Comas

Novedades Editoriales: Reseña de Comas de Teresa Orbegoso (Años Luz, 2019)

por Nicolás Pose

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Comas, el último libro de la poeta Teresa Orbegoso, publicado en 2018 por Años Luz Editora y en una edición bilingüe, fue escrito paralelamente a otro libro que la autora llamó Perú. Orbegoso que nació en Lima, trabaja su poesía conectándola con la geografía de los distritos y del país donde pasó la mayor parte de su vida y, sobre todo, su infancia, un punto nodal para comenzar a leer su obra. Esa geografía peruana la rodea y al mismo tiempo le despierta impresiones, recuerdos, sentimientos e ideas sobre quién es la que escribe. Desde sus lugares se revelan los temas que obsesionan a la poeta: la identidad, las raíces, la niñez, la familia, la “peruanidad”, las relaciones, el amor y la poesía como remedio al dolor, como antídoto de vida. Es la voz que desde el presente regresa al pasado  para tratar de deconstruir el presente y adivinarse mediante ese ejercicio introspectivo. Es una poesía de búsqueda. En su poemario Perú, la voz de la poeta exclama: “Estoy aquí para recordar la patria invisible de la infancia. Estoy aquí para saber finalmente quiénes somos. ¿Qué ha quedado de nosotros en medio de toda la niebla de Lima? No saber cómo te llamas, ni lo que fuiste, ni lo que hiciste. Andar perdido como un cuerpo que sólo sabe empezar y que nada aprende. Han sido los ecos de la ruina de mi despertar. Sea mi destino coser los pedazos descoloridos de nuestra bandera. Darle materia y forma. No desaparecer.”

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“Una nouvelle de clase media”, El cuarto deseo de Ignacio Molina (Falso Trébol, 2018), por Nicolás Pose

 

 

“La noche en que cumplía cincuenta y dos años, mientras soplaba una velita clavada en una porción de torta de manzana en una parrilla de Pinamar,Alberto sintió, de una manera brutal, que ya no quería seguir compartiendo su vida con Norma. Antes, a ciegas, había pedido los tres deseos (que Huracán no se vaya a la B, que Ramiro sea feliz, volver a jugar a la pelota), y cuando abrió los ojos y vio la cara de su esposa volvió a cerrarlos para agregar un cuarto deseo: que Norma se muera.”

 Así, de esta forma, arranca El cuarto deseo, directa, contundente, presentando de entrada el núcleo del problema de su protagonista. El lector, con un comienzo así, estaría tentado de pensar que podría tratarse de una novelita policial. Pero en El cuarto deseo no habrá crímenes de ninguna índole sino la idea de una posibilidad, el replanteo de una vida durante un instante que se contextualiza en el imaginario, los gustos, las costumbres y las relaciones de una clase media que aún subsiste en la Argentina, los residuos de una clase que fue amplia e importante y que, ahora, está desapareciendo.

Alberto, el protagonista de la nouvelle, es el estereotipo de del cincuentón de la pequeña clase media porteña que comienza a replantearse su vida cuando aparece, repentino, sin saber por qué, el deseo de ver muerta a su esposa, Norma, la mujer con la cual comparte una relación desde hace tres décadas. Alberto, que es narrado por un diestro narrador en tercera persona, se sumerge en un tenso fin de semana al entrever su deseo de separación de su actual mujer, ¿tal vez asesinarla, simular un accidente? o continuar dentro de una rutina que a él se le hace tediosa, una cotidianidad que ya no disfruta en familia sino que es puro desencanto. Mucho tienen que ver Daniel y Josefina, la otra pareja amiga que comparte junto a ellos ese fin de semana, para que esos pensamientos se tornen confusos y actúen en constante vaivén en la cabeza de Alberto. En su amigo, en Daniel, se condensa lo que el protagonista desearía y no se anima, ya que Daniel pudo separarse y conocer a los cuarenta siete años a Josefina, una chica mucho más joven y de un cuerpo perfecto que hace que Alberto se pregunte cómo puede envidiar de esa manera y tenerle rencor a su amigo. Es en la incertidumbre de lo que hará Alberto con su vida−por ende, con su mujer− donde gira todo el relato de Molina, que describe las indecisiones, deseos y rencores de Alberto cuando puede compararse con ese otro tan cercano como un espejo, que está allí, mostrándole cómo puede caminar enamorado de Josefina, cómo puede relajarse y trabajar desde el celular, como si hubiera rejuvenecido luego de haberse separado a una edad en la cual a Alberto nunca se le hubiera ocurrido. Así el narrador describe: “En algunos tramos Josefina y Daniel caminaban tomados de los hombros o de las manos y Alberto se preguntaba desde hacía cuánto que él no caminaba de esa manera con su mujer. (…) Mi mujer, mi mujer espectacular, mi casa increíble, mi auto importado, mis cocheras, mis taxis, mi plata, mi vida perfecta, mi pito grande…pensó imaginando esa enumeración en la voz de Daniel, y al instante se enfureció consigo mismo por dejarse arrastrar por esa ola de resentimiento que no podía controlar.” Ahí reside el problema de Alberto, en la palabra “control”, palabra que cifra la vida de un clásico burgués, como si esa falta de control o esos nuevos deseos que le surgen mientras camina en la arena de las playas de Pinamar enfrentándose a la amplitud del mar, le reventaran en la cara, en medio de lo que debía ser un fin de semana de rélax con la idea de festejar tranquilamente el cumpleaños con Norma y la pareja amiga. Alguna parte de Alberto recuerda al famoso personaje del cuento “Cabecita Negra” de Germán Rozenmacher, el Sr. Lanari que, como él, también ferretero de profesión, cifra su seguridad en la familia y el bienestar económico.

Julio Cortázar definió a la nouvelle como un género a caballo entre el cuento y la novela. Por su escasa extensión con respecto a la novela, la nouvelle no puede narrar la vida de un individuo problemático enfrentado a la sociedad, sino que, más bien, procura centrarse en sutiles movimientos, en rupturas que transformen, modifiquen o destruyan el tranquilo devenir de un hombre o una mujer, para iluminar y describir ese momento en la vida del personaje en un tiempo y lugar acotados. Así, de esta manera, Molina utiliza capítulos cortos y un estilo despojado para narrar y moldear la psicología de Alberto, logrando un texto ágil que gana ritmo narrativo y que, con cierto suspenso, nos lleva de la mano y sin pausa hacia el final.

Molina se caracteriza por analizar a la clase media argentina, sobre todo, al narrar los vínculos, las relaciones que se tejen allí dentro, conjuntamente con la descripción de los hábitos, los gustos, los deseos, pesares y la vida cotidiana de las personas pertenecientes a esta clase social. A esta altura podríamos hablar de un “urbanismo de lo cotidiano” que Molina maneja a la perfección como una marca estilística de la literatura que escribe. Como ya lo había hecho en los cuentos de Los estantes vacíos (Entropía, 2006) o en las novelas Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010)y Los puentes magnéticos(Entropía, 2013), El cuarto deseo, no es la excepción y Molina disecciona a los personajes en pequeños momentos de su existencia, con un realismo centrado tanto en los pormenores como en las grietas que dejan entrever algo más de lo que, a simple vista, parece tan sólo la narración de vidas triviales.  

 

Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Estudió  letras en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el primer premio de narrativa en el VIII Certamen internacional de Poesía y Narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos y fue finalista en el III concurso de narrativa Eugenio Cambaceres(2012) organizado por la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Publicó el libro de cuentos La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y, en colaboración con Juan Pablo Bertazza, Manuel Pose y César Rexach los ensayos de Libres del Libro (UAI, 2017). También ha escrito textos literarios, críticas y reseñas en diversos medios culturales como El interpretadorNo retornable, la revista Siamesa y MALBA Cine. Por una cabeza, su primera novela, se publicó este año. Actualmente organiza junto a Florencia Benson y Magalí Díaz Moreno el ciclo de literatura y arte erótico “Noches Venusinas”.

“Una autobiografía de ideas”, por Gonzalo León

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Foto: J. Martínez

Uno de los libros de ensayos de César Aira fue sobre el poeta inglés Edward Lear, sus limericks, el humor, lo popular y otras cuestiones, pero de eso pasaron diez años. Continuación de ideas diversas fue en 2014 su nuevo libro de ensayos, que publicó Ediciones Universidad Diego Portales de Chile, y a diferencia de sus otros libros –Copi, Alejandra Pizarnik y Las tres fechas, todos publicados por Beatriz Viterbo Editora– no necesita de un pretexto, es decir no necesita de la obra de otros autores para hablar de la suya, sino que es César Aira elaborando una especie de diario, de respuestas a una entrevista que nunca dio, o quizá, y ésa es la sensación que predomina, una autobiografía de ideas, porque para Aira la única autobiografía posible es a través de las ideas, y en este libro se pueden encontrar desde sus primeras influencias (las historietas de Superman de los años cincuenta y sesenta, Kafka y Borges, o incluso aquellas novelitas de western que leía su padre y que él encontraba poco refinadas), su obsesión por la forma y la novela policial, su desprecio por las biografías noveladas, la crónica, la metaliteratura y las primeras lecturas de la obra de Cortázar, pero también hay fragmentos narrativos, como un probable principio de novela, y reflexiones en apariencia menos literarias, como sobre la magia o la vida después de la muerte.

En Continuación de ideas diversas, Aira se desplaza entre el pasado y el presente, entre la literatura como arte mayor (“la superioridad de la literatura sobre las demás artes radica justamente en las demás artes”) y la literatura como cáscara vacía (“la novela de hoy”), y lo hace en fragmentos que no forman una unidad lineal, porque precisamente son ideas diversas en un continuum. Donde parece haber paradoja no la hay, es la propuesta narrativa de Aira desplegándose en el ensayo: no una idea sobre la cual parte un relato, sino varias: “El ensayista escribe sobre los distintos temas de su interés, relacionados entre sí en razón de ese interés…”. En alguna entrevista extraviada en la memoria, el escritor nacido en Pringles en 1949 dijo que en un momento le habían recomendado que, si quería meter ideas en sus novelas, mejor se guardara esas ideas para los ensayos. Bueno, quien le haya hecho aquella recomendación y leyera este libro, de seguro tendría la tentación de hacerle la recomendación inversa, es decir si quiere meter relato en un libro de ensayos, mejor se las guarde para las novelas. Pero quizá en esta retroalimentación es donde este texto cobra mayor valor. Por eso en la contratapa de este libro espléndidamente editado se encuentra la siguiente frase: “Las ideas nunca son del todo ideas, y nunca son todas las ideas. Recortadas en forma de ocurrencias, recuerdos, anécdotas, chistes y otros mil azares del discurso, material inagotable de la Asociación, como dar la vuelta al mundo del pensamiento”.

Estas ideas recortadas comienzan con el recuerdo que tuvo Hegel al ver pasar a Napoleón y continúa con una frase que empieza así: “A mi edad… He comenzado a olvidar nombres, de un modo alarmante”. Está entonces la alternativa de llevar “una libretita específica, para llevar siempre conmigo y así saber dónde tengo que acudir en busca de un nombre que ha desaparecido de mi mente” o la de escribir lo que cree que ha ido desapareciendo de su mente. Alguien podría tener la tentación de ver en esta estructura algo parecido a entradas de blog o de Facebook, pero eso remite más al deseo de ver que un escritor como él tenga un blog o un Facebook que al hecho mismo de que posea esa estructura. Aunque también podría pensarse de otro modo: imaginemos que Aira tiene un blog o un Facebook, ¿esto es lo que escribiría? Una discusión que se basa en suposiciones es material para una ficción o para un divertimento, pero no para desarrollar seriamente.

Hay desde luego en este libro un lado más pop, como cuando se refiere a los cuatros asuntos que casi nunca faltan en los culebrones clásicos latinoamericanos: “La revelación de una maternidad o paternidad, ocultada durante muchos años”, “el doble, la hermana o hermano idénticos de cuya existencia no se sabía nada hasta entonces”, “la ceguera” y “la amnesia”. Según Aira, “todos tienen que ver con la identidad. ¿Quién soy? ¿Cuál soy? No recuerdo quién soy. No puedo verme en el espejo”, y luego explica que el éxito del género, “y de cualquier género narrativo, tenga que ver con la adecuada, si es preciso obvia y brutal, tematización de un concepto central”. Lo que aquí resalta es que lo que en apariencia es pop, para el autor de Continuación de ideas diversas puede servir para una reflexión narrativa, incluso sobre su propia escritura, o la de cualquier otro.

Cuando establezco que estas “ideas recortadas” parecen respuestas a una entrevista que nunca se hizo, en esa afirmación también existe una continuidad, porque Aira recuerda algunas respuestas que ha dado en entrevistas y las desarrolla. De este modo “re-presenta” (en el sentido de traer al presente) sus influencias, los elogios a sus libros de juventud que le producen “sensaciones ambivalentes”, pero quizá donde es más elocuente es cuando se refiere a la narrativa escrita en presente y la famosa respuesta que dio alguna vez, y en la que en una de sus partes señala: “Casi toda la narrativa joven en la Argentina está escrita con verbos en presente. No sé cómo los autores no se dan cuenta de hasta qué punto eso desmerece su trabajo. El relato se achata, pierde perspectiva y toma un tono oral barato”. Luego admite que cuando abre un libro y está en presente, “lo cierro y no vuelvo a abrirlo”. Sin embargo, existen excepciones, como la de Marguerite Duras, básicamente porque en casi toda su obra “está actuando el cine”, o en otras palabras el guión. Para César Aira, el periodismo o el cine pueden escribirse en presente, pero la historia y la ficción deben hacerse en pasado: lo que ocurrió no es lo mismo que lo está ocurriendo.

Pero más allá de escribir en presente, de la crónica de la que dice que su auge “coincide con la emergencia de esa figura que pulula en las ONG y otros subproductos de la globalización: el Entrometido”, de las biografías noveladas, de la metaliteratura, hay un desprecio hacia la novela realista o más precisamente hacia el realismo, culpándolo “de la posibilidad de extenderse en el relato y escribir libros de muchas páginas”. Y enseguida explica cómo debió fundarse el realismo en la literatura: cansados los escritores “de los dioses y las hadas y los héroes y las doncellas”, tuvieron la audaz idea de renunciar a la imaginación literariamente educada, “y dejar que sus argumentos y personajes y escenarios se los diera un agente externo a ellos”. Este agente externo del que se alimentarían sus ficciones de ahora en adelante sería la realidad, “en sus formaciones y desarrollos propios”.

En el prólogo de la reedición de Ema, la cautiva que escribe Sandra Contreras, tal vez la mayor especialista en César Aira, señala que “la opción originaria del artista en todo caso fue: nada que inventar, porque todo viene con la tradición, y por eso mismo, el mejor terreno, para el escritor, para inventarlo todo”. Aquí claramente se demuestra la opción por descartar el realismo y volver a la “imaginación literariamente educada” a través de lo que Arturo Carrera define como vanguardia entendida como “parodia crítica de la tradición”. En este libro Aira se refiere a las vanguardias, y coincide en un punto con la definición de Carrera al señalar que la calidad de una obra de arte “siempre se reconoce según los valores tradicionales, clásicos, las grandes convenciones seculares, que cambian tan lento que no vale la pena hacerse ilusiones de que vamos a presenciar el cambio”. Aira entendió bien que para ser vanguardia debía leer muy bien la tradición. En Plan de operaciones, Beatriz Sarlo reconoce esto: “César Aira publicó Ema, la cautiva para corregir a Borges de manera radical: corrigió una imagen de la cautiva, tanto la de Borges como la de Hernández; corrigió el paisaje pampeano, el de Echeverría y el de los ingleses; corrigió la figura del indio, de fiero a indolente. Como estrategia de comienzo, Aira, a diferencia de Puig, toma la centralidad de Borges para fisurarla por parodia”.

Continuación de ideas diversas recuerda algunos textos de la tradición argentina, como Evaristo Carriego, de Borges, y Diario (1953-1969), de Gombrowicz, ambos pueden catalogarse en la categoría de ensayo y en el de simple diario o registro, pero lo cierto es que van mucho más allá. Este libro vendría a formar parte de la tradición ensayística que intentó “innovaciones, experimentaciones, rupturas, provocaciones”, pero que “apenas si aceptó algunas tímidas modificaciones”, porque pese a todo no existe el ensayo de vanguardia. En este punto resulta inquietante que Aira, a diferencia de Borges o Gombrowicz, coloque a este género fuera de la literatura, en una función de dar cuenta, “hacia el exterior de la literatura” de las reinvenciones de ésta.

De sus “novelitas”, como les dice él mismo a su producción literaria, podrían ser vistas por algunos solamente como un modo de producción, una multiplicidad de lo breve o de la miniatura; pero no, aquí explica que el sello no es escribir novelitas que le toman más de tres o cuatro meses, en otras palabras no es la brevedad por la brevedad, sino que hay una reflexión de fondo: “En la medida en que un narrador va apartándose de formas y contenidos convencionales, sus textos van haciéndose más breves”.

Después de Continuación de ideas diversas nadie debería pedirle una entrevista a César Aira, porque aquí está todo: influencias, formas de escritura, obsesiones, desprecios, definiciones. Y lo hace con ingenio y gracia, porque también está presente su forma de narrar: no es un escritor impostando el tono académico del ensayo o el tono habitual, serio, del ensayo. De hecho, como sabiendo que se le puede juzgar seriamente por este libro, señala en una de sus partes: “Alguien dijo que el ensayo es la ‘piedra de toque’ para evaluar la calidad intelectual de un autor. En efecto, en la poesía y el relato hay demasiados subterfugios para disimular carencias, mientras que en el ensayo la inteligencia y el conocimiento y el talento del autor están al desnudo”.

Gonzalo León es escritor y periodista chileno. Ha publicado las novelas Serrano (2017), Manual para tartamudos (2016), Cocainómanos chilenos (2012), Vida y muerte del doctor Martín Gambarotta (2011) y Pendejo (2007). Desde 2011 vive y trabaja en Buenos Aires.

“Diario sentimental de una chica escort”: Una vida en presente de Paula Puebla, (17grises, 2018) Por Nicolás Pose

 

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Una vida en presente es la historia de María Guevara, protagonista y narradora de la novela, representante de la figura de una mujer fuerte, independiente y que se abastece a sí misma con el dinero que generan sus vínculos de clase alta, un dinero que viene marcado por el sexo que fluye de esas relaciones sociales que ella fue tejiendo con su trabajo de chica escort. De esta manera atraviesa su existencia entre el deseo, los sueños postergados y la depresión que la rodea por vivir siempre dentro de ese presente efímero y cosificado que le ofrecen las relaciones con el otro.

Desde una mirada reaccionaria puede existir la tentación de leerse la novela de Paula Puebla sólo como la historia de una chica scort, una de tantas que existen en la ciudad o que vemos a diario en programas de espectáculos y simulan perfectamente cómo han llegado a ganar ese lugar en la pantalla, o para decirlo con más sencillez, algunos deben comentar que se trata del relato en primera persona de una puta elegante, al estilo de esas novelas eróticas francesas del siglo XIX. Nada más alejado de eso lo que propone la narración al concentrarse en la vida de María Guevara, en el tiempo y espacio en que vive, ahondando en la psicología de esta mujer que, como se titula el libro, pelea contra esos fantasmas que la aquejan mientras disfruta de todos los deseos materiales que le ofrecen sus ganancias y que muchas chicas desearían pero no pueden tenerlo, en este mundo capitalista que sólo valora lo efímero, lo pasatista, anula los deseos más profundos e importantes del ser humano y, al mismo tiempo, concentra  eso mismo en los objetos que se observan, se buscan, se compran o se desean a diario. Es por eso que, los objetos, van a estar atravesados de cierta vida que no se encuentra en cualquier novela, por cómo los describe María Guevara, ya que pareciera que estos concentraran ciertas verdades o tienen la consistencia y la solidez que los vínculos le niegan en esa existencia tan en presente que, parece parte de la ficción, pero que muchos ciudadanos vive o la percibe de esa forma en cualquier ciudad del mundo. Es el fetichismo de la mercancía que, como un fantasma, sobrevuela a toda hora en el relato con descripciones como: “saqué de la carpeta de cartulina verde malva la escritura del departamento”, “me puse un sweater de cashmere mongol color canela directamente sobre la piel”, “mesada de mármol vasco negro marquina”, “metí una cápsula de Ristretto Intenso en el aparato de inspiración italiana ensamblado en China”; y también con los vestidos y la ropa en general: “Elegí un vestido negro opaco estilo Jackie. De tacto frío, la tela sintética, imitación de la seda, patinaba sobre mi cuerpo y emitía un suspiro cautivante cada vez que me movía.”, “El brillo de los stilettos negros de charol le quedaba bien a la sobriedad del vestido. (…) Me abrigué con un tapado negro cruzado con botones dorados y elegí una cartera estilo Chanel.” Esa seguridad que tienen los objetos que parecen concentrar mayor humanidad que las personas, es inversa con respecto a la psicología y la estabilidad emocional de Guevara que, titubea, indecisa, cuando debe enfrentarse con ese mundo masculino que la rodea, la deprime y que se transforma en sostén económico directo para que pueda realizar sus deseos materiales y comprar y convivir con todos esos objetos que describe con interés de vendedora o escritora de catálogo de ventas. Como escribe Marx en El Capital, si las cosas en su forma de mercancías hablaran, lo harían de esta manera: “Puede ser que a los hombres les interese nuestro valor de uso. No nos incumbe en cuanto cosas. Lo que nos concierne en cuanto cosas es nuestro valor”[1] Si bien se entiende la importancia que le da la narradora a la ropa en ese mundo donde se mueve, describiendo la frivolidad como arte que teje ese tipo de relaciones sociales mediadas sólo por el dinero o el interés, también es innegable que el fetichismo de la mercancía se presenta indiscutidamente cosificando las relaciones sociales, en una época donde los objetos tienden a humanizarse cada día más en pos de la cosificación de las personas. Más tarde la misma narradora dice: “Como me repetía siempre Eduardo ‘c’ est tout une question d’argent’. Nunca hasta ese momento había pensado en el poder de esa afirmación. Para los que la tienen y para los que no, la existencia se resume en una cuestión de dinero”.

En una entrevista, la autora ha dicho que su novela podría leerse como un tratado indirecto sobre la maternidad. Lo decía en el sentido de que, debajo de la vida superficial y frívola de la protagonista, aparecen ciertos sentimientos maternales cuando María todos los viernes se queda con sus sobrinas, ambas gemelas, e hijas de su hermana, Julia, modelo de mujer opuesta a María Guevara, que la narradora describe como una mujer anorgásmica, dependiente, maltratada por su cuñado y en permanentes peleas y discusiones, luchando por tratar de mantener el vínculo con su marido por tener dos niñas y sobrellevar correctamente las apariencias de familia tradicional en su estatus social de clase alta. Es por eso que su hermana, al contrario de ella, nunca busca modificar su vida, es el alimento de la tradición de la familia de principios del siglo XX versus la libertad de la mujer del siglo XXI. Sin embargo, María también se enamora, ya que aunque lo desee, no puede calcular y controlar todo anulando la pasión, y esto es lo que le sucede con su psicoanalista, Abraham Seligman, proveedor de las pastillas antidepresivas y tutor de sus sentimientos cuando su personalidad entra en crisis, tal vez el único hombre que ella piensa que la configura como mujer de verdad y no como un objeto sexual o una relación marcada pura y exclusivamente por la filosofía del dinero −robándole el título a George Simmel−.

Por supuesto, teniendo a esta narradora, una mujer scort, tan contrapuesta a su hermana Julia y a las oposiciones tan evidentes que se desprenden entre ambos modelos de mujer, aparece el tema del feminismo. En un primer nivel, ingresa superficialmente; así, por ejemplo, cuando María Guevara, describe consignas pintadas sobre las persianas metálicas cerradas de negocios del centro:

Repasé con la mirada los stencils pintados en fucsia que parecían más recientes. “Muerte al macho”, decía uno. “Mujer bonita es la que aborta”, decía otro. Parecían más nombres de bandas de punk que otra cosa: hay palabras que no hacen mella nada más que en los propios fantasmas.

La protagonista cierra la cuestión de un plumazo con esa frase tajante. En un nivel más profundo es la misma narración, los puntos de vista de la protagonista, sus vivencias, sus ideas, es decir, todo el relato es el que nos provee la versión o el modelo de una mujer contradictoria y tan humana, justamente por no situarse dentro de ningún estereotipo femenino. O sea, lo que esta mujer piensa sobre el feminismo o no, lo que importa es que la versión que ella escribe sobre su condición femenina está plasmada en sus actos, en la manera que tiene de moverse en la vida que lleva y en las opiniones que da acerca de su hermana como modelo de mujer contrapuesta al suyo.

Pero María Guevara no sólo es eso, también la novela, utiliza un procedimiento donde en algunas páginas prácticamente en blanco, que se intercalan en medio de la narración, se menciona en tan sólo dos frases en cursiva lo que ha hecho María Guevara durante un día. Así, por ejemplo, en una sola página un narrador en tercera describe: “Los domingos María descansa” o “María pinta con óleos sobre fotografías de animales” o “María extraña a su madre pero apenas la recuerda”. Son esas pequeñas frases las que esconden la parte más sentimental y más humana de María Guevara, es decir, no tan cosificada y mediatizada por el dinero como es su personalidad a lo largo de la novela.

Llevar “una vida en presente” de verdad, si se pudiese, es una de las ilusiones de María Guevara que, al dialogar en la cama con su psicoanalista y amante Abraham Seligman, se entera de que hay ciertos laboratorios que están diseñando fármacos y trabajando con tecnología que revisa nuestros paquetes de recuerdos. Así, de esta manera, una persona podría elegir qué recuerdos mantener, modificar y cuáles borrar. Más tarde, cerca del final de la novela, María se encuentra en avenida de Mayo y Saenz Peña con una gitana que quiere leerle el futuro y que ella rechaza. Reflexiona:

Imaginé que tendría un catálogo de cuatro o cinco pronósticos estándar para ofrecerles a las mujeres perdidas, los únicos seres vivos que profesan la ilusión. “Vas a conocer un hombre”, debería ser uno. “Vas a emprender un gran viaje”, debería ser otro. “La muerte anda cerca”, debería ser el tercero; no muchas variantes más. “¿Quién en su sano juicio querría conocer su futuro?”, pensé.

De los posibles pronósticos, María concreta el viaje a Barcelona con sus amadas sobrinas, la variante hombres siempre estará abierta aunque con escepticismo; lo que resta, mientras tanto, es vivir el presente.

 

[1] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política, t. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 2000, p.47.

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Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Estudió  letras en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el primer premio de narrativa en el VIII Certamen internacional de Poesía y Narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos y fue finalista en el III concurso de narrativa Eugenio Cambaceres(2012) organizado por la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Publicó el libro de cuentos La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y, en colaboración con Juan Pablo Bertazza, Manuel Pose y César Rexach los ensayos de Libres del Libro (UAI, 2017). También ha escrito textos literarios, críticas y reseñas en diversos medios culturales como El interpretadorNo retornable, la revista Siamesa y MALBA Cine. Por una cabeza, su primera novela, se publicó este año. Actualmente organiza junto a Florencia Benson y Magalí Díaz Moreno el ciclo de literatura y arte erótico “Noches Venusinas”.

 

“The Perfect Day Formula”, por Karina Boiola

Si nos preguntaran cómo sería un día perfecto, seguramente cada uno de nosotras y nosotros respondería de manera diferente. Porque, en efecto, imaginar cómo sería un día perfecto adquiere ribetes y matices subjetivos que dependerán de nuestros gustos, expectativas, sueños y deseos.

Lou Reed, por ejemplo, en su canción Perfect day, describe un día apacible con alguien que lo hace olvidarse de sí mismo, dejar de lado los problemas, divertirse: ir al zoológico, mirar una película, tomar sangría en el parque. Imagino que es un día soleado, en Nueva York; un parque de pasto verde reluciente y saturado, y Lou y ese alguien especial caminando, sonrientes; él fantaseando que es alguien diferente, alguien mejor (porque el contacto con ese otro saca lo mejor de sí).

Pero si la cita a Lou Reed es esperable en un texto cuyo propósito es reflexionar sobre las derivas de un día perfecto, quizás resulte más sorpresivo mencionar un libro cuyo título es The Perfect Day Formula, de Craig Ballantyne. A diferencia de lo que dije más arriba, para Craig hay una fórmula universal que, de seguirla, nos asegura no solo un día perfecto, sino una vida entera perfecta. En su página web (https://www.craigballantyne.com/), proclama: “Use this formula to unlock your perfect life today”. La vida perfecta está ahí, esperando a que encontremos esa llavecita mágica que nos permita desbloquearla. Y la llavecita no es otra cosa más que lograr vivir un día perfecto tras otro. Un día perfecto más un día perfecto, más otro y otro: la vida perfecta. Era tan fácil. La solución a la frustración, a sentirse stuck, a trabajar too much sin tener demasiado dinero ni demasiado éxito, al alcance de la mano: una rutina perfecta, que logre sacar lo mejor de nosotros mismos, exprimir el jugo de la productividad de nuestras vidas, tachar todos los to do de nuestra lista antes del mediodía, tener tiempo libre, hacer ejercicio, ser saludables y bellos, pasar más tiempo con quienes amamos, y una larga cadena de etcéteras.

Ojo, que esta llave no es fácil de alcanzar. Craig asegura que muy poca gente tiene acceso a ella. Casualmente, aquellas personas que son exitosas: ricas, independientes, emprendedoras, dueñas de su propia vida y su propio tiempo. Ahora bien, Craig también nos dice que esa llave es un secreto bien guardado que se pasó de generación en generación: del 1% de los exitosos de la humanidad, al 1% que le seguía, en este frenesí hereditario de las misteriosas claves de la felicidad. También nos dice que no lo vamos a encontrar en un libro de autoayuda, ni en el estante de una librería, aunque él mismo sea un autor que vende sus libros por internet. Nada puede fallar: la trama conspiracionista (ciertos iluminados esconden el secreto universal de ser exitosos y felices en un mundo cada vez más frenético de trabajo, competencia y falta de tiempo) puesta al servicio de la productividad capitalista. El problema no sos vos (que, si llegaste a la web de Craig, es porque estás insatisfecho con la vida mediocre que tenés y eso, en definitiva, es algo positivo), tampoco lo es el sistema económico mundial. No, la cuestión es que vos no sabías todo esto que Craig sabe y que por una módica suma de dinero va a poner a tu disposición.

La fórmula de un día perfecto: despertarse cuando los demás duermen, acostarse cuando el resto de los mortales aún está trabajando. No importa que afuera llueva, truene, garúe finito o salga el sol, arriba a las cuatro de la mañana. La gente productiva (alguien como Mark Zuckerberg, imagino) no aprieta el botoncito de posponer la alarma del celular diez minutos más. Arriba arriba, epa epa, ándale ándale, que el sol todavía no salió y hay que ser productivos, engañar al tiempo, tener jornadas de 24 hs que duren por 35. Otra de las reglas del día perfecto (Ojo, que Craig dice que este tip lo tiró Kant): proponerse cinco mandamientos que guíen tu vida cotidiana y, por supuesto, tener un objetivo. La fórmula del día perfecto, entonces, sería una suerte de ab-shaper de la vida, que nos permite tener (a nosotros y nosotras, mortalitos middle-class, que, en sus palabras, no venimos de una familia súper acaudalada y que quizás no tuvimos la mejor de las educaciones) al alcance de la mano. ¡Por fin!, la vida perfecta de éxito, reconocimiento y autonomía que siempre soñamos.

Me pregunto si el libro de Craig aplica para todas las mujeres y hombres que, en Argentina, se levantan a las cuatro de la mañana para tomar un colectivo, un tren, quizás otro colectivo más para ir a trabajar. Dos horas de viaje del conurbano a Capital, ida y vuelta, para atascarse, los mejores años de su vida, en un laburo mal pago (en los días que nos tocan vivir, seguramente casi todos, a menos que te dediques a la timba financiera y esas cosas que hace la gente exitosa) que redundará en una jubilación aun peor. “La vida del obrero es así y son pocos los que van a zafar”, cantaba el Pity. Aprendemos a ser felices así, sin fórmulas del día perfecto porque, para citar a Hache, el protagonista de Cumbia Ninja (sí, aún en una serie de Fox podemos encontrar inusitada lucidez): “¿Qué pasó? El capitalismo pasó”.

 

 

Karina G. Boiola (1988, Buenos Aires) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Latinoamericanas de la UNSAM. Ha sido columnista de la revista “Tierra Adentro” (México, CONACULTA).

    

“Talud” (Ekelecuá Ediciones), selección de poemas por Aleisa Ribalta

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Imagen de elcielolatierrayyo.com

 

Piedra Blanca

Este es un poema para inventar a Ulises,

para ponerlo como siempre a prueba.

 

Sabe que estoy sentada frente al mar,

que oigo cantar a las gaviotas, y no vuelve.

 

La última vez nos amamos

en este motel sin ventanas de la costa.

 

Este es un poema donde estoy sentada

sobre piedras blancas que no lo son.

 

Todos los peces que encallaron aquí

perdieron el camino al mar, sedimentados.

 

Sobre los esqueletos de miles de peces

se formó la arena blanca de la espera.

 

Ulises, estoy en Piedra Blanca. Honda

la bahía,  frente al mar, ¿lo recuerdas?

 

 

Urbe de la nada

(A Javier Marín)

 

 – Ninguna ciudad se parece a ésta- ,

me ha dicho el visitante.

 

En los atardeceres dulces o amargos

la roída fachada de edificios

se sobrepone al duro desteñir

de la pintura añeja,

y emerge por sobre las olas,

colorida y brillante,

como un arcoíris,

después de tanta lluvia.

 

La ciudad de las nostalgias,

y de los nostálgicos que la habitan,

no es ya, ha dejado de ser.

 

Una parte de sí

ha huido tras el recuerdo de lo que fue.

La otra se acabó resignando con lo que sueña ser.

 

Y este existir entre la realidad y la fantasía

la hace humana, luego ninfa,

hasta volverla diosa.

Y un día cualquiera, de no sé qué año,

te sorprendes adorando

la criatura de tu propio engendro.

 

Cuando te acercas a ella,

atraído por el influjo marino que despide,

eres sólo un soñador errante.

 

Pero cuando te arrastras

a refugiarte en su seno,

sorbido violentamente

por sus afrodisíacos vahos,

eres ya un perdedor,

un torpe enamorado de la nada.

 

– Ninguna ciudad se ama como a ésta- ,

concluye el visitante.

Y se marcha alucinado.

 

 

Luna de Capricornio en Cáncer

No lo creen

los astrólogos,

tampoco nosotros.

 

Los signos cardinales

jamás se tocan,

no hay posibilidad

astral alguna

de que suceda.

 

Sin embargo,

la luna húmeda,

redonda, frágil,

cuasi perfecta,

la plenitud

soñada

o simulada

de Capricornio

en Cáncer

sucede cada día

en mi recuerdo,

mientras se borra

minutos después

en el tuyo.

 

Y así seguiremos

desmintiendo

teorías.

Cardinalmente

amando y desamando

hasta el delirio

cosmogónico

más recóndito

de lo imposible.

 

 

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Aleisa Ribalta (1971, La Habana). Nacida en Cuba. Reside en Suecia desde 1998. Es ingeniera de profesión y actualmente se desempeña como docente de asignaturas demasiado técnicas y no directamente relacionadas a la literatura como: Diseño de Interfaces Gráficas, Diseño Web y Programación de Aplicaciones. Escribe desde muy joven mayormente poesía. Alega que los lenguajes de programación son también un modo de entender la comunicación y hasta de saborearla. Para la autora, en esos símbolos para algunos incomprensibles está también la literatura como forma vital de expresión. Talud (Ekelecuá Ediciones) es su primer poemario.

 

“Recomendaciones de un librero”, por Gustavo Monsalve

Plástico cruel de José Sbarra (Dagas del sur), 192 pp.

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Una novela que se movía en los márgenes, siempre circulaba en ediciones truchas, mal encuadernadas, con tipografías ilegibles. Sbarra es un escritor que no ha sido tenido en cuenta dentro del canon. Plástico cruel es una novela polifónica, con personajes perfectamente delineados, cerca de la obra de teatro, tiene voz propia, construida a partir de diálogos y fragmentos de un diario íntimo. La prosa de Sbarra es genuina y clara. Por fortuna, Dagas del sur la recuperó de los márgenes, la embelleció y nos la ofrece en esta hermosa primera edición oficial. Próximamente se editará toda la obra del autor.

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“Reventados, lúmpenes y otros, en la fiesta de los 90”, por Nicolás Pose

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En la presentación de Barbarella −con Matías Reck y Julia Saltzmann como invitados−, ópera prima de Zulema Lázaro,  recientemente publicado por la multifacética Milena Caserola, la autora dijo sobre sí misma: “Yo soy una sobreviviente de los noventa”. No es casualidad que la solapa, que suele introducir al autor/a por sus trabajos−hablo de esa mini biografía que muchas veces no suele decir nada de la realidad del que escribe−, en este caso, refleje el estilo de vida que llevó la autora a finales de los 80 y durante los 90: “De noche frecuentaba Quiero Lola, Búnker, el Morocco, Contramano, el Dorado, Nave Jungla, Mediomundo, Bajo Tierra, Paladium, La Age Of Comunication y otros ámbitos de la movida de los 80 y 90.” Seguir leyendo ““Reventados, lúmpenes y otros, en la fiesta de los 90”, por Nicolás Pose”

“Una percepción binaria del color” (EMR) selección de poemas, por Jonás Gómez

 

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1

Antes de emprender un gran viaje

es necesario

vaciar el cuenco, limpiar la mirada y el paladar.

 

Es conveniente viajar liviano

para traer de vuelta

las enseñanzas y objetos relevantes

que se encuentran al alcance, para ser tomados

por manos decididas y veloces.

 

Una extensa caminata, eso es,

a la zona blanquinegra

con la intención

de señalar algunas imágenes, algunos cruces

casuales o forzados por la voluntad.

 

Pero, para ser precisos, el recorrido ya comenzó

mucho antes, antes de esta partida,

en la escritura y en el dibujo se manifiesta

el primero de esos encuentros

de lo oscuro

sobre la superficie clara.

 

2

Sería bueno que te descalces.

Estamos acá, en este amanecer

en el que todo es blanco, el suelo arcilloso y blanco,

con algún resto de agua de lluvias anteriores,

y quizás, más abajo, enterrado,

el esqueleto de un animal inmenso

que podría devorarnos con facilidad.

 

Pero en el horizonte, el tono es apacible,

papel de calcar acuarelado, blanco transparentado

por la vastedad del planeta y la hora en la que transitamos

este lugar, este gran vacío de la civilización.

 

Parpadeá. Bien, ahora parpadeá otra vez.

¿Qué hay ahí? ¿Qué es lo que ves?

El refrán dice: “Comience por vaciarse de color,

comience por vaciar sus ojos”.

 

Sería bueno que dejes atrás los zapatos,

que sientas el suelo ligeramente húmedo

mientras caminás, mientras te adentrás

en la solidificación del color blanco y sus variables

en el cielo, en el entorno, en todo

lo que alcanza a reconocer la vista.

 

Sí, eso está bien.

Blanco y más blanco

y, más allá, más blanco.

 

 

3

El tiempo deriva en cuerpos delgados

que habitan en papel delgado,

esqueletos de sardinas opacas,

flores del libro botánico de Dickinson,

el esqueleto de los antiguos egipcios,

todos impregnados en pigmento oscuro,

en un constante perfil,

en un perfil permanente, otorgado a la posteridad.

 

(Un pequeño cosmos,

un pequeño sistema

de momias, peces y flores,

todo en un simple plano de papel.)

 

Cuerpos delgados interlaminados

en el papel delgado,

radiografías, improntas por otros medios,

a partir de otros materiales.

 

 

4

Los griegos lo llamaron aceite de rocas.

Se referían

a las toneladas de plantas aplastadas, oscurecidas, convertidas

en un caldo espeso, aceite rica en toxinas –la bebida

de la maquinaria que impulsa nuestras economías.

 

(Algas oscuras machacadas,

transportadas en barriles de uno a otro lado del océano

o extraídas del territorio

para la superficie de la producción.)

 

Vegetación oscura y liquidificada

se deshilacha en nervaduras extendidas,

se las diagrama

sobre un pizarrón brillante, oleico.

 

Extracto del libro “Una percepción binaria del color”, editado por la Editorial Municipal de Rosario, que obtuvo una mención en el concurso nacional de poesía en el 2017.

04 UNA PERCEPCION BINARIA DEL COLOR

 

Jonás Gómez (1977, Buenos Aires en 1977). Estudió dibujo y pintura en el Centro de Artes y Oficios CEAVAO. Participó en la antología “Si Hamlet duda le daremos muerte” (De la talita dorada, La plata, 2010) y en el proyecto Híbridos (2012), que reunió a escritores, actores y dramaturgos para una puesta de improvisación teatral. Editó “Equilibrio en las tablas” (Mansalva, 2010), primer premio Indio Rico en el género poesía, “El dios de los esquimales” (Ediciones Diatriba, Santa Fe, 2011), “Planos para construir dos ciudades” (Mancha de aceite, 2012), “No hubo un mejor tiempo que este” (plaqueta de Difusión Alterna Ediciones, 2013), “Calendario de siembra” (Barba de abejas, 2014), “Venga a nosotros el reino de las estrellas” (El ojo del mármol, 2015) y “Economías hídricas” (El ojo del mármol, 2016). En el 2017 obtuvo un mención en el Concurso de poesía de la Editorial Municipal de Rosario con su libro “Una percepción binaria del color” (EMR, 2018) y el tercer premio del Fondo Nacional de las Artes en género cuento con el libro “El poder infinito de los cuerpos” (inédito).

En el 2018 publicará en la editorial Virus (Chile) una versión ampliada de “El dios de los esquimales”.