cocinando y he puesto una radio francesa de música ecléctica, la canción apareció, es decir, alguien la tuvo que elegir y poner, aunque ese detalle ahora no importe tanto; tuve que dejar de preparar la cena y subir a ver en la computadora la página para saber el nombre del grupo y de la canción. Y ahí estaba: Antony and the Johnsons: Fitsful of love. Imposible olvidar el tono dramático de la intérprete en las noches de San Telmo.

Todo parte de una noche que prometía ser como cualquier otra en el barrio de Paternal, claro que decir que cualquier noche en Paternal, en ese momento, no es lo normal que pueda imaginarse. Yo era un joven estudiante y convivía con dos amigos, también estudiantes jóvenes, de modo peculiar. Habíamos adaptado un departamento de tres ambientes a nuestros caprichos más salvajes. No teníamos mesa ni sillas en el comedor, prescindíamos de la televisión y habíamos, entre otras cosas, empapelado una enorme pared con recortes de revistas y diarios de época. Todas las noches había reuniones e invitados amigos: la casa funcionaba casi como un centro cultural. Incluso al tiempo se sumó una nueva integrante alemana, que pasaría unos meses con nosotros. Javier nos propuso la convivencia con Judith y aceptamos; Maximiliano no vivía de modo permanente, sino que usaba la casa como vía de escape; Judith se acopló increíblemente a nuestro ritmo de vida. Era realmente una mujer ejemplar. El departamento era grande, y nosotros lo hacíamos cada día más grande. Las ansias de vivir, de experimentar, de estar por primera vez solos, apartados de nuestras familias; la libertad que eso significaba en ese entonces prometía todos los días una nueva aventura.

Entonces sucedió lo inesperado. Judith entró un sábado por la noche al departamento con otra alemana, que había conocido en el vuelo y se habían vuelto a ver en la calle en la semana. Se habían llamado y arreglado esta salida. Era Ana. Apenas entró por la puerta comencé a inquietarme. Recuerdo su corte de pelo, largo, con flequillo, sus colmillitos y su sonrisa, sus botas texanas, su español fluido.

De Paternal fuimos en taxi a una fiesta en Colegiales. En algún momento fumamos parte de un porro europeo. Pitamos en una calle oscura, arbolada, antes de entrar a la fiesta. Yo había fumado muy pocas veces y me hizo efecto inmediato dejándome eufórico. No tardé mucho tiempo en encararme a Ana. La perseguí por los rincones de toda la casona y la acorralé en la terraza. Fumamos un cigarrillo y ella se rio bastante pero me aclaró seria, que no, que no me daría un beso. A lo sumo el teléfono. “Llamame en la semana, podemos ir de excursión por Buenos Aires”. Eso dijo y la idea me fascinó. Ana era periodista, se quedaba dos semanas en una pieza de San Telmo.

La vi recién a mitad de semana. Mi cabeza había sido un remolino después de conocerla. Pensé cantidad de lugares para llevarla, reviví los lugares que me gustaban y deseé mostrárselos. El orden de los sucesos no puedo precisarlos pero nos dimos cita en un bar de la calle Uriburu, en la zona de facultades. Ana tenía una cámara y sacaba fotos. Me sacaba fotos a mí de imprevisto, le sacaba fotos a la gente y al bar y pedía a otros que nos fotografiaran. Al salir del bar caminamos unas cuadras y tomamos un colectivo hasta Parque Centenario, le pedí que recorriéramos los puestos de libros y la librería Los Cachorros. Revolvimos un poco; nos reímos. Yo estaba como un tonto, no podía creer que la mujer que me gustaba seguía, con el paso de las horas, ejerciendo una atracción sobre mí tremenda. No sólo quería besarla, quería amarla, en el sentido cursi de la palabra y la acción. La invité al bowling de Paternal. De allí caminamos hasta mi casa y estuvimos juntos un rato más. Llegada la noche dijo que tenía que irse a San Telmo; tenía una cena. Podía tomar el 24 y en una hora estar en la puerta del lugar donde se alojaba. Sentí desasosiego, no quería que se fuera, quería fervientemente que se quedara, que estuviera conmigo el tiempo que fuera necesario. “Podemos vernos después”, dijo. “¿Después?”. “Te llamo cuando termine la cena, o llamame vos, te doy el número”. Anoté el teléfono de la residencia y lo guardé.

Esas horas fueron mucha ansiedad; alrededor de las once de la noche la llamé. Me atendió de buen humor, pronunciando mi nombre como con cariño. Estaba cansada y se acostaría; había tomado vino, se reía, estaba media borracha. “Mañana tengo que trabajar” dijo. No insistí. Acepté de mala gana que no pudiera verla y ella, inteligente como era, se dio cuenta. “Te enojaste”, dijo. “No, no”, respondí serio. Me era imposible disimular el disgusto. Ana era muy astuta para que yo le hiciera una escena, aunque la mía no había sido a propósito… “¡Ey, nos vamos a ver en la semana!”, dijo. “¿Sí?”. “Sí, porteño”. Quedé pensativo y acodado a la barra, donde teníamos el aparato de teléfono. “Qué fácil lo hace todo ella”, pensé, con una bronca inusitada. No había nada más horrible que querer ver a alguien y tener que esperar, no poder acceder a ella; tiempo…

Al siguiente día tenía que cursar, empezar la semana con energía. La noche no debe haber sido nada buena pero encontré el sueño en algún momento y desperté el lunes, con esa ambivalencia que me venía acechando frente a la carrera que hacía. Dudaba del convencimiento, quería apasionarme y lo encontraba en pocas oportunidades. Aun así, era un alivio tener ese frente, quedarse en casa sería desolador. Tenía que aguantar, ser paciente y olvidarla. Cruzarme con colegas y perderme en palabras y teorías. Ana vendría por la noche, a la salida de ese túnel.

No puedo decir que ese día pasó rápido ni que tampoco logré liberarme de su imagen a cada momento, pero de a ratos, por suerte, la olvidé completamente y me concentré en mis estudios; después de todo era cierto el dicho: una cosa no quitaba la otra.

Al salir de la facultad la llamé. Para mi sorpresa me invitó a su casa, en San Telmo, a comer con unos amigos. Me sentí el tipo más afortunado de la tierra. Fui como un loco hasta Paternal, me bañé, compré un vino y fui a esperar el 24. Cerca de las diez de la noche estaba en la puerta vieja de un edificio antiguo. Era como descubrir otro San Telmo, el bohemio de verdad. Que Ana me abriera la puerta, más bella que las dos noches anteriores, sonriente y con ganas de verme (porque fue lo que me dijo), era el corolario de la felicidad.

La cena con sus amigos del alojamiento fue de lo más tranquila, sin sobresaltos. Para nada pesada ni extensa. En un momento estos amigos del lugar pidieron permiso y se fueron al living; yo quedé con Ana en un balconcito interno repleto de plantas, tomando el vino que quedaba de una botella. Abrimos otra y charlamos. La chispa estaba. Había algo. La besé. La ebriedad la había soltado, estaba risueña, con esos pocitos en los cachetes… Me llevó a la habitación y me mostró su escritorio, sus cosas; recuerdo especialmente una revista alemana con más texto que Le Monde Diplomatique. La música sonaba desde una computadora, sin parlantes extras, latosa, pero acogedora. Nos besamos un poco más hasta que ella puso su límite. Vio la hora y dijo que tenía que dormir, que ya era tarde y mañana tenía bastante que hacer.

De pronto quedaba otra vez descolocado. Ella me abrió la puerta y me despidió y yo vi San Telmo sin nadie, de madrugada, cuando las ratas pasan debajo de los puentes y los indigentes duermen bajo los gomeros con las cajitas de vino a su lado. Más de una hora esperé el 24 en esa noche templada. Me dormía parado. Rogaba que alguien se acercara a la parada. Evitaba pensar en lo que había pasado. No estaba mal, pero no era suficiente, la espera seguiría. La espera por tenerla, por lo que yo quería.

Pasé toda la semana sin verla, aunque hablamos por teléfono por lo menos una vez al día. Me urgía verla: podía dejar cualquier cosa para estar juntos, pero Ana no, siempre tenía cosas que hacer y alguien a quien ver. Durante esas llamadas nos hicimos invitaciones. Entre las cuales una se concretó para el viernes: fuimos a ver la Orquesta Típica Fernández Fierro. Comimos empanadas, tomamos vino, oímos el tango pasional de la orquesta. En esa noche intensa, yo sentía también que el tiempo se me terminaba; es decir, no había más tiempo, era esa noche o nada. Su novio llegaba de viaje al día siguiente. Supe tarde que tenía novio, no fue que al toque Ana me dijo “tengo novio”. La relación se desarrolló como si no lo tuviera. No lo mencionaba, parecía no existir. Era así Ana: nada existía hasta que existía e imponía los verdaderos límites.

No me importaba. Ahora estaba conmigo y era el momento. Salimos del club y fuimos a San Telmo en un taxi. Tomamos vino en su habitación, que ya conocía, y escuchamos de vuelta la música latosa sonando de fondo desde su notebook. Puso bandas que desconocía, me mostró una serie de cosas más, de radio La Colifata, las entrevistas que había hecho en la semana, una con Lanata, otra con Santoro. Perfiles muy distintos. Le había sorprendido que Lanata fuera un tanto burgués, que viviera bien. Aproveché y le hablé de mis proyectos, de algunos libros, de Los árboles mueren de pie, que ella me había recomendado y había leído con mucho entusiasmo en la semana.

Estábamos sentados en el piso y hablábamos, gesticulábamos y reíamos, con el vino y la música de por medio. No podía no pasar. La miré fijo, me acerqué y la besé. Con las manos seguras le abrí los botones de la camisa y le saqué el corpiño. Sus tetas quedaron expuestas, hermosas. Era un sueño sentir y tocar el cuerpo que deseaba. Le besé las tetas y el cuello, le saqué el jean y la llevé a la cama. Ella me desnudó, temerosa, temblaba. No la había visto así en todo este tiempo, libre pero tensa.

Pensé que los nervios me jugarían en contra y no podría tener una erección, pero Ana me desaceleró con caricias y palabras al oído. Algo así como “tranquilo, tu corazón va muy rápido, tranquilo Andrés”. Estábamos desnudos en suspenso, avanzando uno sobre el cuerpo del otro. Ella me había tomado la pija y la retenía fuerte en sus manos, sin decidirse a que se la metiera. Al final se arrepintió. No podía ser, en horas llegaba el vuelo de su novio y tenía que ir a esperarlo. ¿Si nos dormíamos? ¡Era una locura! De repente todo cambió. El sexo no se llevaría a cabo.

Me vi de vuelta en San Telmo, en las mismas calles empedradas, muy de madrugada, borracho, en busca de un taxi o colectivo. Ana me ofreció plata para que tomara un taxi, trataba de cuidarme, de no dejarme en ese estado de confusión a la deriva. No me ofendí; le dije estaba bien, que no se preocupara; prefería esperar el bondi solo. ¿Qué podía pasarme más fuerte y más triste que no poder hacerle el amor? En esos instantes, no podía pensar en otra cosa. No había futuro, era puro presente.

Caminé unas cuadras como sin cuerpo, desinflado, y cacé al vuelo el luminoso colectivo que se abría paso en la calle Perú, o una de esas donde pasa el 24. Tenía una lamentable hora de viaje, quizás menos a esa hora. Llegaría al amanecer. Las cuadras desde la avenida San Martín hasta Nicasio Oroño fueron una pesadilla. De haber existido una cama en la calle me hubiera tirado ahí mismo. Así y todo, derrotado por la frustración de lo que no había sido, no me sentía atraído por la muerte, lo típico del amor romántico. Esbocé una sonrisa de vencedor, después de todo había seducido a la mujer que encandilaba mis días. Si se había terminado, era un final no tan malo, no tan inventado por mí.

Los días siguientes fueron malos. Algunas esporádicas llamadas de Ana en la que me decía que no podía verme, que estaba con su novio. Adentro mío crecía la impotencia. No sabía qué hacer para olvidarla; no había palabras que pudieran calmarme, no había acciones ni personas que pudieran remplazarla, estaba enamorado. Esa cosa bella y horrible del a medias correspondido. Si encontré sosiego alguna noche no tengo dudas de que fue en libros, en música, en alcohol y en amigos. El estudio era inútil. Puede que algún profesor disuadiera mi alma de las peores tormentas por algunos días, días llenos de oscuridad; alguna frase, alguna cita, una palabra, eran una cura para mi malestar.

Por supuesto, hubo un momento para vernos. Se lo pedí, casi suplicándoselo. Pero era cierto: ella también lo necesitaba. Se había dado cuenta de que me necesitaba; yo era otra cosa aparte de su novio. Nos vimos en un bar llamado El fin del mundo, en San Telmo. Ana tenía esas  ocurrencias, escogía los lugares con pasión; le divertían los nombres que se relacionaran con algo del país de origen. Recuerdo la noche que junto a la ventana me recitó un poema de Hölderlin en alemán; lo hizo para hacerme entender que yo me equivocaba cuando decía por pura estupidez que el alemán era un idioma fuerte; podía comprobarlo en la poesía si quería: era suave, fresco, intenso. Recitó en mi oído, pronunciando cada palabra con elegancia. Fue fantástico; ella terminó de recitarlo y se río, como siempre. Aunque no era una risa, sino más bien algo distinto, una sonrisa pícara, con esos colmillos y ese brillo en los ojos que tenía en su mirada penetrante. Donde había algo feliz y triste a la vez.

No despedimos en el bar; Ana solía darme consejos y reprocharme mi inglés rudimentario, descuidos que ponían quizá en peligro mi futuro, etc.; luego sonreía, le gustaba estar conmigo. Puede que fuera un mecanismo de defensa de su personalidad exigente, que a veces yo lograba desarmar. Esa noche decidí que no sufriría, había sido un regalo volver a estar con ella y no pedí nada a cambio. Esa fue la noche que pasamos en el fin del mundo.

A la distancia pienso que ella disfrutaba de mi ingenuidad; buscaba esa dispersión y diversión. Ese quilombo que era yo por ese entonces, unas de sus palabras favoritas del léxico criollo que había asimilado con éxito.

La madrugada en Paternal me devolvió desde el balcón nubes dispersas y blancas, pequeños algodones. La pared celeste de mi habitación tenía una frase de Di Benedetto; no recuerdo qué decía. La miré y me sentí sereno. El sueño sobrevino quizá en el momento justo; la pequeña despedida era un hecho. Pequeña, porque volvería a verla.

Apenas unos meses después estaba de vuelta en Buenos Aires. Enterarme fue una remoción de sentimientos que parecían no extinguidos, pero sí mínimamente superados o soterrados. Falso. Otra vez esa especie de ambivalencia: sentí que descalabraría mi estructura armada durante su ausencia, que mis estudios entrarían nuevamente en un limbo. ¿Pero qué podía hacer? De buenas a primeras quise hacerme el duro, pero esa postura no fue una buena aliada; apenas oí en el teléfono la risa pícara de Ana morí. Quedé desarmado. Listo para encontrarme con ella.

Volví a verla en San Telmo, había alquilado otro lugar, el barrio le seguía fascinando. Me abrió la puerta y sin dudas la reconocí, aunque estaba como españolizada, más gorda, con los labios pintados de rojo y un vestido colorido; era verano. Estaba hermosa. Estás hermosa, le dije. Esa noche me tocaba elegir a mí, quería que la llevara a alguna parte o solo a recorrer la ciudad. Eso hicimos. Y volví a sentir todo lo mismo de nuevo. Por algún motivo Ana parecía más entregada esta vez, tanto que aceptó que fuéramos al departamento de Paternal y tomáramos unos tragos primero en el balcón después en el sommier que decoraba ridículamente el living. Empecé a sentir que sin buscarlo la noche perfecta se acercaba, después de una espera de mucho tiempo. Ese entusiasmo se fue apagando con el correr de las horas, y Ana retrocedió, y hasta se enojó. Como si de pronto volviera a la realidad, dijo que éramos amigos, que no confundiera las cosas. Fue un baldazo de agua fría. Cerca de las once de la noche, todavía temprano, la acompañé a tomar el colectivo para que volviera a San Telmo.

Por unos días mi orgullo me cerró completamente y no quise saber nada con Ana. Actuaba mal, decía ella, en las llamadas telefónicas esporádicas que me hizo en esos días que le siguieron; la castigaba sin motivo: no era su culpa que no estuviera enamorada, que no me correspondiera. Lo entendí a duras penas y recompusimos una relación que se desarrolló extrañamente. Sentí que me buscaba para pasarla bien, para hacer cosas que con otros no podía hacer, pero si bien a ella eso la conformaba y divertía, a mí no, por lo menos no del todo. Tampoco puedo decir que me enojé. Simplemente acepté las reglas del juego con tal de estar con la mujer que me seguía gustando ciegamente. Pero era triste. ¿Cómo se puede estar con la mujer que uno desea a medias, como ella quiere? ¿En calidad de qué, de amigos? El precio era sentir una satisfacción cortada, intermedia.

Nos alejamos un poco hasta que ella tuvo que volver a Alemania. En ese tiempo empezaban a quebrarse algunas cosas en mi vida, la convivencia llegaba a su fin, mi situación económica era mala. Me habían echado del trabajo de modo inesperado, una vez que había pasado el periodo de adaptación y prometía mejorar… Volví a vivir al barrio de donde me había ido dos años antes, y a compartir con dos hermanas un departamento estrecho, como la libertad que se avecinaba.

Pasó un tiempo largo y tumultuoso y quedé solo. En ese departamento el amor no prosperó hasta el momento en que lo dejé, paradójicamente, pero hubo momentos intransferibles que persisten en la memoria mía y de otros. Ana volvió por tercera vez a Buenos Aires, esta vez quedaban esquirlas de ese poderoso fuego que me había producido en el origen. Ya no soñaba amarla, lo que se entiende por eso, que incluye el sexo, sino verla como una amiga de la vida. Fue entonces que me escribió diciéndome que estaba en Buenos Aires y quería verme; no podía estar en la ciudad porteña y no verme.

Paraba en Colegiales. Me citó en un restaurante entre coqueto y bohemio que había en una esquina. Cuando llegué estaba sentada en una mesa de afuera, con un vino sobre la mesa, tan radiante como siempre. Esta vez no había que ocultar nada, había pasado el tiempo: alquilaba una habitación con su pareja, no recuerdo si alemana o porteña; sentí celos y envidia. No puedo describir qué tipo de cena fue, con qué me quedé de nuestro encuentro, ni siquiera puedo acordarme de qué hablamos. Habría incluso una historia posterior, porque Ana volvió ese mismo año a Buenos Aires.

Esta cuarta vez no la vi. Triste fue enterarme de su paso y de que decidiera no escribirme, ignorarme fue una daga al corazón casi imperdonable. “¿Y si nos cruzábamos en el subte, en la calle?”, le escribí en un mail. Podía verte, un rato quizás. Me devolvió el correo: estuvo ocupada en su trabajo y no pudo hacerse el tiempo para verme. Yo siempre sin razón que avale mis sentimientos: Había pasado a ser un impedimento, una pérdida de tiempo, una distracción que no podía Ana permitirse. Se lo dije abiertamente, enojado, dolido, en un mail. Ella se sintió descolocada. No había querido herirme, tuvo estas palabras para describir mi enojo, con las cuales no me identifiqué porque Ana lo hizo jugando y yo sentía rencor. “Tenés un alma tanguera”, escribió. Le había querido quitar dramatismo.

Muy cierto es que no puedo cargarla de responsabilidad por lo que yo sentí y ella no sintió, todos pasamos por esa confusión que se traduce luego en una amistad o el olvido de las personas queridas que pasan por la vida de uno. Hay tan poca claridad cuando somos jóvenes, que todo lo demás del tiempo que tenemos en una búsqueda por saber y no hacernos mal sin sentido. Y así y todo, el riesgo de los sentimientos es algo que no puede medirse, es una aventura, lo que queda permanece, en forma de cuerpo o de escritura. Las dos cosas son válidas.

Ana escribió algo cierto: “No te olvido, Andrés, y no olvido el tiempo que pasamos juntos, momentos guardados en el tiempo, no en el olvido. No voy a tardar mucho en volver”. No sólo volvería sino que decidiría, no mucho tiempo más tarde, vivir en Buenos Aires.

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.

 

Aniversario

Cuento

por Martín Kolodny

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Tenías cinco cuando se te cayó un diente por primera vez. Habías estado quejándote los días anteriores. Te dolía y te ponías nerviosa. Yo te decía que ibas a quedar horrible, que no ibas a poder comer porque se te iba a caer la comida por el agujero y vos te morías de risa. Mordías de costado y me mirabas a los ojos cuando le clavabas los dientes a la comida. Era sábado. Te habías despertado a eso de las nueve y me gritaste para pasarte a mi cama. Viniste con tu almohada y te metiste al lado mío. Pegaste tu espalda contra mi pecho -sabías, hace rato, que ahí ibas a caber perfecto por muchos años-, te rodeaste con mi brazo derecho y dormiste un rato más. Yo me quedé mirando hacia la ventana, ancha como casi toda la pared de mi habitación. Por esa ventana y la de tu pieza, cuando tenías seis meses, decidí que esta fuera nuestra casa. Miraba la luz entrar por el postigón metálico. Cuando era chico, en lo de mi mamá, compartíamos habitación con tu tío. Los fines de  semana, siempre me despertaba antes que él. Y me quedaba callado. La ventana de ese cuarto era gigante. El vidrio iba del piso hasta el techo y tenía una persiana de madera que no hacía falta levantar. Con la correa, podías dejar las maderas horizontales para que entrara la luz del día. Yo me despertaba y miraba la ventana. Me gustaba adivinar si afuera estaba nublado o lindo con la persiana cerrada. La luz del día se colaba en la habitación. Por cómo lo hacía, yo sabía los detalles del cielo. Cuando volviste a despertarme, pensaba que aún no había desarrollado esa habilidad en esta casa. Me recordaste que era sábado y me pediste huevos revueltos con queso blanco y un té con leche. Yo debía avisarte cuando todo, incluso mi tostada, mis huevos y mi café, estuviera servido. Siempre te llamaba un rato antes, porque tardabas en salir de mi habitación, ponerte las pantuflas, ir al baño y venir a la mesa con cara de menos mal que todo está listo. Poníamos música, como cuando eras muy chiquita, pero elegíamos los dos, “algo que nos guste a los dos”: listas de Spotify eternas de Virus y Los Abuelos de la Nada. Unos meses antes me habías preguntado qué significaba que “aquí no hay luces de escena y algo en mí no se serena”. De Los Abuelos, preferías las que había compuesto Calamaro, pero que cantaras a los gritos “Lunes por la madrugada”, de Miguel Abuelo, me emocionaba. A la mañana, con tiempo, eras muy segura. Devoraste los huevos, apenas probaste el té, me diste un beso por arriba de la mesa y te fuiste a jugar. Yo seguí sentado. Escuchaba tu voz hacer los diálogos de Barbie y Ken. Se saludaban, se preguntaban qué querían desayunar y planeaban qué harían después. Para ellos también era fin de semana. Yo quería salir. Convinimos que ibas a seguir jugando mientras yo ordenaba. Barbie y Ken cantaban. Desconociste nuestro acuerdo y nos peleamos. No querías vestirte, no querías lavarte los dientes, no querías ir al cine ni a comer al barrio chino. No querías hacer el plan que habías dictado. Te recordé que la película era sobre cuentos de Pescetti, que el barrio chino estaba lleno de chinos. Vos me gritaste y yo te grité más fuerte. Saliste disparada del living para tu habitación. Llorabas. Barbie y Ken se habían callado. Pasó un rato y fui a verte, sin que te dieras cuenta. Estabas acostada en tu cama deshecha, boca abajo. Tenías las pantuflas puestas, con los pies afuera de la cama. Me hacías caso sin darte cuenta. Al rato, con enojo impostado, viniste al living a decirme que bueno, que te vestías y nos íbamos. Amagaste con enojarte de nuevo porque no nos daba el tiempo para ir en bicicleta. Agarraste una muñeca. Arriba de un taxi, apoyaste la cabeza en mi cuerpo y suspiraste. En esa época, sólo querías salir conmigo si venían los abuelos o los tíos.

Te asombraste cuando viste que el cine quedaba arriba de un supermercado. Se entraba por el supermercado, por unas escaleras mecánicas al costado de las cajas registradoras. Me dijiste que podíamos comprar lavandina y galletitas para ver la película y te reíste. En la sala, éramos los únicos. Te dije que podíamos sentarnos un rato en cada asiento hasta apoyar el culo en todos las butacas y te reíste de nuevo. Te había comprado pochoclo. Te preocupaste porque dieron trailers en inglés, pero me creíste que las películas para chicos son en castellano y estuviste casi dos horas en silencio. No eran dibujos animados. Casi todos los actores y actrices eran nenes y nenas. Nada te dio miedo, ese miedo que te daban las escenas de incertidumbre en las que las misiones de los buenos se ven amenazadas por los malos. Sólo hablaste para sacarme la mano de la bolsa de pochoclo. Saliste contenta, aunque en el hall, de la nada, me aclaraste que no irías a hacer pis. Debías haberlo visto en mi cara: yo me estaba meando, pero la ciudad no está preparada para que un papá que pasea con su hija haga pis. Bajamos al barrio chino. Me dabas la mano, aunque no tuviéramos que cruzar la calle. Desde arriba, te veía el pelo, anudado con la colita que me dejaste hacerte a las apuradas antes de subirnos al taxi, y el flequillo -vos discutías a muerte con cualquiera que el flequillo no era pelo- corrido con una hebilla. Me preguntaste cómo sabía que estábamos en el barrio chino. Comimos en la calle, con las camperas desabrochadas, al sol, en un banco sobre Arribeños. Te comiste un tubo de sushi de salmón con la mano. Casi entero, sin cortar, y probaste un pedazo de una de los panes rellenos de cerdo que elegí yo. Compramos un gato dorado a pilas, de esos que saludan infinitamente con una de sus manos y caminamos a tomar el colectivo. Me pediste ver Netflix hasta que viniera a buscarte tu mamá. Apenas entramos, ella avisó que vendría un poco más tarde. Ya sabía que iba a ser imposible sacarte de mi cama, de enfrente de la tele. Quisiste merendar leche y Pepitos. Gritaste. Yo ordenaba en la cocina. Tus pasos retumbaron sobre la madera cuando bajaste de la cama. Llorabas y te reías. Yo lavaba las cosas del desayuno. Traías el diente en la mano. Lloraste fuerte cuando te tiraste en mis brazos. Dijiste que te sangraba, que llorabas porque te sangraba. Te llevé a upa hasta el baño. Te hiciste buches y se te pasó el llanto. Y empezaste a reírte. Estabas tentada. Yo también me tenté. Me pediste que te sacara una foto de la boca agujereada y otra del diente. Se las mandamos al abuelo, a las abuelas, a los tíos y las tías. Llamaste a tu mamá y te reíste porque el diente se te cayó estando conmigo. La primera vez que había llorado delante tuyo había sid dándote de comer, en casa. Todavía usabas silla alta y babero. Hubo muchas más. Los fines de semana, escuchando música a la mañana, decías “ay papá” cuando sentías ese ruido inequívoco de mi respiración, del que luego sólo puede venir llanto. Me trajiste el celular. Me viste llorar y me abrazaste. Cuando tu mamá tocó el timbre, ya estabas lista hace rato. No me dejaste ni contestar el portero eléctrico. Cruzamos el pasillo largo que da a la puerta de calle y te vi abrazarla y meterte en el auto. Cuando ya estabas adentro, y tu mamá me decía chau con un beso, me dijo que qué loco, que tu primer diente se había caído el día en que se cumplían once años de que ella y yo nos habíamos conocido.  

 

Martín Kolodny es periodista, docente y productor. Pero, esencialmente, es redactor. Nació en la Ciudad de Buenos Aires restablecida la democracia y tuvo la suerte de crecer en una familia que lo cuidó. Cuando logra hacer más de lo que piensa, es más feliz. En Twitter es @martinkolo.

Sin esperar nada

Cuento 

por Griselda García 

 

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Había llegado a la madrugada con el fastidio de haber estado todo el día encerrada en la pieza. La luz de la calle caía en el empedrado que la multiplicaba en mil matices de lluvia. Habían dado el alerta meteorológico y el agua se estaba preparando para soltar toda la furia.

Traverso se armaba un cigarro con un aparatito parecido a una alfombra sin fin. De vez en cuando detenía la tarea y sorbía el mate ya frío. Yo seguía con ginebra y cada tanto, por no despreciar, le aceptaba un amargo. Cuando venían otros no les servía nada, sólo a él. Cada vez menos, pero venía desde hacía mucho. Algo quedaba rebotando en su cabeza. Parecía que no pensaba pero sí. Algo pasaba ahí adentro.

Yo me sacaba los pelos de las cejas. Siempre con la pincita. Tenía seis dando vueltas. Si al salir me la olvidaba tenía que conseguir una sí o sí. Era un pasatiempo. El espejito, en cambio, estaba siempre. Alguna vez había sido dorado, con un cierre de broche que hacía un clic de intimidad. Ahora estaba grasiento de años de cosméticos baratos.

—Yo te lo hago debutar, no hay problema.

—¿Cuándo te lo traigo? Favor por favor.

—Gratis no. Te hago precio. Por los viejos tiempos —dije. Lo escuchaba sin dejar la pincita.

—No seás yegua.

—Si no que vaya con otra. Pero un buen negocio dos veces no lo hacés. Pensalo.

Dejó extinguir el pucho y se acomodó en el catre, que chirrió. El hijo tenía una noviecita y no quería quedar mal. Que pagara como todos. La primera mujer hay que pagarla del propio bolsillo. Era su deber de padre transmitírselo.

A Traverso lo recibía los viernes a la noche. Venía a eyacular una semana de presiones, se sacaba el asco conmigo. Una vez se enteró que le di su hora a otro y casi más me desfigura la cara. Los viernes son míos, Nancy. Eso dijo. Cada viernes me llenaba el departamento de botellas que, una vez vacías, formaban una pared de cristal. Aparecía cargado de bolsas de mercado con papas fritas, aceitunas, queso y galletas. A mí al principio esa rutina que trataba de establecer me daba ternura. Luego me pareció una estupidez. En el último tiempo, los quesos eran dos o tres distintos, las aceitunas, rellenas y la cerveza había cedido su lugar al vino.

Mucho después, la vida seguía y yo la dejaba pasar como una película muda. Me quedaba toda la mañana en la cama. Recordaba otras épocas de carencia, las comparaba con el presente. Casi siempre lograba sentirme muchísimo peor y lloraba hasta que los párpados se me hinchaban. En un momento tomaba el espejito, me miraba y decidía parar. Agarraba dos hielos envueltos en un trapo y los dejaba derretirse sobre mis ojos. La ginebra bajaba su nivel. Al principio él me decía: pará un poco. Después, se llamó a silencio.

Sonó un trueno. Traverso se armó otro cigarro y lo apoyó sobre el cenicero de lata. Se larga en cualquier momento, dijo y puteó: no encontraba los fósforos. Fue hasta la cocina. A veces hacía una mecha de papel, lo acercaba al calefón y encendía el cigarro con eso. Lo escuché rebuscando entre diarios apilados. Nancy, Nancy, decía, sin fuerza. Yo hacía equilibrio con la silla.

Se oyeron unos tiros hacia el lado del río. Pronto sonaría una sirena y al rato la nada. Así era siempre. Cerca del amanecer la luz teñía con timidez el contorno de los edificios y ni bien una se distraía, el sol aparecía naranja como un tigre. Ya empezaba a clarear. Traverso me pasó un mate.

 —¿Vino Soares? —preguntó.

—Hace rato que no pasa.

—A lo mejor no necesita, ya.

—Si vinieran sólo los que necesitan…

—No te pasés de viva conmigo.

Cuando empezaba a amanecer se ponía nervioso. Un día, más por mimarlo que por convicción, lo invité a quedarse. Al mediodía te amaso unos tallarines, le dije. Se largó a llorar como un chico. Quise armarle un cigarrillo pero se me cayó el tabaco y lloró peor. Vení, abrazame, Nancy, abrazame. Me senté atrás de él en la cama y lo acuné como a un hijo ingrato. No dijo nada, esa vez ni después. Empezó a tranquilizarse y el llanto se desvaneció. Se secó los mocos con la sábana y me dio un beso en la frente. Fue la única vez que me besó.

A veces, durante la semana, pensaba en él. Trataba de recordar su voz, su mirada. Pero no podía. Eran tantos que me confundía. A veces era la boca de Eugenio y la barba de Rubén; otras, la espalda ancha y un poco peluda de Ernesto, o los pies feúchos de Osvaldo. Se mezclaban. La estera de yute, tosca pero útil, había recibido zapatos, alpargatas y mocasines de distintas modas.

—Te pregunté si lo viste a Soares.

—Parala con Soares. Con el nene qué vas a hacer.

—Ya te dije, te lo traigo en la semana. No seás bestia, es chico.

—¿Cuándo te fallé?

—Tenés razón —dijo sonriendo.

Me apartó un mechón de pelo y me miró como se mira a un perro viejo. Se puso de pie. Era la hora.

—Será hasta el viernes —dijo.

—Hasta el viernes.

Dejó la puerta entornada y oí al perro de la vecina. Ladraba al escuchar pasos. Sonó el silbato del vendedor de rasquetas desde su bicicleta. Cada tanto traía figacitas de manteca. Yo le compraba para el mate. Esa vez ni ganas de bajar tenía. La luz había llegado con la fuerza de una verdad que hubiera preferido no conocer. Iba a dejar pasar la mañana sin moverme, mirando las paredes de la pieza y tanteando en la mesa de noche el vaso de plástico lleno o vacío de ginebra. Iba a dejar pasar la mañana sin esperar nada.

 

 

 

Griselda García (Buenos Aires, 1979) es escritora y editora. Estudió Diseño de Imagen y Sonido y Letras (UBA). Publicó los siguientes libros: Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009), Hallucinations in the Alfalfa and other poems (traductor: Hugh Hazelton, Wolsak y Wynn, Canadá, 2010), La madre del universo, (relatos, 2012), Mi pequeño acto privado (2015), Ahora (2016) y Bouquet Garní + SPAM (2017). Se dedica al dictado de talleres de escritura creativa y al seguimiento de obras literarias en progreso. Se desempeñó como editora en La carta de Oliver y Ediciones Del Dock. En la actualidad dirige GG, editorial de narrativa y poesía.

 

 

 

El profesor Campos

Cuento

por Nicolás Pose

 

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El profesor Campos se quedó unos minutos pensando al ver que los alumnos, desinteresados de la evaluación, tomaban los celulares y los palpaban como si fueran objetos mágicos. Él tenía en las manos un libro y le pasó lo que nunca hubiera pensado que iba a suceder, porque por primera vez en su vida, se sintió solo, desubicado, como si ese libro que sostenía, en ese momento, lo hiciera sentir absurdo. Pero el profesor Campos no lo entendía, no podía, cómo, ahora, por primera vez, podía sentirse tan ridículo, sólo por el hecho de leer. Es culpa de los libros, fue lo primero que pensó. Todo es culpa de estos libros de mierda que además de darme cierto placer, algún conocimiento nuevo de vez en cuando, después de eso, no han servido para nada, para una mierda. ¿No alquilo un departamento de dos ambientes donde ni siquiera tengo un dormitorio para mi mujer y para mí por haber leído toda la vida en vez de haber hecho otra cosa? ¿No sería distinto el grosor de la billetera si nunca hubiera leído todos esos libros? Recordó todo el tiempo que había perdido deslizando los dedos por tanto, tanto papel, donde se mezclaban frases y frases y frases, y millones de letras, que combinadas, le habían entregado palabras que originaban en conjunto historias, historias que no le generaban dinero, que era lo que quería ahora. Fechas, hipótesis, nombres de autores, teorías, movimientos de vanguardia, y todo lo que antes le causara placer; ahora, en cambio, sólo podía ver encima de esa tapa que miraba concentrado, un destino de papel, un papel que no lo ayudaba en lo más mínimo, a lo sumo en una emergencia a limpiarse el culo. Y todos usaban el celular como si éste contuviera todo el tiempo que él había desechado en papeles. Tenía tanto papel en su casa que ya no sabía donde meterlo, y eso, que las paredes de su casa no estaban empapeladas como lo hacían antes sus abuelos o sus padres.  Para colmo, hoy en día, toda la gente vivía en ambientes reducidos, reductos, y sólo podían guardar lo necesario y nada más. No era una época para andar guardando o portar papeles. El papel sólo servía para limpiarse el culo y punto. Y el diario servía para limpiarse el culo también. Es por eso que estaba desubicado, el papel lo descompaginaba del momento que todos vivían, lo ponía afuera, como un gaucho dentro de un Farmacity.

Campos arrojó con violencia el libro sobre el escritorio y, por el ruido, los alumnos, asustados, olvidaron sus celulares por un momento y lo miraron. Pero él, ensimismado, con la vista  sobre la ventana del aula, parecía estar del otro lado del salón. Reaccionó y les dijo que se concentraran y siguieran con las evaluaciones.

Hacía años que Campos era docente y diecisiete desde que había comenzado la carrera de Letras en la Universidad. Era imposible olvidar los enormes bodoques de fotocopias que debía leer para dar los finales obligatorios de la mayoría de materias cursadas; y recordaba el interminable trámite molesto en el lugar donde devastaban a los autores con el tráfico de fotocopias que fluía libremente en la universidad y el centro de estudiantes monopolizando las fotocopiadoras obtenía jugosas regalías para luego irse a tomar cervezas. El trámite era molesto. Consistía en sacar un numerito de papel como si fuera el viejo ANSES y tal vez esperar una hora o más, o mejor era dejar una seña para que las copias te las entregaran al otro día, y qué molesto era el verano que estaba recordando, justo ahora, porque haría unos 35 grados, y dentro del centro de estudiantes fotocopiador de libros, ideas e ideologías, hacía 40 seguramente, entre el humo de cigarrillo, algún porro y el aliento de todos los que estaban ahí sumados a la falta de ventanas y de ventilación del lugar. Opresivo. Recordó el olor denso, irrespirable que salía de ese lugar, un aroma zoológico que representaba a estudiantes que esperaban en esa sala que provenían en su mayoría de la capital y el conurbano bonaerense.

Campos dijo que faltaban cinco minutos para que entregaran las evaluaciones. Escuchó algunos ruegos. Un poco  más de tiempo, por favor, profe. Campos no respondió. Continuó en lo que estaba, haciéndose el distraído, mientras miraba a un alumno morocho, flaquito, de pelo enrulado, que había estado prácticamente en la misma posición desde que había comenzado el examen.

-Ramírez, ¿qué le pasa? ¿Se siente bien?

El alumno no respondía. Hundió, lento, la cabeza, apoyó la frente contra la madera del pupitre, y dejó los brazos flojos, colgantes. Campos, preocupado, se levantó y fue hasta donde estaba Ramírez en esa posición de animal herido. Entonces le hizo las preguntas de rigor, las preguntas del protocolo que requieren los alumnos de escuelas públicas de todo el país: ¿comió algo, desayunó, tiene algún problema familiar, se siente bien, me quiere contar algo después de clase? Si quiere puede retirarse e ir a conversar con la psicóloga. Ramírez, le estoy hablando. ¡Ramírez!      También puede ir a hablar con la preceptora si quiere, o puede decirle a alguno de sus compañeros que lo acompañe al baño.

Pero Ramirez seguía en la misma posición y tenía los ojos cerrados, lo que daba temor a Campos. Finalmente, dirigiéndose a otro alumno que ya había finalizado la evaluación le dijo que fuera a buscar a Beatriz, la preceptora.

Una vez que hubo llegado, la preceptora, perpleja, miró a Ramírez y luego al resto del curso. Se acercó a él y le preguntó si estaba bien pero Ramirez continuaba inmóvil. Luego posó la mano en el pelo del alumno pero inmediatamente la retiró cuando otros alumnos empezaron a burlarse. Campos se acercó, enfurecido y le dijo a otro alumno que le pegara un cachetazo en la cabeza para ver si Ramírez despertaba. El alumno elegido, llamado Facundo, y apodado por todos como “Tuca”, le pegó tremendo cachetazo a Ramírez, y éste gimió, desfigurando la cara de la preceptora. Pero había funcionado, Ramírez estaba despierto y ahora se iba al baño con otro alumno. La preceptora lo miró mal a Campos y éste ni se mosqueó, continuó en su mundo de papeles perdidos.

 

 

Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Estudió  letras en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el primer premio de narrativa en el VIII Certamen internacional de Poesía y Narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos y fue finalista en el III concurso de narrativa Eugenio Cambaceres(2012) organizado por la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Publicó el libro de cuentos La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y, en colaboración con Juan Pablo Bertazza, Manuel Pose y César Rexach los ensayos de Libres del Libro (UAI, 2017). También ha escrito textos literarios, críticas y reseñas en diversos medios culturales como El interpretadorNo retornable, la revista Siamesa y MALBA Cine. Por una cabeza, su primera novela, se publicó este año.

“Segunda parte”, por Nicolás Villarino

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Desde la casa que alquilo en Flores, ya adulto, ya independiente, a veces sueño que tengo que volver a Banfield. Que se está haciendo de noche y mamá me espera, Papá se fue hace dos horas, tengo que hacer el relevo, y en el sueño, engañado por una dimensión onírica palpitante, que parece esforzarse por ser verdad, me apuro para llegar porque no sé cómo va a ser el estado de cosas en Banfield. Llego y encuentro a Mamá en la cama, pero no acostada llorando, sino sentada apoyada en el respaldo, con una buena postura, para nada encorvada, de buen humor, con ganas de charlar. Me recibe, me abraza, me habla. Puede hablarme bien, las palabras le salen claras. Saca temas, quiere que cuente cosas, me pregunta cómo me fue en la facultad, dice que no estudie tanto, que viva más la vida, pero igual pregunta si me dieron la nota de la materia que rendí la semana pasada, dice la palabra “parcial”, conoce la instancia específica de evaluación, cosa que me sorprende. “Sí, Má, me la dieron, un ocho me saqué”.  “¡Muy bien Tomás!”. Siempre dice que soy “el diez”, pero ahora no me responde con números, sonríe como ya no me acordaba que podía sonreír.

“¿Comiste Mamá?”, le pregunto, porque aunque me deje llevar me doy cuenta de que no hay que bajar la guardia, hay que asegurarse de lo más importante. “Sí, comí una tarta de atún que hice y quedó la mitad, muy rica por si querés probar” ¡Qué increíble! me encanta, a ella nunca le gustó cocinar, fue una ama de casa sin hacer nada de lo que hacen las amas de casa. También hay jamón crudo con melón, que compró Daniel, no entiendo para qué hizo una tarta si Daniel le compró melón con jamón, que es su comida preferida, que Papá compraba cuando cobraba o más bien cuando hacía una plata importante, porque era más bien un lujo que se permitía traernos. Voy a la heladera y veo el jamón bien rojo, casi sin grasa, es un jamón especial y las porciones de torta altísimas, con muchos colores adentro, le habrá costado trabajo hacerla, pienso. Es una noche completa, siento que estamos de fiesta, no tengo que salir a llamarlo a Papá para que venga, hoy ya estuvo y Mamá no lo necesita.

Vuelvo al cuarto y la abrazo, es extraño sentirse así de aliviado en Banfield, como si no faltara nada, como si nos pudiéramos dar el lujo de disfrutar estar juntos, y en ese momento, el de sensación de felicidad, me despierto. Esa sensación, igual, me dura, me quedo en la cama unos minutos, suspendido, agradeciéndole a mi subconciente. No se me ocurre agarrar el teléfono para scrollear nada. Puedo hacerlo, además, porque es sábado, no tengo que saltar a la ducha para no llegar tarde al trabajo. Tengo que estudiar un poco –seguir insistiendo–, ordenar un poco la casa y después ir a ver a mi vieja a la clínica. Eso, por suerte va a ser dentro de un par de horas. Si tuviera que ir ahora el contraste sería muy fuerte, iría inconcientemente sobresaltado, expectante, y ella me esperaría como siempre y me impactaría no notar un avance aunque sea, sólo por haber soñado un pasado mejor mientras dormía tranquilo en el departamento que alquilo en Flores.

Voy mucho más temprano que siempre, la hora de visita es de tres a seis de la tarde, siempre llego a eso de las cinco, pero esta vez voy al mediodía. Vamos a ir a comer afuera por su cumpleaños, que fue el miércoles. Nunca fuimos a comer afuera desde que está en la clínica, hace cinco años. Lo que sí hicimos un par de veces fue ir a tomar helado, hasta que se pone nerviosa y se quiere volver.  En la semana había llamado a la psiquiatra que tiene de tutora para avisarle, me dijo que era una buena idea, que se pondría contenta y que le haría bien salir un poco, “a ver si se anima porque ella no quiere salir ni al patio y tampoco interactúa con nadie”se encargó de recordarme. Ayer la llamé a Mamá para avisarle que esté preparada, le dije que íbamos a comer lo que ella quisiera para festejar su cumpleaños y que era para hacer algo diferente y disfrutar. “Bueno” me devolvió, hubo un silencio, y volvió a hablar: “Bueno chau Tomás, te quiero mucho”.

Cuando la enfermera la trajo y vi su cara me di cuenta que no estaba cómoda con la propuesta, que la salida la había puesto muy nerviosa.

–¿Dónde vamos a ir? –me preguntó con la mirada adormecida de las pastillas.

Le dije que íbamos a la pizzería de la esquina, era un día de cielo azul y sol radiante, hace algunos días habíamos entrado en verano. Me dijo que no quería comer pizza, que quería comer ravioles, así que tuve que pensar en otro lugar. El restaurante más cerca queda a seis cuadras, y con la silla de ruedas, las veredas rotas y su miedo a lo que estaba pasando no me parecía una buena opción. Nunca había entrado a un restaurante con mi mamá, siendo el adulto responsable de ella. ¿Qué iba a hacer si se ponía muy nerviosa y se quería ir apenas habíamos pedido la comida? Pensé que todo esto era un capricho mío. Que mi vieja había aceptado la propuesta para darme el gusto o más bien porque no lo pudo pensar en el momento en que se lo dije, no había tenido posibilidad de pensarlo hasta que la saqué de la clínica, que hoy es su casa, ya no estamos en Banfield, el lugar donde está acostumbrada a estar, día a día, sin interrupciones, es la clínica de Ramos Mejía. Pensé que tendría que haber ido en el horario de visita, preguntarle qué había comido, contarle cómo lo vio a Daniel en la semana, decirle los números de la quiniela, el único entretenimiento en el que insiste en ser fanática. Pero estábamos ahí y algo teníamos que hacer, seguimos una cuadra más hasta que apareció una fábrica de pastas que parecía puesta para nosotros y entré y pregunté si vendían ravioles hechos. Me dijeron que no solían hacer, les pedí que por favor lo consideraran, porque había salido con mi mamá y quería comer ravioles. Detrás del mostrador, el vendedor se me quedó mirando sin entender, al principio parecía molesto, hasta que vio la silla de ruedas en la vereda y cambió a un gesto compasivo.

¿Ravioles de qué te hago?

–De Ricota, con manteca y queso –Mamá no come salsa porque dice que le cae mal y tampoco crema porque dice que engorda–Ah y también unos ñoquis a la bolognesa.

–Bueno, en veinte minutitos pasalos a buscar que están listos.

Volví triunfante y agarré el mando de la silla nuevamente, le agradecí  a una señora que se quedó al lado de ella: -“Le pregunté si estaba sola y me dijo que estaba con el hijo, pero me dio cosa. ¿Vos sos el hijo?. Sí señora, gracias.”

Dice que está gorda y es cierto, cuando trabajaba de gestora en la Municipalidad de Lomas le decían “la flaca” y eso lo guarda como un tesoro, como una referencia de identidad y como alguien que supo ser para Daniel, para conquistarlo. Ahora, sentada en la silla, no puede sentirse orgullosa como antes de la figura que no tiene, pero sí da órdenes, y cuando se pasa y le quiero bajar los humos la molesto con que es la reina, porque a veces parece que manda desde un trono. Conmigo ya sabe que lo de los pedidos desmedidos no funciona mucho, pero con Daniel sí: desde ese lugar de incapacidad es el motor para que un hombre que ya tiene unos cuantos años se tome un colectivo, un tren y otro colectivo para verla y darle besos, porque el suyo es un amor de años pero bien vigente, donde los besos siguen corriendo con entusiasmo.

Me puse a pensar en lugares en la calle para comer pastas. La plaza más cercana quedaba a doce cuadras, así que se me ocurrió que en la heladería nos podían dejar si después pedíamos helado. Fuimos con mamá a la heladería donde ya nos conocían, pregunté y me dijeron que no había ningún problema, podíamos comer el helado de postre. Nos sentamos, teníamos que esperar igual los veinte minutos de cocción de la comida.

–¿Te gustó salir, Má?

–No.

Lo dijo rotundamente y sufriendo, con la mirada perdida primero y mirándome fijo después, como si le hiciera falta asegurarse que recibí su sinceridad clara. Me pidió un tranquilizante y le di un placebo que tomó con Coca Cola. Sentí ganas de llorar, pero antes de que empiece a querer salir una lágrima, agarré el celular y sin tiempo a encontrar nada le lancé:

–Anoche salieron el 55, el 20 y el 25

–La gallina salió, la puta que la parió.

Siempre que le invento números a mamá me falta creatividad, repito algún dígito o digo dos o tres cifras muy cercanas, como si hubieran acotado el bolillero, dudo y después me río; ella se da cuenta siempre de que le estoy diciendo cualquier cosa, y me lo dice como en un espasmo de risa que le sale. Esta vez no me reí al final y como había sacado el teléfono y podía apoyarme en él como fuente para sacar los números de la lotería, me creyó. Después me dijo que María, la vecina de Banfield del lado que nos llevábamos mal, le gritaba a la noche, que por favor la llame y le diga que se deje de joder. Le dije que la iba a llamar. Me pregunto por Cami, y le dije que estaba en danza, que nos íbamos a ver a la noche, a lo mejor íbamos al cine. Me dijo que papá le contó que había ido al neurólogo y le había dado más pastillas:

–Anda mal, pobre Daniel. ¿Qué hago si le pasa algo?

Nunca me lo había preguntado tan preocupada. Para ella, Daniel es inmortal, y no sólo inmortal sino que es su amor y su héroe, como si estos tiempos de vivir obligatoriamente separados hubieran borrado los tiempos de todas las decisiones que tomaron o pudieron tomar juntos.

–Seguiremos juntos, Má.

Me agarró la mano y me la apretó fuerte, ahora sus ojos estaban más calmos.

–El domingo que viene voy a ir a Banfield, ¿viste que estoy yendo a buscar las cosas nuestras que quedaron en casa? ¿Querés que te traiga algo de allá?

–Trae el barco

El barco es el barco pirata de Playmobil. Una tarde me lo trajo. Hubo un tiempo que duró menos de un año que mamá trabajaba bastante y siempre que volvía del trabajo y sentía la puerta saltaba de la cama y casi increpándola le gritaba y me colgaba de ella: “¿qué me trajiste?”. Esa vez fue una sorpresa grande, me costó creer que un solo regalo pudiera ser tan importante. Ella siempre estuvo orgullosa de regalarme el barco. No sé si por el tamaño, por lo que había gastado o por qué. Jugué con él unos días y después lo dejé en lo más alto del mueble de las enciclopedias y los mejores muñecos para exhibir, y hasta hoy está ahí. Hasta que lo vaya a buscar.

–Má, ¿querés ver videos de gatitos o perritos?

–De perritos.

Busqué en Youtube “perritos videos graciosos” y le mostré el primer video que aparecía. Se río, nos reímos. Un poco de alivio. Valió la pena todo esto entonces. ¿Cómo no se me había ocurrido antes lo de los perritos? Si a ella siempre le gustaron. Nunca tuvimos uno porque ella decía que se había encariñado mucho con uno policía que se lo mataron. Se llamaba Rufo. Pero siempre que se cruzaba a los perros de los vecinos de Banfield, las pocas veces que salía, les dejaba una caricia en el lomo.

Se hizo el tiempo de las pastas y las fui a buscar. Ella comió todos los ravioles, uno a uno, casi sin parar un segundo. Yo no terminé los ñoquis a la bolognesa. Después pedí el helado. Estábamos los dos más tranquilos.

Salimos de la heladería y dimos un par de vueltas por el barrio hasta que se puso nerviosa otra vez y volvimos a la clínica. Antes de llegar a la puerta nos encontramos con una enfermera que terminaba su turno.

–Fuimos a comer ravioles y helado –le dijo con una sonrisa de toda la cara, agarrándola del brazo, ya sintiéndose en su territorio.

La mayoría de las enfermeras se llevan bien con ella, saben que tiene un carácter difícil, entonces la retan bastante, pero siempre terminan cediendo a los pedidos que hace, es la única a la que le compran caramelos cuando se le acaban los que le damos. Los compañeros la respetan, a ella parece no interesarle tener amigos ahí, pero sí que no se metan con ella. Cuando papá lleva sandwichs de miga, ella dirige a quién convidarle y a quién no. Si un compañero no le hizo un favor en la semana y se acerca para que le convide, ella le recuerda: “vos salí que no te voy a dar. No tiene ningún problema en pelearse. Lo mismo con los caramelos, que son el bien más preciado, no le da ninguno a nadie. Yo siempre me guardo uno para darle a Jorge, un compañero que me pide con mucho cuidado, sin que ella lo vea. Jorge ya entiende, pasa por atrás, chocamos las manos y se lo lleva. Mamá nunca vio que hacemos eso.

 

 

Nicolás Villarino (1988, Buenos Aires) Se crió en Banfield y a los dieciocho años se mudó a Capital. Es Licenciado en administración y estudia Letras en UBA. Hace taller literario con Juan Sklar desde 2016. Su color preferido es el verde agua. Este texto forma parte de un proyecto literario que está en proceso.

“Un trescientos”, por Karina Boiola

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Para Maxi, por todas las ficciones

que vivimos juntos

 

 

Era el último día de un mes invernal en la ciudad de Buenos Aires.

Ya por la noche, Diana volvió a su casa, después de pasar varias horas en la facultad. Estaba bastante desanimada. El motivo de ese desánimo puede resultarle conocido a cualquiera que estudie, digamos, una carrera de humanidades en ciertas circunstancias específicas, a cierta altura de su vida. A su desánimo se le sumaba, además, el desconcierto de haber recibido en su trabajo (un trabajo aburrido y mal pago) una extraña llamada telefónica.

La casa de Diana era un departamento de esos tantos que hay en la ciudad: dos ambientes, cocina pequeña, baño un tanto destartalado con rastros de humedad en las paredes, ascensor pequeño por el que hay que batallar con los vecinos para subir primero. Ese día, Diana había perdido la batalla y subió los ocho pisos por escalera. Abrió la puerta de su casa, se sentó en el sillón y prendió la tele. Haciendo zapping pensó que ya no le quedaban energías para agarrar algún libro de los tantos que se acumulaban, sin leer, en su biblioteca. En su teléfono googleó “Global corp”. El nombre le había quedado resonando en la cabeza, porque era extraño que alguien mencionara algo así en una de las tantas llamadas que recibía por día. Era una ONG norteamericana, pero no había demasiada información al respecto.

Un rato más tarde fue a la cocina para hacerse un té. Abrió la hornalla y acercó el encendedor. Nada. Probó de nuevo. Nada. Verificó que la llave de gas estuviera abierta. Nada. Salió al pasillo. El ascensor estaba en su piso. Abrió la puerta y, pegado al espejo, vio el funesto cartelito: “El servicio de gas fue cortado preventivamente a causa de una fuga”. Cerró la puerta, enojada, y volvió a su departamento.

Al día siguiente, Diana se levantó temprano, como todos los días, para ir a trabajar. No tuvo que esperar demasiado el ascensor. En el hall de entrada vio a Richard, el encargado. Le preguntó por el gas. Richard le dijo que no se hiciera problema: el año pasado la empresa había reestablecido el servicio luego de un corte largo y ahora el edificio estaba en regla; el motivo del corte actual era porque había habido cierto “cortocircuito” entre la cuadrilla que cortó el gas inicialmente y aquella que lo había reestablecido, pero que iba a volver pronto. Diana no terminó de entender cabalmente esa razón que para Richard era natural. Se fue a trabajar.

Ya en su trabajo, Diana se puso el headset y comenzó a atender llamadas en inglés. Era un call center que brindaba soporte técnico para una empresa norteamericana, una de las tantas que, debido a los bajos costos laborales del tercer mundo, había decidido tercerizar el servicio. A la séptima quiso descansar y dejó los auriculares sobre el escritorio. Su supervisor, Jony, le gritó que se pusiera en auto in. Diana volvió al ruedo: le tocó una señora sureña (luego de cuatro años, podía imaginar quién estaba del otro lado solo por su acento) que decía que la computadora no prendía. Please, m’am, check if the power cable on both sides of the CPU (the black box underneath the monitor) is properly plugged in, dijo Diana. La señora se indignó un poco: I have already checked that, I need a replacement! Diana le respondió: Please, m’am, we have to follow the troubleshooting procedure. Could you please check the cables once more? La sureña respondió: I want to speak with an American, I can hardly understand you! Oh, wait! The cable was unplugged! Y cortó.

La semana siguiente, Diana se levantó temprano, como todos los días, para ir a trabajar. Dormida, fue al baño y presionó el interruptor de la luz. Nada. Salió al pasillo y vio que las luces de emergencia estaban prendidas. A tientas se bañó en la oscuridad y bajó los ocho pisos por escalera. En el hall de entrada vio a Richard. Le preguntó por la luz y, de paso, si había novedades del gas. Richard le dijo que había saltado un generador debido a una sobrecarga en la línea del edificio (todos los vecinos habían comenzado a usar demasiados artefactos eléctricos por la falta de gas), pero que probablemente la luz volvería en unas horas. Del gas, dijo Richard, nada todavía. Y agregó: “Esto va para largo”. Diana se sorprendió porque apenas una semana antes él le había comentado que el gas volvería pronto. Al salir, el anciano que vivía en la entrada del edificio contiguo la saludó. Diana pensó, al pasar, que ese viejito siempre estaba ahí pero que nunca había hablado con ella.

Ya en su trabajo, Diana se puso el headset y atendió una llamada. Un señor que decía que la impresora no andaba. Printer offline, it says. Diana le explicó que debían reinstalar los drivers de la impresora. Le indicó que pusiera el CD que venía con la impresora en la lectora del CPU. El señor dijo: it ain’t doing anything. Luego de muchas idas y vueltas, Diana se percató de que el señor había puesto el CD en la ranura de la impresora.

Al volver del trabajo, se encontró con Richard. El encargado le dijo que el inspector de la empresa de gas pasaría esa semana por cada departamento para verificar si estaban en regla. Richard le dijo que se despreocupara porque su casa estaba bien (todos los departamentos de su piso estaban en regla, le dijo). Pero que el inspector pasaría temprano y no se sabía bien qué día. Diana le comentó que no podía faltar al trabajo. Richard le dijo que le dejara las llaves de su departamento y que él lo recibiría. Al día siguiente, Diana le dejó a Richard sus llaves y se fue a trabajar. Al pasar, el anciano que vivía en la puerta de al lado de su edificio le dijo algo que no entendió. Por las dudas, Diana le devolvió el saludo y siguió caminando.

Ya en su trabajo, Diana se puso el headset y atendió una llamada. Era una chica que le decía que el glass holder de su computadora se había roto. Diana se sorprendió. Glass holder? The CPU does not have any glass holder!, le dijo. La chica respondió que ella apretaba un botón y el glass holder salía del CPU. Diana se dio cuenta de que la chica estaba apoyando sus vasos de café en la lectora de cds del CPU y le explicó, amablemente, que eso no era un apoya vasos y que dejara de hacer eso.

Algunos días después, todavía no había noticias del inspector de la empresa de gas. Una mañana, Richard le dijo que seguramente el inspector pasaría ese día y que, por las dudas, le dejara un trescientos por si había que convencerlo. Richard le explicó que los inspectores son muy quisquillosos y que a veces no habilitan el servicio por detalles. Le dijo que él tenía experiencia en el tema y que con un trescientos podía arreglar la situación. Diana sacó su billetera. Por suerte, tenía quinientos pesos (no solía llevar efectivo encima). Le dejó un trescientos a Richard y se fue a trabajar. El anciano del edificio de al lado no estaba, tampoco sus cosas. Diana se preguntó qué le habría pasado y siguió caminando.

Al volver del trabajo, se encontró con Richard. Tenía esperanzas de que ese día ya tendría gas nuevamente. El encargado le dijo: “No hubo caso. Intenté convencerlo de todas las maneras posibles, pero tenés que hacer varios arreglos para que te habiliten el servicio”. Diana le pidió, indignada, sus trescientos pesos. En su casa, llamó a la dueña del departamento. Le informó que el corte de gas duraría mucho tiempo y le pidió que le comprara una ducha eléctrica. La dueña le dijo que no era su obligación comprarle una ducha y que no podía hacerse cargo de todos los gastos que a ella le surgieran. Diana le recordó que ella había alquilado el departamento con gas y que sí era su obligación hacerse cargo de la situación. La dueña aceptó, a regañadientes. Diana pensó que todos los dueños eran iguales.

Se sentó en el sillón y agarró una pila de apuntes fotocopiados. Pronto tendría parciales. Trató de concentrarse en la lectura, pero hacía frío. Se acordó de global corp y de la extraña llamada que había recibido en el trabajo, el día que cortaron el gas. Volvió a buscar información en internet. En algún post de Twitter leyó que se trataba de una ONG que invertía dinero en la búsqueda de vida extraterrestre. A Diana le causó gracia la idea. En las redes pululaban ese tipo de teorías.

Al día siguiente, Diana se fue temprano a trabajar. Vio que Richard estaba encerando el piso del hall pero no lo saludó, ya estaba un poco harta de sus idas y vueltas con el gas. Al salir, vio que el anciano que vivía al lado de su edificio estaba de vuelta. Lo saludó, amable. El anciano la miró pero no le dijo nada. Diana tuvo la sensación de que se trataba de un anciano diferente. Pero se le hacía tarde y tuvo que correr las tres cuadras que la separaban del subterráneo.

El sábado, Diana recibió en su casa al electricista que le colocaría la ducha eléctrica. Luego de un rato, el señor le comentó que el trabajo ya estaba hecho y que se acordara, siempre, de desconectar el cable de la electricidad antes de bañarse. Diana pensó que eso era una obviedad y se limitó a asentir con la cabeza. El electricista también le dijo que, revisando el toma corrientes del baño, había encontrado un pequeño artefacto negro. Le preguntó si sabía qué era. Diana le dijo que no tenía idea. El electricista le preguntó si podía llevárselo para revisarlo. Diana le dijo que sí.

Acompañó al electricista hasta la puerta. Aprovechó y salió para comprarse algo para almorzar. Vio al anciano que vivía en la puerta del edificio de al lado. Le dio la sensación de que la seguía con la mirada. Diana pensó que desde hace varias semanas la ciudad le parecía extrañamente diferente. Mientras caminaba, se dio vuelta para mirar al anciano. El viejito ya no se veía.

Diana se dijo a sí misma que no tenía que pensar en esas cosas. Sin importar las tramas conspirativas que se urdieran en torno a su rutina, ella todavía estaba sin gas y con una pila de apuntes fotocopiados sin leer. Los parciales vendrían pronto y, estaba segura, su supervisor no le daría los días de estudio que le había pedido.

 

 

Karina G. Boiola (1988, Buenos Aires) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Latinoamericanas de la UNSAM. Ha sido columnista de la revista “Tierra Adentro” (México, CONACULTA).

 

 

 

 

 

 

“Diario sentimental de una chica escort”: Una vida en presente de Paula Puebla, (17grises, 2018) Por Nicolás Pose

 

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Una vida en presente es la historia de María Guevara, protagonista y narradora de la novela, representante de la figura de una mujer fuerte, independiente y que se abastece a sí misma con el dinero que generan sus vínculos de clase alta, un dinero que viene marcado por el sexo que fluye de esas relaciones sociales que ella fue tejiendo con su trabajo de chica escort. De esta manera atraviesa su existencia entre el deseo, los sueños postergados y la depresión que la rodea por vivir siempre dentro de ese presente efímero y cosificado que le ofrecen las relaciones con el otro.

Desde una mirada reaccionaria puede existir la tentación de leerse la novela de Paula Puebla sólo como la historia de una chica scort, una de tantas que existen en la ciudad o que vemos a diario en programas de espectáculos y simulan perfectamente cómo han llegado a ganar ese lugar en la pantalla, o para decirlo con más sencillez, algunos deben comentar que se trata del relato en primera persona de una puta elegante, al estilo de esas novelas eróticas francesas del siglo XIX. Nada más alejado de eso lo que propone la narración al concentrarse en la vida de María Guevara, en el tiempo y espacio en que vive, ahondando en la psicología de esta mujer que, como se titula el libro, pelea contra esos fantasmas que la aquejan mientras disfruta de todos los deseos materiales que le ofrecen sus ganancias y que muchas chicas desearían pero no pueden tenerlo, en este mundo capitalista que sólo valora lo efímero, lo pasatista, anula los deseos más profundos e importantes del ser humano y, al mismo tiempo, concentra  eso mismo en los objetos que se observan, se buscan, se compran o se desean a diario. Es por eso que, los objetos, van a estar atravesados de cierta vida que no se encuentra en cualquier novela, por cómo los describe María Guevara, ya que pareciera que estos concentraran ciertas verdades o tienen la consistencia y la solidez que los vínculos le niegan en esa existencia tan en presente que, parece parte de la ficción, pero que muchos ciudadanos vive o la percibe de esa forma en cualquier ciudad del mundo. Es el fetichismo de la mercancía que, como un fantasma, sobrevuela a toda hora en el relato con descripciones como: “saqué de la carpeta de cartulina verde malva la escritura del departamento”, “me puse un sweater de cashmere mongol color canela directamente sobre la piel”, “mesada de mármol vasco negro marquina”, “metí una cápsula de Ristretto Intenso en el aparato de inspiración italiana ensamblado en China”; y también con los vestidos y la ropa en general: “Elegí un vestido negro opaco estilo Jackie. De tacto frío, la tela sintética, imitación de la seda, patinaba sobre mi cuerpo y emitía un suspiro cautivante cada vez que me movía.”, “El brillo de los stilettos negros de charol le quedaba bien a la sobriedad del vestido. (…) Me abrigué con un tapado negro cruzado con botones dorados y elegí una cartera estilo Chanel.” Esa seguridad que tienen los objetos que parecen concentrar mayor humanidad que las personas, es inversa con respecto a la psicología y la estabilidad emocional de Guevara que, titubea, indecisa, cuando debe enfrentarse con ese mundo masculino que la rodea, la deprime y que se transforma en sostén económico directo para que pueda realizar sus deseos materiales y comprar y convivir con todos esos objetos que describe con interés de vendedora o escritora de catálogo de ventas. Como escribe Marx en El Capital, si las cosas en su forma de mercancías hablaran, lo harían de esta manera: “Puede ser que a los hombres les interese nuestro valor de uso. No nos incumbe en cuanto cosas. Lo que nos concierne en cuanto cosas es nuestro valor”[1] Si bien se entiende la importancia que le da la narradora a la ropa en ese mundo donde se mueve, describiendo la frivolidad como arte que teje ese tipo de relaciones sociales mediadas sólo por el dinero o el interés, también es innegable que el fetichismo de la mercancía se presenta indiscutidamente cosificando las relaciones sociales, en una época donde los objetos tienden a humanizarse cada día más en pos de la cosificación de las personas. Más tarde la misma narradora dice: “Como me repetía siempre Eduardo ‘c’ est tout une question d’argent’. Nunca hasta ese momento había pensado en el poder de esa afirmación. Para los que la tienen y para los que no, la existencia se resume en una cuestión de dinero”.

En una entrevista, la autora ha dicho que su novela podría leerse como un tratado indirecto sobre la maternidad. Lo decía en el sentido de que, debajo de la vida superficial y frívola de la protagonista, aparecen ciertos sentimientos maternales cuando María todos los viernes se queda con sus sobrinas, ambas gemelas, e hijas de su hermana, Julia, modelo de mujer opuesta a María Guevara, que la narradora describe como una mujer anorgásmica, dependiente, maltratada por su cuñado y en permanentes peleas y discusiones, luchando por tratar de mantener el vínculo con su marido por tener dos niñas y sobrellevar correctamente las apariencias de familia tradicional en su estatus social de clase alta. Es por eso que su hermana, al contrario de ella, nunca busca modificar su vida, es el alimento de la tradición de la familia de principios del siglo XX versus la libertad de la mujer del siglo XXI. Sin embargo, María también se enamora, ya que aunque lo desee, no puede calcular y controlar todo anulando la pasión, y esto es lo que le sucede con su psicoanalista, Abraham Seligman, proveedor de las pastillas antidepresivas y tutor de sus sentimientos cuando su personalidad entra en crisis, tal vez el único hombre que ella piensa que la configura como mujer de verdad y no como un objeto sexual o una relación marcada pura y exclusivamente por la filosofía del dinero −robándole el título a George Simmel−.

Por supuesto, teniendo a esta narradora, una mujer scort, tan contrapuesta a su hermana Julia y a las oposiciones tan evidentes que se desprenden entre ambos modelos de mujer, aparece el tema del feminismo. En un primer nivel, ingresa superficialmente; así, por ejemplo, cuando María Guevara, describe consignas pintadas sobre las persianas metálicas cerradas de negocios del centro:

Repasé con la mirada los stencils pintados en fucsia que parecían más recientes. “Muerte al macho”, decía uno. “Mujer bonita es la que aborta”, decía otro. Parecían más nombres de bandas de punk que otra cosa: hay palabras que no hacen mella nada más que en los propios fantasmas.

La protagonista cierra la cuestión de un plumazo con esa frase tajante. En un nivel más profundo es la misma narración, los puntos de vista de la protagonista, sus vivencias, sus ideas, es decir, todo el relato es el que nos provee la versión o el modelo de una mujer contradictoria y tan humana, justamente por no situarse dentro de ningún estereotipo femenino. O sea, lo que esta mujer piensa sobre el feminismo o no, lo que importa es que la versión que ella escribe sobre su condición femenina está plasmada en sus actos, en la manera que tiene de moverse en la vida que lleva y en las opiniones que da acerca de su hermana como modelo de mujer contrapuesta al suyo.

Pero María Guevara no sólo es eso, también la novela, utiliza un procedimiento donde en algunas páginas prácticamente en blanco, que se intercalan en medio de la narración, se menciona en tan sólo dos frases en cursiva lo que ha hecho María Guevara durante un día. Así, por ejemplo, en una sola página un narrador en tercera describe: “Los domingos María descansa” o “María pinta con óleos sobre fotografías de animales” o “María extraña a su madre pero apenas la recuerda”. Son esas pequeñas frases las que esconden la parte más sentimental y más humana de María Guevara, es decir, no tan cosificada y mediatizada por el dinero como es su personalidad a lo largo de la novela.

Llevar “una vida en presente” de verdad, si se pudiese, es una de las ilusiones de María Guevara que, al dialogar en la cama con su psicoanalista y amante Abraham Seligman, se entera de que hay ciertos laboratorios que están diseñando fármacos y trabajando con tecnología que revisa nuestros paquetes de recuerdos. Así, de esta manera, una persona podría elegir qué recuerdos mantener, modificar y cuáles borrar. Más tarde, cerca del final de la novela, María se encuentra en avenida de Mayo y Saenz Peña con una gitana que quiere leerle el futuro y que ella rechaza. Reflexiona:

Imaginé que tendría un catálogo de cuatro o cinco pronósticos estándar para ofrecerles a las mujeres perdidas, los únicos seres vivos que profesan la ilusión. “Vas a conocer un hombre”, debería ser uno. “Vas a emprender un gran viaje”, debería ser otro. “La muerte anda cerca”, debería ser el tercero; no muchas variantes más. “¿Quién en su sano juicio querría conocer su futuro?”, pensé.

De los posibles pronósticos, María concreta el viaje a Barcelona con sus amadas sobrinas, la variante hombres siempre estará abierta aunque con escepticismo; lo que resta, mientras tanto, es vivir el presente.

 

[1] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política, t. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 2000, p.47.

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Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Estudió  letras en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el primer premio de narrativa en el VIII Certamen internacional de Poesía y Narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos y fue finalista en el III concurso de narrativa Eugenio Cambaceres(2012) organizado por la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Publicó el libro de cuentos La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y, en colaboración con Juan Pablo Bertazza, Manuel Pose y César Rexach los ensayos de Libres del Libro (UAI, 2017). También ha escrito textos literarios, críticas y reseñas en diversos medios culturales como El interpretadorNo retornable, la revista Siamesa y MALBA Cine. Por una cabeza, su primera novela, se publicó este año. Actualmente organiza junto a Florencia Benson y Magalí Díaz Moreno el ciclo de literatura y arte erótico “Noches Venusinas”.

 

“Desinventar la vida”: Jacki, la internet profunda de Iosi Havilio (Socios Fundadores, 2018), por Ignacio Bosero

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Dibujo: Denise Groesman

Foto de tapa: Lucas Olarte

 

¿Qué lugar tiene la literatura en el último libro de Iosi Havilio? Ocupa un lugar preponderante, nunca antes ocupado: está al desnudo total. Ese lugar no es el de la fiesta de la imaginación, sino el de la resaca, el de una sabia resaca. El espejo que construye con Jacki (Internet profunda) es la exaltación de la juventud, el cuerpo enfiestado que ya ella (la otra, la que le escribe los “volcánicos monólogos”, “la mitómana lengua larga que nació para hacerte feliz…”, “la bruja resentida sin cura”) no puede ofrecerle más al universo, al cosmos. Ese territorio de excesos, de hundirse en la pasión, “es tan difícil dar con una pasión!”, “quién pone el corazón en algo sin duda sufre, Jacki” es la vía para la única tarea realmente importante en la vida, que es “desinventarla” “contra todo lo que pienso”. Esta escritora demente reniega contra los moralismos, las formas y la decencia, y le vomita todo su aprendizaje en una verdadera y luminosa proclama literaria para Jacki. Es que el libro es una comunicación rabiosa que inventa un lector posible. Un lector Jacki, dispuesto a disentir y a tomar y revolver en este escrito aciago al estilo Los cantos de Maldoror. Desde las tripas, desde lo profundo, de la cueva iluminada de la experiencia; desde ese torrente se despliegan los mejores momentos del libro. La bruja resentida sabe que la literatura de Jacki está “en ese higo precursor más fresco que el verano”. En ese estado entre demoledor e inocente, perturbador, rimbaudiano, de perfección justo, de perversión justa, en la tensión que desata el fuego de una batalla auténtica. Jacki sabe más que todos los críticos y escritores juntos. Su texto sobre Pinocho, esa cosa amorfa e inentendible y por lo tanto seductora, a la que no tenemos acceso o sabemos poco más que lo descrito (tampoco importa), es lo que está en la incubadora y se debe proteger de la mala literatura. De enchastrarse con la exigencia, “esfuerzo descomunal” “del escribir por escribir”, que en definitiva mata la pasión. Ni virgen ni avinagrada, así es Jacki, es la literatura en carne viva, el amor, la pulsión excitada, la perla en el basural. Está siendo, está pariendo el monstruo. ¿Quién sabe lo que va a parir? Eso es literatura, lo incierto, puro miedo, indecencia, sangre… “sangre!… Jacki, sangre!… estoy sangrando bestialmente… todo esto por vos, por vos y por tu texto… estoy sangrando por la sequía de todos estos años…”.

Más que consejos hay confesiones: “Para mí la rabia no es una palabra… la rabia es mi vocación… la rabia luminosa”. Hay que estar hay que estar hay que estar, hay que sentir las tormentas y sus descargas eléctricas como un techo que puede derrumbarse, la furia viva de un diluvio imposible de controlar: Sí, Jacki, el agua se filtra por todos lados de la casa. ¡Es la casa inundada!, Jacki… Jacki… “Escribir es otra cosa… hay que tomarse el tiempo para ver ese pueblo… sentir su dimensión… hasta las tripas… dónde queda, qué hay detrás, qué accidentes… Recién cuando uno puede morir en ese pueblo, ese pueblo empieza a existir…”. Este libro, estas confesiones a Jacki, son fuertes ideas sobre la literatura que merecen ser oídas, no predicadas. Estas pequeñas frases convulsionadas son una verdad entregada y pulida de una suerte de adivino que elaboró su propia materia, su magia, en condiciones impuras. No es que haya éxito posible siguiéndolas, no se trata de eso, de manual, remedio o cura, pero si es cierto que los que no estén atentos y no puedan leerlas, y por qué no entenderlas, serán siempre unos farsantes.

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.