Narrativa: “Sobre las flores y las pinturas de Pierre Bonnard”, por María Crista Galli

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Cuando brotan las primeras flores en el campo, brota también, dentro de la flor, un instinto sideral. Las angiospermas crecen desde las yemas que revientan y despliegan fuera todo su aroma. La alquimia de los pigmentos acumulados en las células pixeladísimas de los antófilos visten de a poco a las plantas. Nuevos vástagos carnosos se extienden desde las axilas de las ramas, decusadamente o formando escaleras de caracol. Del griego  angeion  que significa “vaso”, es decir, receptáculo que oculta algo en su interior, ello es una flor. Y éste término deriva a su vez de la raíz indoeuropea ank, que se usa tanto en el griego para “doblar”, como para  “necesidad” y “angustia” (griego anagke).  Es interesante la  fuerte interrelación entre estos significados. La flor sería un recipiente insidioso, que encierra y oculta su intención, es decir, a la espora, luego a la semilla, es decir, protege su necesidad de esparcirse en la continuidad del tiempo con  un atavío de su propia voluntad. Pero ese camuflaje también le sirve de carnaza.  Y es ante esta necesidad vital que se curva su normalidad, su aspecto, su comportamiento. Se embellece hasta la angustia de saber que luego de fecundarse, muere. En cambio, la mujer desnuda de los cuadros de Bonnard, como la gimnosperma  (literalmente, semilla desnuda, o sea, plantas primitivas con la semilla desnuda, expuesta, sin flor) no puede esconderse;  mantiene una fuerza distinta, interna, invisible; es a su vez tan susceptible que corre el riesgo de que, al exponer demasiado su ser, se la quiera ocultar, o hasta aniquilar.

Sin embargo, Bonnard es lo suficientemente cuidadoso de no violar el tiempo sagrado de estas mujeres, de no meterse en el angios o recipiente que pasa a ser el baño, el dormitorio y el vestidor, también la piel desnuda porque la casa es nuestra tercera piel decía Hundertwasser, y mirar de afuera como un buen voyeur. Respetar ese momento  sagrado es ir contra el sistema capitalista que se evidencia letal en el instante presente e íntimo. Mostrar ese instante intacto y pío es  recuperar la belleza en plenitud, en camuflaje, en flor, un disfraz irreal,  en total descanso, sin pintar ninguna pose  ni objeto que deje en evidencia que tal vez, con seguridad, haya otra realidad después y detrás de ese momento de paz.

 

María Crista Galli (1985, Buenos Aires) no se define experta en ningún área específica salvo la inquietud. Todo se mueve menos el cambio es el lema taoísta que mejor define su forma de aprendizaje y de vida. Su pasión se extiende desde la traducción, que estudió formalmente, hacia distintas áreas artísticas y culturales, como la danza, la poesía y las artes plásticas. Actualmente cursa estudios de floricultura en la Universidad de Buenos Aires.  Su objetivo es lograr un ensamble de todas las áreas que la apasionan, principalmente de la escritura y la botánica.

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