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Tenías cinco cuando se te cayó un diente por primera vez. Habías estado quejándote los días anteriores. Te dolía y te ponías nerviosa. Yo te decía que ibas a quedar horrible, que no ibas a poder comer porque se te iba a caer la comida por el agujero y vos te morías de risa. Mordías de costado y me mirabas a los ojos cuando le clavabas los dientes a la comida. Era sábado. Te habías despertado a eso de las nueve y me gritaste para pasarte a mi cama. Viniste con tu almohada y te metiste al lado mío. Pegaste tu espalda contra mi pecho -sabías, hace rato, que ahí ibas a caber perfecto por muchos años-, te rodeaste con mi brazo derecho y dormiste un rato más. Yo me quedé mirando hacia la ventana, ancha como casi toda la pared de mi habitación. Por esa ventana y la de tu pieza, cuando tenías seis meses, decidí que esta fuera nuestra casa. Miraba la luz entrar por el postigón metálico. Cuando era chico, en lo de mi mamá, compartíamos habitación con tu tío. Los fines de  semana, siempre me despertaba antes que él. Y me quedaba callado. La ventana de ese cuarto era gigante. El vidrio iba del piso hasta el techo y tenía una persiana de madera que no hacía falta levantar. Con la correa, podías dejar las maderas horizontales para que entrara la luz del día. Yo me despertaba y miraba la ventana. Me gustaba adivinar si afuera estaba nublado o lindo con la persiana cerrada. La luz del día se colaba en la habitación. Por cómo lo hacía, yo sabía los detalles del cielo. Cuando volviste a despertarme, pensaba que aún no había desarrollado esa habilidad en esta casa. Me recordaste que era sábado y me pediste huevos revueltos con queso blanco y un té con leche. Yo debía avisarte cuando todo, incluso mi tostada, mis huevos y mi café, estuviera servido. Siempre te llamaba un rato antes, porque tardabas en salir de mi habitación, ponerte las pantuflas, ir al baño y venir a la mesa con cara de menos mal que todo está listo. Poníamos música, como cuando eras muy chiquita, pero elegíamos los dos, “algo que nos guste a los dos”: listas de Spotify eternas de Virus y Los Abuelos de la Nada. Unos meses antes me habías preguntado qué significaba que “aquí no hay luces de escena y algo en mí no se serena”. De Los Abuelos, preferías las que había compuesto Calamaro, pero que cantaras a los gritos “Lunes por la madrugada”, de Miguel Abuelo, me emocionaba. A la mañana, con tiempo, eras muy segura. Devoraste los huevos, apenas probaste el té, me diste un beso por arriba de la mesa y te fuiste a jugar. Yo seguí sentado. Escuchaba tu voz hacer los diálogos de Barbie y Ken. Se saludaban, se preguntaban qué querían desayunar y planeaban qué harían después. Para ellos también era fin de semana. Yo quería salir. Convinimos que ibas a seguir jugando mientras yo ordenaba. Barbie y Ken cantaban. Desconociste nuestro acuerdo y nos peleamos. No querías vestirte, no querías lavarte los dientes, no querías ir al cine ni a comer al barrio chino. No querías hacer el plan que habías dictado. Te recordé que la película era sobre cuentos de Pescetti, que el barrio chino estaba lleno de chinos. Vos me gritaste y yo te grité más fuerte. Saliste disparada del living para tu habitación. Llorabas. Barbie y Ken se habían callado. Pasó un rato y fui a verte, sin que te dieras cuenta. Estabas acostada en tu cama deshecha, boca abajo. Tenías las pantuflas puestas, con los pies afuera de la cama. Me hacías caso sin darte cuenta. Al rato, con enojo impostado, viniste al living a decirme que bueno, que te vestías y nos íbamos. Amagaste con enojarte de nuevo porque no nos daba el tiempo para ir en bicicleta. Agarraste una muñeca. Arriba de un taxi, apoyaste la cabeza en mi cuerpo y suspiraste. En esa época, sólo querías salir conmigo si venían los abuelos o los tíos.

Te asombraste cuando viste que el cine quedaba arriba de un supermercado. Se entraba por el supermercado, por unas escaleras mecánicas al costado de las cajas registradoras. Me dijiste que podíamos comprar lavandina y galletitas para ver la película y te reíste. En la sala, éramos los únicos. Te dije que podíamos sentarnos un rato en cada asiento hasta apoyar el culo en todos las butacas y te reíste de nuevo. Te había comprado pochoclo. Te preocupaste porque dieron trailers en inglés, pero me creíste que las películas para chicos son en castellano y estuviste casi dos horas en silencio. No eran dibujos animados. Casi todos los actores y actrices eran nenes y nenas. Nada te dio miedo, ese miedo que te daban las escenas de incertidumbre en las que las misiones de los buenos se ven amenazadas por los malos. Sólo hablaste para sacarme la mano de la bolsa de pochoclo. Saliste contenta, aunque en el hall, de la nada, me aclaraste que no irías a hacer pis. Debías haberlo visto en mi cara: yo me estaba meando, pero la ciudad no está preparada para que un papá que pasea con su hija haga pis. Bajamos al barrio chino. Me dabas la mano, aunque no tuviéramos que cruzar la calle. Desde arriba, te veía el pelo, anudado con la colita que me dejaste hacerte a las apuradas antes de subirnos al taxi, y el flequillo -vos discutías a muerte con cualquiera que el flequillo no era pelo- corrido con una hebilla. Me preguntaste cómo sabía que estábamos en el barrio chino. Comimos en la calle, con las camperas desabrochadas, al sol, en un banco sobre Arribeños. Te comiste un tubo de sushi de salmón con la mano. Casi entero, sin cortar, y probaste un pedazo de una de los panes rellenos de cerdo que elegí yo. Compramos un gato dorado a pilas, de esos que saludan infinitamente con una de sus manos y caminamos a tomar el colectivo. Me pediste ver Netflix hasta que viniera a buscarte tu mamá. Apenas entramos, ella avisó que vendría un poco más tarde. Ya sabía que iba a ser imposible sacarte de mi cama, de enfrente de la tele. Quisiste merendar leche y Pepitos. Gritaste. Yo ordenaba en la cocina. Tus pasos retumbaron sobre la madera cuando bajaste de la cama. Llorabas y te reías. Yo lavaba las cosas del desayuno. Traías el diente en la mano. Lloraste fuerte cuando te tiraste en mis brazos. Dijiste que te sangraba, que llorabas porque te sangraba. Te llevé a upa hasta el baño. Te hiciste buches y se te pasó el llanto. Y empezaste a reírte. Estabas tentada. Yo también me tenté. Me pediste que te sacara una foto de la boca agujereada y otra del diente. Se las mandamos al abuelo, a las abuelas, a los tíos y las tías. Llamaste a tu mamá y te reíste porque el diente se te cayó estando conmigo. La primera vez que había llorado delante tuyo había sid dándote de comer, en casa. Todavía usabas silla alta y babero. Hubo muchas más. Los fines de semana, escuchando música a la mañana, decías “ay papá” cuando sentías ese ruido inequívoco de mi respiración, del que luego sólo puede venir llanto. Me trajiste el celular. Me viste llorar y me abrazaste. Cuando tu mamá tocó el timbre, ya estabas lista hace rato. No me dejaste ni contestar el portero eléctrico. Cruzamos el pasillo largo que da a la puerta de calle y te vi abrazarla y meterte en el auto. Cuando ya estabas adentro, y tu mamá me decía chau con un beso, me dijo que qué loco, que tu primer diente se había caído el día en que se cumplían once años de que ella y yo nos habíamos conocido.  

 

Martín Kolodny es periodista, docente y productor. Pero, esencialmente, es redactor. Nació en la Ciudad de Buenos Aires restablecida la democracia y tuvo la suerte de crecer en una familia que lo cuidó. Cuando logra hacer más de lo que piensa, es más feliz. En Twitter es @martinkolo.