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“Un valor que no tiembla es un valor muerto”.                

Gaston Bachelard

 

1

La mañana que llegué a ese lugar de la sierra el calor era agobiante. Necesitaba bañarme en un río, por horas, y tirarme en una piedra enorme de millones de años. ¿Concretaría mi pequeño sueño?

-Lo más tranquilo que se pueda, y barato, total es esta noche nomás, dije en Turismo.

-Sí, éste, dijo la chica mirando de reojo a otra chica, mientras marcaba con una lapicera bic el mapa de la sierra.

De este lado las cosas se veían mucho más serenas y pueblerinas que del otro lado. Tanto, que un poco me impresionaba. “Cuánto tiempo tarde en venir”, pensé medio melancólicamente, sentado en un restaurant. Recuerdo que unos amigos de la facultad se la pasaban acá en el receso invernal. ¿Por qué no venía yo? Ahora veo todo más plano, no tan fantástico ni loco como lo veían mis amigos; no sé si me gusta más. Algo me perdí de eso y algo se pierden ellos hoy, que no están acá. Acaricio un gato mientras como, cosas que en otro momento hubiese evitado: comer en un restaurant céntrico y acariciar a un gato. Pero la cosa está bien: no tiene nada de malo este lugar y la comida es buena, y el gato especial, gordo, de un color cremita.

Como avisé que iba después de almorzar, en el nuevo alojamiento me esperarían; no me apuré y comí tranquilo, mirando a una familia de lo más normal. No me demoré tanto: quería aprovechar el calor así que pagué y busqué el hospedaje. Que la habitación diera a la ruta y se oyera todo, me perturbó bastante; pero era una noche sola, y además, la dueña del lugar tenía cinco hijas, ¿qué podía molestarme? ¿No era como haber llegado al paraíso? Un tanto sí. Dejé los bolsos y le pedí agua caliente para el mate a una de las cinco chicas. No estaban todas juntas, naturalmente, pero dos o tres andaban por la cocina. Una de ellas, Mariana, preparaba el almuerzo: tarta casera.

-Si hubiese sabido…, dije en broma.

-Ya tenés el agua, dijo Mariana.

-¡Qué bien! ¿Conocés algún río que esté bueno cerca?

-Sí, La Gloria, a un par de kilómetros. Vos andás en auto, es cerca.

-Voy ahí. Te hago caso.

-A la noche venite a nuestro bar, te sentás en la barra y conocés a todos los personajes del pueblo. Hay cerveza tirada y hamburguesas caseras.

-No dudes que a la noche estoy ahí.

La mirada de esta chica era encantadora, y tener un plan así, inesperado, me pareció de lo mejor del viaje hasta el momento. ¡Cinco hermanas! Se deleitaba mi corazón…

-Ah, ¿cómo llego a ese río?

-Vas derecho y pasás el vado, seguís derecho, a la tercer tranquera te metés. No tenés cómo errarle.

Agarré el termo, el auto y salí. Los lugareños suelen exagerar con la belleza de los lugares, de todos modos uno tiene que confiar, sino no funciona mucho. El camino era bastante complicado, pero nada comparado a una pendiente que había hecho el día anterior donde me había temblado todo el cuerpo. Más que nada la cuestión pasaba por atender bien a las indicaciones, cosa que por pereza no hice y me perdí. Entré a una tranquera luego de un rato de manejar despacio entre la fabulosa tosca del camino. Había un tipo, entre trapito y banderillero, que me hacía señas para que entrara el auto en un balneario. Lo cierto es que estaba el trapito y su señora, ancha en una silla, con un talonario, lógicamente ordenando números. Me cobrarían, no tenía la menor duda. No, al final no era el balneario que me habían recomendado, La Gloria, y tuve que dar marcha atrás, literalmente. Me disculpé pero mucho no les importó. Salí a la ruta de piedra de vuelta y al parecer, después de pasar el famoso vado, que dividía un balneario muy popular y del que estaba completamente seguro que no bajaría jamás, entré en una tranquera, la primera. Al toque me di cuenta de que había vuelto a equivocarme, parecía que me lo hacía a propósito. La espera y el calor me impacientaban. El camino era angosto, al costado árboles gruesos y espinillos (esos que te rayan el auto), no parecía apropiado dar marcha atrás, al menos no estaba seguro, ni siquiera creo que lo pensé, ansioso por llegar. Seguí como quien sigue una liebre, de ese modo porfiado, sufrí lo incierto de su derivación – ¿podía caerme a un precipicio?–, hasta que di con una especie de rotonda natural. Al costado había una casilla sucia. Y decir sucia era ser generoso. Daba miedo la mugre que tenía. Aspecto que aumentó mi mala impresión sobre el sitio. Pero ya estaba ahí. Y no tardó en asomarse un flaco, pibe, a la ventanilla del auto.

-Hola, ¿acá es el balneario La Gloria?

-Sí, yo te cobro cien pesos por dejar el auto.

-¿Por qué tanto muchacho?

-Y, ¡estás en La Gloria!

Le di lo cien pesos sin chistar, y, más que preocupado, le dejé el auto.

-Te lo encargo eh.

-Sé.

Tuve la sensación (y era buena) de que me había cagado, no sólo por los cien pesos, sino porque estaba claro que eso no era un estacionamiento y yo lo sabía, de lo contrario, tendría que haber habido como mínimo otro auto. Y no había ninguno. ¡Qué estúpido era! ¿Por qué se lo había dejado? Temí que a la vuelta le faltaran las gomas o encontrarlo desarmado. Hice unos pasos entre la vegetación, en medio del lamento, y me sorprendí por la hermosura del paisaje. Imponente por donde se mirara. Eso y el calor, sumado al río y sí, había chicas, me hicieron olvidar completamente mi angustia del auto encomendado a quién sabe quién.

2

Al final me quedé en una piedra, leyendo una novela Ian McEwan. Cuando preparé el viaje dudé bastante sobre qué novelas llevar, sabía que no iba a leer mucho, no era la idea, pero sabía también que en algunos momentos, como este, la lectura era la mejor compañía. Sin querer había dado en la tecla, la novela logró atraparme, y el tiempo se suspendía alrededor. Levantaba la cabeza de vez en cuando y veía cómo la gente elegía acomodarse en una playita, no tenía nada de especial ni era más atractiva que mi lugar en una piedra, lo que simplemente hacía que la gente la eligiera era su condición de playita y el amontonamiento. La gente ama el amontonamiento. Yo no estaba en ese plan aunque en un principio llegué hasta la playita, tentado por unos cuerpos tendidos al sol y cualquier tipo de conversación. Lo descarté una vez ahí, los cuerpos no eran gran cosa y charlas podían darse en cualquier parte y momento. Igual, uno busca un lugar, o hace como si, aunque derive en la playita. Allí, en esa arena de río, se instalaban los grupos que bajaban de arriba de las piedras. Miraban de arriba hacia abajo, inspeccionaban desde la altura con sigilo, para luego descender, atravesar el río pedregoso como si fuera una caverna de algún mito griego en pos de la visión de la Diosa, para después golpearse, resbalarse, pasar por encima de mi cabeza y llegar, por supuesto a la playita tan querida. Eso colaboraba para que mi sensación de estar apartado creciera y disfrutara mejor del río y sus bondades.

Las nubes se habían empezado a juntar en algún momento, ya bastante avanzado el día, formando un cuerpo cada vez más denso y oscuro, todavía gris en verdad. No fue la probable cercanía de la tormenta lo que me hizo juntar mis cosas y subir hasta arriba por la escalera de piedra, tampoco el bar que había ahí. Lo que volvió a inquietarme fue el auto. En ese bar de reality show me increparon con estilo.

-Jefe, para estar acá hay que consumir algo.

-Sí, sí, ya sé, dije.

-¿Qué pasó jefe?

-Te quería preguntar si es legal el estacionamiento de allá…

-¿Qué estacionamiento? Acá tenemos el nuestro, acá abajo.

-No, uno de allá, medio raro, hay una casa rodante toda mugrienta. Ahí dejé el auto.

-No, jefe, el único estacionamiento permitido es el nuestro. No hay otro.

-¿Estará bien la cosa?

-No sé, sí, pero…

-Gracias, voy a ver.

Lo que había intuido se confirmaba: había dejado el auto en manos de unos vándalos. “Hay que ser salame”. Con el corazón galopándome, subí las piedras y llegué al falso estacionamiento… El auto estaba ahí, y entero. En una cama elástica, no la había visto cuando lo dejé horas antes, una mujer descansaba en una posición medio fetal; ni se mosqueó cuando encendí el auto y me las tomé. Atravesé el sendero estrecho con ganas, llegué a la tranquera y empecé el retome al hospedaje. ¡Ah, esta vez no me detendría tanto esquivando toscas, lo haría muy rápido! Deseaba un té caliente y unas tostadas con mermelada. El vado con la gente desperdigada a los costados y en el vado mismo era una visión nuevamente extraña. Uno venía de arriba, en velocidad, y tenía la idea de que podía tanto hundirse con el auto o masacrar a los bañistas. Enganché una buena seguidilla de temas nacionales y en media hora estuve de vuelta. La tormenta se había corrido. Ideal para ir al bar y reunirme con las cinco hermanas.

3

Tuve el momento que necesitaba: merendé y pude recostarme después de una ducha. Tirado en la cama escuchaba el ruido de la ruta. Cada vehículo producía su propio sonido en velocidad, por ese tramo se pasaba rápido, era impresionante. Me sumergí en esos sonidos como si fueran ecos veloces del cosmos, y así entré en una especie de sueño, aunque no llegué a dormirme. Sólo descansé el cuerpo. Se acercaba la noche y quería ir al bar. También, por cierto, tenía ganas de pasear por la plaza de artesanos y perderme por las estrechas calles de ese lugar serrano; había desistido visitar un museo que cerraba tarde.

Salí en auto y al toque me arrepentí. Debía tener cuidado si tomaba. Lo dejé en una calle oscura aledaña a la plaza y deambulé un buen rato por ahí entre los puestos de artesanos. Hubo un momento en que sentí vergüenza, ¿qué hacía paseando solo entre la gente y las mesas, sin interesarme por nada? También estaba pasando, entendí, que la distracción de la plaza era breve y comenzaba a aburrirme. Me alejé y me perdí en los barcitos de alrededor; andaba gente por todos lados, con un ritmo por demás tranquilo, incluso cansino. Era temprano todavía. Había salido con tiempo, ni siquiera eran las diez de la noche. Pasé por el bar de las cinco hermanas y pispié: muy poca gente, apenas dos sentados a una de las mesas dispuestas en un patio abierto. En la barra andaban las cinco hermanas, inquietas. Postergué la entrada y caminé un poco más por la plaza. Tuve suerte de que en eso encontrara a un conocido. Charlamos y así el tiempo pasó. Cuando me despedí ya estaba para ir al bar de las hermanas. Tal vez debía hacerle caso a Mariana y sentarme en la barra. Eso fue lo que hice y ella fue la que me reconoció cuando entré.

-Sí, cómo no voy a venir.

-¿Te sirvo una cerveza?

-Sí, de una.

Seguía sin haber mucha gente de a poco entraban grupitos. La Mariana era media bizca, pero tenía ojos muy lindos y me miraba y hablaba. Las otras cuatro hermanas eran, como decirlo, un estereotipo tras otro. La única auténtica era Mariana. Mucha charla no me sacaba, era cierto, el trabajo y la demanda de una de las hermanas, la más recia y la mayor, se lo impedía. La pensaba seducir aun así.

-Hay mesa de ping pong, dije.

-Sí, ¿sabés jugar?

-Por supuesto.

-¿Jugamos?, me preguntó.

-¿Ahora?

-Sí, ¡ahora!

-¿Adónde vas Mariana?

-Se quiere ir a jugar al ping pong, ¿la viste?

-Estás trabajando, Mariana.

La bella censura me dejó helado y sin ping pong. “No quiero que piensen que te estoy distrayendo, Mariana, disculpame, no…”. Ni me miró. Había funcionado óptimamente el reto y, sin rebelión posible, Mariana ya servía una mesa con el porte de moza mundial. Se había precipitado a la aventura, por instinto, como toda hermana menor, se había dejado llevar por el río y se la había comido el tiburón del deber. No el otro. Mi sueño de posesión se derrumbó bruscamente en mi cara. No habría ping pong en ningún momento de la noche ni de la vida entera. Todo se apagó de la forma más burda posible. Pedí otras cervezas, por pedir, al estilo borracho desesperanzado, y seguí ridículamente solo en la barra. De a poco habían llegado los “personajes” del pueblo, pero ya no me interesaba conocerlos, dejó de interesarme estar ahí, haciendo un triste papel. Debía irme. Pagué el total de lo consumido y saludé sólo a Mariana, a los ojos, con un “chau”, seco y vacío.

En el fondo no sé nada de Mariana, ni menos qué hubiese estado dispuesta a hacer fuera de mi fantasía. A la larga me importará un comino. Como todas las mujeres que van y vienen y dejan su relato nocturno. La cerveza me hundió en el sueño. Me había acostado bastante entonado y no oí ni el mínimo motor acelerando en la ruta, de madrugada. Seguí viaje al día siguiente; casi en el momento en que las cinco hermanas estarían yéndose a acostar después de una larga noche de trabajo yo abriría la puerta del auto, pondría la valija en el baúl y la mochila delante, otras bolsas por ahí, pondría música y me iría rumbo a otra parte. Como un tonto adolescente despechado reviviría algo de mi ingenuidad; tan dulce era la Mariana como el dulce casero que hace con sus manos.

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.