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Llegó al taller mecánico pensando que si se trataba sólo de una limpieza de inyectores, la sacaba barata.

Observó a Ramón en el fondo, agachado, casi un santo que comenzaba a administrar milagros en un quirófano monumental. Una racha de luz se colaba por el techo de chapa y enmarcaba su cara gruesa, rematada por una barba mefistofélica, mientras calentaba en un anafe un jarrito con mate cocido.

Apenas Ramón vio a Pedro, dubitativo en la entrada, se acercó y lo abrazó.

Pedro apretó los ojos y esperó la peor de las noticias. Pero Ramón, como todo hombre mayor que recicla su vitalidad absorbiendo y procesando rumores para crear secretos en lugar de chismes, ya sabía todo: “que cagada lo de tu viejo… Pero todo pasa, vas a ver, hay que ser optimista, nadie se va a enterar. Y además todos metemos la pata por una mina alguna vez, no tenés por qué avergonzarte.”

De inmediato, como si se hubiera referido a un hecho que no admitía más digresiones, cambió de tema y le dijo que en principio su Peugeot tenía un problema por el que todos los autos diesel en algún momento pasaban: el alternador no se excitaba. Había tenido que sacarlo y cambiar el regulador de voltaje: “pero eso es lo de menos, una vez que empezás, hay que encontrar el problema de fondo, y lo encontré…” Pedro sacudió la cabeza y pensó en voz alta: “Puta madre”, pensó Pedro, “soplé la tapa”.

Ramón, como si leyera su mente, dijo: “no es tan grave como soplar juntas, pero por ahí anda. Vení”, y lo guió hacia una oficina lateral repleta de papeles, herramientas, tuercas y repuestos averiados. El teléfono empezó a sonar. Al octavo timbre, Ramón atendió, como si sólo la insistencia y el deseo justificaran su respuesta. A los diez segundos, antes de que el cliente del otro lado terminara con su exposición, se disculpó: “estoy ocupado, llámeme en media hora”. Entonces Pedro no pudo aguantar más: “Ramón, vamos al grano, ¿qué encontraste”.

Ramón se mantuvo en silencio, mirándolo a los ojos con una mezcla de ternura,  piedad y codicia. “Qué querés que te diga: rectificamos los excéntricos de levas, las semiarandelas axiales, lo hacía ahora o ibas andar con el hipo para siempre… Yo sé cómo querés a este bicho, fue una operación a corazón abierto, no te voy a cobrar hasta que no salgas del pozo, lo de tu viejo te debe estar comiendo en carne viva. Estas cosas hay que hacerlas cuando estás en la lona, te levantan, es como pintar la casa. En tres meses te acepto guita”, dijo y amagó con abrazarlo.

Aunque tenía que caminar diez cuadras y temía que en el trayecto alguien del barrio lo reconociera como el hijo de Víctor, volvió a pie. La vergüenza esperaba a la vuelta de cada esquina. Sin embargo algo le dijo que enfrentar a la gentuza era la mejor manera de desmarcarse de su padre. Imaginaba que la frontalidad en lugar de la evasión o la timidez a corto plazo coartarían la cadena de rumores y la familiaridad terminaría por disolverse. Si se plantaba nadie asociaría su individualidad con la del hombre que por celos había apuñalado a su amante frente a su hijo de cuatro años.

En ese kilómetro, evocó el momento en que un patrullero de la policía se había presentado en la puerta de su casa, un día antes, para anoticiarlo del crimen e instarlo a prestar declaración. Aunque había contestado que no sabía nada de su padre desde hacía un año, los oficiales le respondieron que su condición de hijo lo volvía testigo imprescindible de la causa. Si no quería ser declarado en rebeldía, tenía que prestar declaración. Esa breve visita de la policía alcanzó para que los tres o cuatro chismosos de turno esparcieran el rumor: el padre de Pedro era un criminal.

No podía decir que su reputación en el barrio se hubiera visto dañada por esa visita policial ni por los chismosos. Tampoco podía asegurar cuál era exactamente su reputación antes de la visita. Pero probablemente, hasta el día anterior, entrara para la mayoría en la categoría de treintañero honrado, de oficio indefinido, clásico solterón que acopia cosas inútiles “por si acaso” y pide todas noches delivery de comida.

Encontró en el buzón una citación y la dobló en el bolsillo. En el ascensor se le ocurrió pensar que alguien había entrado furtivamente a buscar evidencias. ¿Pero qué evidencia podía haber en un crimen, más allá del crimen mismo? Abrió la puerta de su departamento bruscamente y del otro lado no aparecieron rastros de un visitante clandestino sino una mujer entera, sentada en el sofá, bajo el arco de luz que atravesaba el ventanal. Estaba cruzada de piernas. Llevaba botas negras y medias caladas de un gris topo. El pelo lacio le caía sobre los pómulos con una simetría impecable que volcaba en la cara algo incorruptible y angelical. La luz plena del mediodía la volvía una desconocida. Barajó tres opciones: era una vendedora de seguros de vida, otra amante de su padre que venía a reclamarle una deuda, o una asesina a sueldo. Le preguntó cómo había entrado. “La puerta estaba abierta”, le contestó ella con una sonrisa y apoyó la punta de la lengua en el labio inferior, más carnoso que el superior. Él trató de recordar cómo había salido a la mañana del departamento. Se había ido apurado, sin desayunar. Tal vez hubiera dejado la puerta abierta. No podía asegurar que no hubiera sido así. Le había ocurrido dos veces y un vecino lo había alertado, incluso con él adentro, una vez que regresó muy borracho. Se dio cuenta entonces de que había errado la pregunta: “¿por qué entraste?”.

“¿No te acordás de mí?”, contestó ella, como si esto explicara la intrusión. Juntó las manos y en los nudillos se formaron finísimos pliegues. Las uñas largas y pintadas del mismo tono carmesí que los labios, delataban el cuidado de una mujer que, calculó Pedro, debía rondar los treinta.

“No, no me acuerdo.”

“No me lo explico, Pedro”.

Él se repasó la cabeza desconcertado y simulo acomodarse el pelo. Los ojos grandes de la mujer no se apartaban de él. En su mirada minuciosa se confundía la tenacidad de una indagación policial con la de una seductora.

“Seguís soltero”.

“Sí”, él se detuvo antes de darle información demasiado personal. Observó la cocina, los ceniceros con colillas de cigarrillos y los vasos y platos abandonados sobre la mesa. Volvió a mirar las manos de ella y no encontró ninguna alianza. Ella descruzó las piernas y apretó las rodillas. Él no pudo evitar imaginar su ropa interior: encaje y puntillas.

“Hay parejas que conviven como si fueran dos solteros”.

“Esto no es normal. Podría llamar a la policía. ¿Qué estás buscando?”

“Te estás equivocando de pregunta”.

Pedro entonces se encogió de hombros. Si la afirmación de ella no hubiera arrastrado en la entonación una suma dulzura, lo habría tomado como una provocación. Se corrigió:

“¿A quién estás buscando?”

“Estaría buscando a tu padre”, y antes de que él replicara algo, agregó: “ya sé, está preso”.

“Otra amante”, pensó Pedro. Desde que Ramón, unas horas atrás, lo había evocado, el fantasma de su padre lo seguía a todos lados.

“Te gustaría saber quién soy… No soy una amante, tu papá no me debe nada”.

“¿Entonces por qué perdés el tiempo?”

“Simplemente quería conocer al hijo del hombre que mató a mi hermana”. Se puso de pie y camino con elegancia hacia la puerta. Las medias caladas abrigaban unas piernas que las botas con taco volvían ejemplares. Pedro, como cualquier otra persona en su lugar, atinó a pensar que ella iba a volverse para insultarlo o darle un balazo en el pecho. Pero salió. Recién en ese momento él identificó sobre la mesada de la cocina un ramo de flores con una tarjeta y pensó, algo desanimado, que al final las historias de amor nunca empiezan, porque las mujeres en la vida de los solitarios entran y salen de escena a destiempo.

 

Oliverio Coelho (1977, Buenos Aires) escritor y crítico argentino. Publicó las novelas “Bien de frontera” (2015), “Un hombre llamado Lobo” (2011), “Borneo” 2004), “Ida” (2008) y “Los invertebrables” (2003), entre otros libros.