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Imagen de María Crista Galli

Los equinoccios (del latín: misma noche) son dos momentos del año en que el día y la noche tienen exactamente doce horas cada uno, o, visto geométricamente, cuando la esfera terrestre se ve dividida exactamente en dos mitades, una oscura y la otra iluminada. El resto del año, debido a la inclinación de casi 23 grados de la Tierra (hecho que presume sucedió gracias al choque de un cuerpo celeste contra el planeta Tierra, y que también dio origen a la Luna) y a que los polos terrestres están achatados por la propia rotación, los rayos solares inciden con mayor fuerza (cercanía y cantidad)  en uno de ambos hemisferios.  A partir del equinoccio de primavera, que varía entre el 21 o 22 de septiembre, los días comienzan a ser más largos, hasta llegar a máximo posible de horas de sol en el solsticio de verano (21 de diciembre para el hemisferio sur), cuando ya las horas de sol empiezan a disminuir otra vez. Se dice que ciertas plantas, como la sativa, son de “días cortos”, es decir, comienzan a florecer a partir del equinoccio de otoño, otras, la mayoría, son de días largos, y comienzan a florecer entre septiembre y diciembre.  Las plantas en este sentido son seres muy mecánicos: no funcionan a contrarreloj. O, mejor dicho, el crecimiento de las plantas depende exclusivamente de la luz y, su florecimiento, del reloj solar.

Además de esta fotosensibilidad, cada planta trabaja su propio alimento a partir de la cromática de las ondas solares, absorbiendo el azul y el rojo, y transformando esas ondas en energía para romper las moléculas de dióxido de carbono. Se dice que son autótrofas (se comen a ellas mismas). Ellas mismas fabrican su propio alimento,  el cual destruyen (digieren) para crecer más, para florecer, para reproducirse, con agua (hidrógeno y oxígeno) y dióxido de carbono. Crece a medida que se construye y destruye en materia. Trabajo y vida son una misma cosa: movimientos contra la gravedad.

Las fiestas saturnianas o florarias romanas ya no existen. Sin embargo, la pulsión de vida es una marca imborrable. Les humanes, a pesar de no utilizar la energía solar,  también presentimos el cambio de estación.  Hoy salí a dar una vuelta por el barrio, y noté que ya habían florecido las camelias, las acacias, las calas,  que ya despuntaban sus brotes los jazmines paraguayos y los jazmines chinos (por qué estos gentilicios, ni idea), que la gente estaba más contenta, que los perros movían la cola como locos. En unas noches ya se perfumará el aire y los amantes se buscarán  y se reencontrarán.   Y es en estos días ya desde hace unos años que releo religiosamente el comienzo de Resurrección, de Tolstoi, en presente de indicativo, como si ya fuese un ritual en mi vida más importante que la Navidad impostada por el gran imperio católico: En vano los humanos, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuran mutilar la tierra sobre la cual se apretujan; en vano la cubren de piedras para que nada germine en ella, pero la primavera es la primavera, incluso en la ciudad. Todo está radiante. Unicamente los humanos, los adultos, continúan atormentándose. Yo también busco mi amante, yo también siento como todo comienza de nuevo su ciclo. Cada cual tiene el suyo.

 

María Crista Galli (1985, Buenos Aires) no se define experta en ningún área específica salvo la inquietud. Todo se mueve menos el cambio es el lema taoísta que mejor define su forma de aprendizaje y de vida. Su pasión se extiende desde la traducción, que estudió formalmente, hacia distintas áreas artísticas y culturales, como la danza, la poesía y las artes plásticas. Actualmente cursa estudios de floricultura en la Universidad de Buenos Aires.  Su objetivo es lograr un ensamble de todas las áreas que la apasionan, principalmente de la escritura y la botánica.