“Helena de Lobos”, por Gabriela Clara Pignataro

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Cada tanto algún sepulturero lava las flores de plástico de quienes fueron cremados y las reparte a su gusto. Los falsos gladiolos atados a los crisantemos, las rosas con las nomeolvides, las margaritas solas. No hay flor que pueda juntarse con la margarita. Hay que tener un resentimiento muy grande para regalar margaritas de plástico, habiendo tantas flores teñidas que soportan mejor el abandono de los parientes, pensaba la Difunta. Ser un muerto es un mal negocio. Para el finado, claro. Para los que siguen del lado de los vivos, un cajón que se cierra es un puñado de billetes que se reparte.

La profanación de tumbas en el municipio de Lobos era casi un deporte regional. Falta un corazón en la bóveda de los López. Un hígado a medio extraer atrajo a una manada de cimarrones. La cara de Sandra Parriali , ex reina de belleza, ha sido destrozada de un hachazo: se llevaron sus preciados ojos y la lengua. Así, el obituario de titulares ocupaba alguna que otra doble página en el diario de los domingos. El comentario sobre el tema no pasaba del segundo o tercer mate. En ese pueblo, llegar a finado con todos los órganos ya era un suceso. Después de eso, de los cuerpos se ocupaba Cristo, el Diablo, el desollador, en quien se creyera. La verdad es que ni Cristo ni el Diablo sabían abrir cerraduras y franquear ataúdes. La banda de profanadores sí. Habían hecho de la intromisión al camposanto un oficio y una chacra de billetes. No eran atracadores, ni ex-convictos, ni siquiera tenían prontuario: se habían vuelto profesionales con el tiempo y las malas rachas del campo. La falta de trabajo, las heladas y las pocas cosechas los reunieron un mediodía en la parrilla Los Gomeros ante el llamado de Tony. Tony tenía un compadre en Bahía Blanca que nunca tenía trabajo y siempre tenía plata. El compadre le había soplado un asunto: había desembarcado en Bahía una secta filipina que tenía muchos adeptos en la clase alta de la zona. Y hasta algunos viajaban desde Comodoro Rivadavia y Viedma para asistir a las celebraciones de purificación y rejuvenecimiento. Los ritos de sanación requerían cánticos, rezos y vísceras. Pero no cualquier víscera servía. La condición de su pureza radicaba en su vida anterior: sólo podían ofrendarse restos de muertos que no hubieran cometido crímenes violentos. El asesinato corroía las fibras de la carne, decía el monje. También se necesitaba variedad: cada órgano sólo curaba, o así decían, a su homólogo: ojo por ojo, páncreas por páncreas, corazón por corazón. Entonces ahí entramos nosotros muchachos, por cada pieza nos pagan entre diez mil y veintemil. En Bahía no se puede hacer porque hay mucho control en el cementerio. Pero acá…Los muchachos lo miraron fondeados de vino. Era cuento pero era guita. Sin decir nada, miraron al pingüino vacío en señal de acuerdo. ¿Che Tony lo del crímen corre para los bichos?No hay un cristiano acá que no haya matado una vaca, un chancho, una mulita. Si es así estamos fritos. Tony engullió el sánguche de vacío sin contestar. Y todos entendieron. Así empezó todo.

La Difunta los había observado cada noche, como ratas repitiendo el laberinto hacia el corazón de queso. Después de la medianoche, el sepulturero de turno se iba por el pasillo al fondo de los nichos a preparar su mate, siempre a la misma hora. La radio despedazaba el himno nacional. Los de grafa, entraban por la puerta lateral, que quedaba sin llave por olvido. Se hacían la señal de la cruz al pasar por la capilla, extendían las manos con las ganzúas listas. Caminaban enfilados entre los árboles como soldados sin patria, hasta las bóvedas dónde los recién llegados esperaban su ubicación final al día siguiente. Alguna vez el óxido oponía resistencia y no había otra opción que romper algún vidrio. El trabajo con la madera era bastante sencillo: algunos cortes limpios en las tapas sin brillo, pero con cuidado. No fuera cosa de lastimar algún tejido, todavía en buen estado. Es admirable que el cuerpo proteja la vitalidad de sus partes. Una especie de ofrenda para los que no temen hundir las manos en los finales.

Pocos de los habitantes de ese cementerio podían retornar y mezclarse con los vivos. El trauma de la profanación dejaba heridas más severas que los golpes. Si de algo se está seguro de ese lado de las cosas, es que la memoria es eterna. El dolor se multiplica y nunca termina. La mesa de transbordo ubicada en el sótano de la Municipalidad y conformada por los muertos fundadores del pueblo de Lobos , otorgaba pases a fallecidos en buen estado por tiempo indeterminado. Ya habían tenido malas experiencias con los profanados, por eso por decisión unánime habían vetado su retorno. El delirio y anhelo por los órganos fantasmas les provocaban brotes, temblores y expulsión de fluidos putrefactos.Cuando las condiciones de visibilidad lo permitían (una cierta temperatura y presión atmosférica), irrumpían en pleno día, en la plaza o en el mercado provocando situaciones de mucha angustia a los lobenses que nunca se acostumbraron a las apariciones. Lo que no sabían era que estaban rodeados de muertos de bajo perfil.

Los retornos les permitían a los muertos fundadores, seguir en buenos términos con las nuevas autoridades. Devolvían en secreto amantes o mascotas añoradas al intendente, o al tesorero, y a cambio de eso sus nombres permanecían en las calles, sus bustos de bronce en las plazas, sus apellidos decorando los salones del Círculo Social.

La Difunta esperaba. Tengo todo el tiempo del mundo. A ella la habían dejado volver, le habían regalado esa vuelta de sortija. En realidad había sido un castigo: los suicidas no merecen ocupar la tierra para que otros descansen en paz. Los muertos fundadores que todavía eran muy devotos de los Santos Evangelios, habían firmado su pase con el goce de verla penar. La Difunta, Dorotea su nombre en viva, no tenía a quien visitar ni cuidar. Ni siquiera algún familiar al que acechar y tirarle de las sábanas. Estaba sola. En realidad nunca había estado acompañada. Sus padres habían desaparecido, pasó su infancia pupila en un convento. Luego heredó una finca dónde sólo crecían cardos que alimentaban a una cabra enferma.Vagó por los bares.Se casó con alguien en otra provincia y lo dejó. Después se aburrió y se mató. Roció las paredes de la cocina con una mezlca de kerosene y perfume, se curvó las pestañas, se enfundó en el último vestido  de la tienda Rosa María y encendió un Virginia Slim. Ahora se sentía bastante mejor. Reposaba donde quería, fumaba, tomaba, robaba alguna prenda que le agradaba y seducía a algún puber desprevenido en la ruta. Entonces volvía al nicho y buscaba charla con otros. La eternidad te vuelve más conversadora. Le apenaba que a Sandra Parrialli no la hubieran dejado volver. Con la ex-Reina de la Belleza hubieran sido una dupla imbatible en el cementerio y en la noche.  Sin su lengua larga y sedosa, sin sus ojos de gringa soltada al monte, Sandra no tenía motivos para vivir. Bueno, vivir, eso que ella estaba haciendo. Ser la suicida era su manto protector. No querían sus órganos, los muertos fundadores no la estimaban cerca, ni la ofrecían de intercambio. La difunta Dorotea era libre.

Dorotea pasaba las madrugadas emprolijando las tumbas. Regaba las plantas y limpiaba las lápidas con saliva. Y observaba cada movimiento del cementerio noche tras noche. Siempre le había parecido cosa bien triste los muertos sin sepultura, los ataúdes abiertos, las fosas comunes. Pocas cosas había guardado en su memoria de su infancia en el convento. Pero sí recordaba con odio cuando habían encontrado el cuerpo de su padre en un predio militar. Apareció tu papá Dorotea atea, la cantaron las compañeritas pupilas. Porque Dorotea no rezaba y se escondía en los confesionarios a tomar el vino de la sacristía. Dorotea lloró de rodillas durante horas, pero las monjas no la dejaron volver al pueblo para ir al funeral. “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Mateo 8:21 ” le dijo Sor Misericordia. Después la encerraron en las  celdas de reflexión sin comer ni beber durante un día. Para que purgues el dolor hija. Cuando  volvió a su habitación le habían sacado todos sus libros de historia. Para que olvides hija, y seas un cordero nuevo. Dorotea ya no lloraba, tenía furia y rabia.Ella quería ver a su papá, su cuerpo, lo que quedara. Tu papá pagó sus penas. Deja que los muertos entierren a sus muertos, Dorotea. Nunca había sido muy cristiana ni viva, ni muerta. Poco le importaba. Los griegos sí enterraban a sus muertos y lo que las monjas no sabían era su segundo nombre: Helena. Helena como la de Troya, así le había puesto su papá.  Ahora ella, la Difunta Dorotea Helena había vuelto para enterrar a los muertos y a los vivos también. Había buscado a su papá por varios cementerios locales, pero no estaba en ninguno. En las actas figuraba como transferido. A dónde, quien sabe. Los muertos fundadores le negaron hacer algún tipo de averiguación regional. A las suicidas no le hacemos favores. De su mamá tampoco quisieron hablar mesa de transferencia acuática, no tenemos relación alguna con esa jurisdicción. A Dorotea Helena sólo le complacía la idea de venganza. Le había tomado una vida entera y una muerte poder hacerlo. Pero era paciente. Tengo tiempo, todo el tiempo del mundo y no tengo nada que perder. Planificó con precisión y exactitud. Primero iba a empezar por los profanadore. Estaba harta de perder compañeros de ruta en manos de esos comerciantes. Probaría distintas formas de aniquilamiento. Ensayaría tácticas: la presión de sus desgastados dedos, la fuerza de sus dientes. Se preguntó si todavía tenían filo. Una vez muertos Tony y sus muchachos, tal vez daría guadaña a algún sepulturero. Por cómplices, por viejos rancios y patéticos. Por tocar a las muertas con esas manos y uñas llenas de grasa y paté.

Una vez entrenada y letal, robaría un caballo, iría al convento. Sor Misericordia iba a ser la primera de todas en caer. Después haría arder la capilla. Como los griegos, como Troya.

 

Gabriela Clara Pignataro (1985, Buenos Aires) escribe, es actriz y fotógrafa. En 2013 estrenó su ópera prima de experimentación teatral biodramática en C.C.Matienzo “Archivo Emocional Desclasificado”. Publicó La última oleada se llevó todo menos esto (Editorial Subpoesía 2013), Eso que no se parte es una respuesta (Difusión A/terna 2014), Muta (Nulu Bonsai 2014), Floresta (LFS 2015), Esto pasa: Poesía en Buenos Aires. Antología (Llanto de Mudo 2015), “Formas de lo invisible. El espectro como cuestión estético-política”(Karmacorp Ediciones, 2017), Tundra (Añosluz Editora, 2018), Tranço cabelo cai um raio(Benfazeja Editorial 2018). Lleva adelante con la directora de teatro Daniela Tuvo, el proyecto documental-audiovisual BORDER/IN, sobre procesos de migración forzada.

Se encuentra trabajando en Proyecto “La belleza random de los días” de investigación fotográfica analógica y en su primera novela. Su poesía fue traducida al francés y al portugués.

Se forma en la Lic. En Artes Combinadas en FFyL y en la Tecnicatura en Pedagogía y Educación Social en ISTLyR. Integrante del grupo de investigación Figuras de lo invisible (PRIG, FFyL, UBA) en torno a visualidades contemporáneas y representaciones estético-políticas.

Fue colaboradora en www.artezeta.com.ar, mironaartistica.blogspot.com.

En 2017, fue seleccionada en la convocatoria de Escritores de Bienal Arte Joven Buenos Aires con su poema El lapacho es la imagen de la furia. Participó del Encuentro Iberoamericano de Jóvenes Escritores en La Feria del Libro de La Habana 2018.

 

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