“Amante del universo. Entrevista a Martín Reznik”, por Magalí Díaz Moreno

El Gnomo & La Filarmónica Cósmica, grupo creado por Martín Reznik, acaba de estrenar su disco nuevo, denominado Futuro. En esta entrevista nos va a hablar sobre su carrera, sus bandas y  su nuevo disco.

Pablo Mekler

 

¿Cuáles son las inspiraciones fundamentales, en tu experiencia, a la hora de componer una canción?

Creo que, la fundamental, parte de la experiencia en vida. Las canciones que más nos gustan, que más nos tocan son expresiones que vienen de un lugar misterioso. Las que tocan esa fibra común del sentimiento o inconsciente colectivo, como decía Charly. Hay cosas que nos atraviesan a todos, por igual. Las canciones más lindas son las que logran tocar esas fibras comunes. Yo trato de, con el correr de los años, ponerlo de la forma más espontánea posible. Me inspiran los lazos, la amistad, el amor, las personas, lo que pasa en la sociedad, como por ejemplo, la modernidad.

 

Contanos un poco de tu trayectoria artística

Se puede usar, como punto de partida, la grabación de mi primer disco, en el 2003, ‘’El disco del gnomo’’. Digamos que siempre hice canciones. Desde que soy chico, fue una forma de expresión que me resultó natural. Recién a los veinte años, se me dio por grabar y por plasmar un disco como una especie de compilado de canciones de la adolescencia. Lo grabé en mi casa, con los instrumentos que fui consiguiendo: una guitarra criolla, un bajo, un piano, unas percusiones. Participaron amigos. Fue súper artesanal y refleja una etapa de mucha inocencia. Me gusta mucho ese disco y a partir de ahí empezó a surgir todo lo que pasó más adelante. Después se armó una banda para tocar esas canciones. Empecé a conocer a otros músicos que estaban haciendo cosas similares, grabaciones caseras, armando bandas. Tuve una que se llamó ‘La Burgia’, con la que no grabamos nada. De ella se desprendió ese primer proyecto. Al poco tiempo se separó y en 2007 armé la Filarmónica Cósmica.

El primer disco llegó en el 2009, tras haber tocado un buen tiempo con una orquesta de cámara, una formación acústica post Cromagnon. Consistía de percusión, cello, trompeta y yo en  guitarra y voz.  Después de esa primera banda en la que estaba Gaspar Tytelman en percusión, Leila Cherro en Cello, Juanfa Suarez en trompeta y Manuel Toyos en piano, se hizo el primer disco de la Filarmónica, que se volvió un poco más eléctrico. Con el tiempo, esa formación primogénita de La Filarmónica Cósmica fue mutando y se hizo más rockera y más eléctrica. En el 2010, la banda estaba conformada por Pablo Bendov  en batería y Ezequiel Borra en guitarra eléctrica. El segundo disco de esta banda se llama ‘Tres’.

Hasta esa instancia ya había grabado tres discos, uno como ‘el Gnomo’ y dos con la Filarmónica Cósmica. Pero siempre el motor de la banda fui y soy yo. Es decir, son bandas que giran en torno a mi energía y a mis canciones. Mi energía en el sentido de que soy quien propone y avanza con el proyecto. En un momento fue más grupal. Con el tiempo, nos dimos cuenta que era una banda que podía conformar cualquier músico. Y cualquiera que haya participado en discos puede volver a hacerlo.

En 2015 grabé un disco solista, que se llamó ‘‘Las mil y un canciones’’. La diferencia entre los trabajos con bandas y los proyectos solistas es que estos últimos están creados en soledad. Grabo la mayoría de los instrumentos y diseño todo. Los discos con la Filarmónica son procesos grupales. Ese año cambió la formación. Entró a tocar mi hermano el bajo, el Dr. No en guitarra eléctrica, Toto Ciccone en la batería y Rober Ruiz Díaz en teclados.

Con esa formación tocamos tres años. Hace un año se incorporó Alexey Musatov en violín y Manu Barrios en bandoneón. Me propusieron hacer algo nuevo. Yo venía de una situación complicada, con el oído. Me estaba recuperando y me vino bárbaro volver a la formación acústica porque no podía, en ese momento, soportar frecuencias muy fuertes. Fue en diciembre de 2016 que nos empezamos a juntar con Alex y Manu y en el 2017 terminamos preparando el repertorio de lo que fue ‘Futuro’.

Lo armamos como trío y tocamos todos los conciertos así. Para el disco decidimos incorporar algunos instrumentos, como el contrabajo en algunos temas, una percusión muy minimalista en otros, también cajón peruano, charango y voces invitadas.

En 2015 también grabé un disco con ‘Los grillos del monte’, un grupo que inventamos con Jano Seitún, Tomi Lebrero y Facundo Flores. Componíamos y cantábamos los cuatro.

Pablo Mekler

¿En qué se diferencian tus trabajos solistas ‘’El Disco del Gnomo’’ y ‘’ Las mil y un canciones ‘’?

Para ‘‘El disco del Gnomo’’ ya tenía las canciones hacía más tiempo y lo grabé con un tempo, es decir, un clic. Primero, la guitarra, después una voz de referencia y así.

La diferencia con ‘‘Las mil y un canciones’’  fue que los temas surgieron en un juego, durante un lapso de tiempo, allá por 2012. Fueron tres meses en los que subí un tema a Soundcloud por semana. En principio, iba a ser un experimento y luego escuché las canciones, que eran trece. Pensé que se podían trabajar un poco más y lo terminé sacando con un disco.

Otra diferencia fueron los tiempos. ‘El disco del gnomo’ salió en 2003, era bastante joven, creo que las líricas eran más fantasiosas o psicodélicas, si se quiere. En cambio, ‘Las mil y un canciones’ es un disco que pasa por distintos estados.

No hay una lírica común pero sí muchos puntos que se tocan, como historias de amor, de abstinencias. Un  poco de todo. Es parecido a lo que estoy haciendo actualmente.

¿Cómo surgió el nombre de tu banda ‘El Gnomo y La  Filarmónica Cósmica’?

‘El Gnomo’ es un nombre que adopté como seudónimo artístico, a partir de un apodo que me puso un amigo de chico.  Hay diferentes historias y concepciones sobre lo que es el gnomo pero en general se refieren a que es un ser que se relaciona con la naturaleza, la música, lo puro, la niñez, el arte. Básicamente, con la creación. Me gustaba adoptar esa forma figurativa.

‘’La Filarmónica Cósmica’’ se me ocurrió a los quince años, pensando en nombres para una futura banda. Ya teniendo la banda busqué el significado de la palabra ‘filarmónica’ y no es lo que todos creemos. Significa: ‘la amante de la música.’ Y el ‘cosmos’ es el universo infinito. Entonces ‘la amante del universo ilimitado’, sería.

Ahora, a través de los años, decidí aunar los dos conceptos: un montón de músicos amigos. En este momento los integrantes son: Nicolás Echeverría en batería, Javi Reznik bajo, Santiago Garriga, alias el Dr. No en guitarra eléctrica. Alexei Musatov en violín, Manu Careter en bandoneón y yo en voz, guitarra y composición.

¿Cuál fue la recepción del público a esta nueva placa?

La verdad que la gente que lo escuchó, le gustó. Para mí, lo que se dio con este disco es que sintetiza las etapas de estos últimos años. Es más maduro. La música evolucionó más, desde las armonías, los acordes y las letras. Al ser un trabajo con pocos instrumentos y estar tocado mucho en vivo, es muy corporal, generoso y físico.

Es difícil que los trabajos independientes lleguen rápidamente al público y también poder saber el alcance real de quién lo escucha y quién no. Pero puedo decir que la gente cercana nos ha dado muy buenas devoluciones en todos estos aspectos.

Este nuevo trabajo cuenta con colaboraciones de diferentes músicos, como Onda Vaga, Pablo Dacal y Hernán Jacinto. ¿Qué tal fue trabajar con ellos?

Puedo decir que fue bárbaro, con los tres. Cada caso es diferente. Algo común a los invitados es que quedaron muy bien en las canciones que elegimos.

La canción ‘Libertad’, donde participan los músicos de Onda Vaga, suena mucho a los temas  que hacen con su banda. La voz de los cinco queda muy linda. Cuando cantan juntos, se nota que son ellos. Es como un monstruo de cinco cabezas. No estaba planeado que hicieran eso. Fuimos invitando de a uno y unos días antes de la mezcla llamamos a los restantes y se coparon.

(Pablo) Dacal es un genio. La canción que hace en el disco es bien porteña y él tiene una voz bohemia y tanguera.

Y con respecto a Hernán Jacinto… ¿Qué puedo decir? Para mí, es uno de los mejores músicos que tiene este país. Es un pianista increíble.

Los tres invitados, un lujo.

Pablo Mekler

¿Qué opinión tenés con respecto a la escena musical nacional actual?

Me parece que es increíble. Hay muchas propuestas alucinantes. Es un momento muy rico para la música argentina, como suele pasar en los momentos de crisis. Las manifestaciones artísticas se multiplican, por suerte. Creo que está pasando eso un poco. Así que, aplaudo y festejo que así sea. Creo que es el momento de la música independiente, por sobre todas las cosas.

Y, por último ¿Hacia qué horizontes creativos te gustaría direccionarte?

Me gustaría poder ser cada vez mejor músico y, con el correr de los años, abrir más mi cabeza y mi sensibilidad para poder codificar lindos mensajes. Hacer canciones que emocionen y que tengan significados profundos.

No tengo algo definido, la verdad. Pero hay varias opciones. Me gustaría grabar un próximo disco con la formación actual de La Filarmónica, que es un poco más rockera, con el violín y el bandoneón. Pero ahora estamos tocando con batería, bajo eléctrica. Es una power folk band. Tengo ganas hace tiempo de hacer un disco solista que suene más al rock nacional ochentoso/noventoso, como los discos de Charly, Fito y Spinetta. Pero nunca se sabe.

Creo que lo más piola que uno puede hacer es buscar el encuentro con gente talentosa que quiera sumarse a los proyectos. Porque es la forma en la que la energía creativa se alimenta y excede los caprichos que se puedan tener, que a veces sirven y a veces traban. Encontrarse con los amigos, con los colegas es un antídoto. Es un momento político complejo.

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El álbum ‘Futuro’ ya se encuentra disponible en todas las plataformas digitales.

La banda apostó nuevamente al formato acústico y logró un disco de canciones con fragmentos instrumentales, aires de música argentina, cierta reminiscencia al rock nacional de los 70s y al soundtrack, mixturando folk, rock, música de cámara y jazz.

El próximo concierto será el jueves 4 de Octubre, con la formación completa,  en el teatro XIRGU, espacio untref. Chacabuco 875, 21hs.-

Podés escuchar a El Gnomo & La Filarmónica Cósmica en: Spotify

Material discográfico

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Magali Díaz Moreno (1985, Buenos Aires) Desde muy temprana edad, tuvo avidez y fascinación por la lectura. A los seis años descubrió el animé japonés, el humor inglés, las predicciones de Horangel y la mitología griega. Es comunicadora social, Correctora literaria y Licenciada en Letras. Actualmente se encuentra haciendo la carrera de astrología en Proyecto Trenkehué y perfeccionándose en el Tarot y otras terapias holísticas.

Recita poesía en diferentes ciclos culturales y escribe sobre astrología y moda para el diario Clarín en la sección Entre mujeres y sobre astrología y  mitología nórdica para Valhöll, tienda vikinga. Es la coordinadora del ciclo Cabaret del Deseo, sesiones de poesía, arte y música erótica.

Loving this Giant. Una crónica de “American Utopia”, de David Byrne, por Karina Boiola

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Escuché por primera vez a los Talking Heads un mediodía en el trabajo, cuando por venturoso azar la lista de reproducción automática de Youtube hizo sonar Psycho Killer. Feliz algoritmo que me adentró en la hipnótica línea de bajo que caracteriza a, quizás, su más conocida canción. Mi felicidad fue completa cuando reparé en la letra: “I hate people when they are not polite”. Una verdadera declaración de principios.

Un par de años después, recuerdo, ponía el disco Little Creatures mientras volvía del trabajo. Era la primera vez que lo escuchaba porque, confieso, algunos de mis mejores descubrimientos musicales fueron tardíos. Pero ese no es el tema de esta crónica. Vuelvo a esa tarde de principios de 2016 en que, en el subte, descubría ese disco. De repente, Road to Nowhere. Éxtasis. La canción precisa para el momento justo. Un día corriente en un trabajo aburrido, un contexto político que se llevaba puestas las ilusiones que muchos teníamos para el futuro.

Y sonó esa canción: “We’re on a ride to nowhere/come on inside/taking that ride to nowhere/we’ll take that ride”. Una letra que habla de la incertidumbre, sí, pero también de aprender a lidiar con la falta. Y que apuesta por lo colectivo. El camino hacia la nada no se recorre desde el yo, sino desde el nosotros. Byrne invita a seguir ese camino: “Baby, it’s all right’, canta. Y también: “The future is certain/give us time to work it out”. Un coro potente, al mejor estilo góspel, y el ritmo cuasi marcial de la batería, nos animan a tener confianza en un futuro desconocido. Because where’re gonna work it out, no matter what.

En este punto, quien lee se preguntará qué tiene que ver esta experiencia personal con el último recital de David Byrne, en Buenos Aires, el pasado lunes 19 de marzo, en el Teatro Gran Rex. Ya no con los Talking Heads, sino como solista. Para presentar su último disco: American Utopia. Ya verá quien lee que todo tiene que ver con todo, a fin de cuentas.

Utopía Americana se lanzó el 9 de marzo, seis días después de empezar la gira que lleva el mismo nombre. Apenas una semana después de recorrer algunas ciudades de Estados Unidos, el tour se vino a Latinoamérica (y por acá va a andar hasta el 7 de abril, para luego seguir por Europa y volver a Yankeeland). Después de ver el que fue el mejor recital de mi vida, puedo decir que se trató de una apuesta jugada. No porque dudara de que Byrne iba a darnos un espectáculo maravilloso. Sino porque apostó a ir por todo. Y le salió más que bien.

Ese camino que se anunciaba en Stop Making Sense (1984) explotó en American Utopia. En el primero, la puesta en escena se iba armando canción tras canción. Byrne primero, luego se incorporaba el resto de la banda. Los músicos y sus instrumentos se agregaban al escenario por turnos, rompiendo así con los roles estáticos de la formación musical tradicional. En American Utopia, en cambio, ya no hay posiciones fijas, la banda es marchante. Los cuerpos de la batería se distribuyen entre los integrantes del segmento percusivo. Y todos bailan con sus instrumentos en el cuerpo (son uno, músico, instrumento y danza). Una coreografía descontracturada pero, se nota, esmeradamente ensayada y milimétricamente precisa.

La posición que cada músico adopta en la formación tradicional a la que estamos acostumbrados (cantante al frente, batería atrás, guitarras y bajo a los costados, por lo general) sirve, entre otras cosas, para marcar la importancia y la jerarquía de los integrantes de una banda. En cambio, la construcción de la puesta en escena de American Utopia se realiza sobre un espacio vacío al que, poco a poco, se suman las y los músicos. Quienes, por su parte, nunca permanecen fijos. Movimiento constante. Así, el protagonismo (más allá de la figura destacada de Byrne quien, por su parte, casi no tocó la guitarra en todo el recital) se alterna entre los distintos integrantes. Angie Swan en guitarra (la rompió en el solo de “The Great Curve”), Bobby Wooten en bajo, Chris Giarmo y Simi Stone en coros (y excelsos bailarines, también), Karls Mansfield en teclado y Mauro Refosco, Aaron Johnson, Gustavo Di Dalva, Davi Vieira y Daniel Freedman en percusión.

Este espacio vacío, sólo ocupado por la destreza musical y performática de los artistas, evita la distracción que podría provocar la parafernalia de la escenografía, de las pantallas, de las animaciones. El seguidor (la luz que sigue al músico mientras se desplaza por el escenario) recorta, a su vez, el espacio y la temporalidad. Marca las escenas y los cortes. El espacio se conforma, entonces, a partir de un juego incesante de luces y sombras.

Después de una gran actuación de Lisandro Aristimuño y su banda (a quien el propio Byrne eligió para ser su telonero), el recital se abrió con David, solo, sentado frente a una mesa, sobre la cual había un cerebro de plástico. Canta “Here”, de su último disco. Señala las partes del cerebro, camina por el escenario. Es una canción recitada, teatral, muy al estilo “Once in a Life Time”. Los últimos versos se preguntan si ahí, en la masa encefálica, hay algo que llamamos alucinación, si esa es la verdad o es mera descripción. Una pregunta por los límites difusos entre la razón y la locura. Y, por qué no, una invitación a alucinar con lo que estaba por venir.

El público estalla en aplausos. Sí, la primer canción y se aplaudió como la última. Era el comienzo del disfrute multitudinario de quienes fuimos a escucharlo. La segunda, Lazy, una de X-Press 2. Hay que decirlo: el repertorio fue variado y Byrne incluyó de todo. Desde los más conocidos de los Talking Heads (“This Must be the Place”, “Once in a Life Time”, “Slippery People” y, por supuesto, “Burning Down the House”) hasta “I should watch TV”. Una canción del disco Love this Giant, producto de la maravillosa combinación del talento de dos gigantes: Byrne y St. Vincent, compositora y multi instrumentalista norteamericana.

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Ya lo dije. El público se prendió fuego. Los aplausos de cada canción no bajaban de un minuto. Hasta cantamos “olé, olé, olé, deiviii deiviiii”: Acá, una indiscreción. Al lado mío se sentó un chico que, aún desde antes de empezar el recital, estaba muy inquieto. La ansiedad de ver al artista querido. No paró de moverse, bailar, pararse, ir al pasillo, volver a sentarse. En otro contexto vital, probablemente lo hubiera odiado. Pero la algarabía era tal que su energía frenética me contagió un poco, porque, en definitiva, estábamos en la misma. El clímax fue en “Burning Down the House”. Me miró y me dijo: “¡Por qué no se paran todos y bailan!”. Y fue inmediato. Hasta ese momento nos habíamos portado bien, cada cual en su asiento. Escuchar la fugaz melodía que inicia el tema y tirar el Gran Rex por la ventana, fue todo uno.

Sobre la temática que recorre las canciones de American Utopia, Byrne explica: “no describen el imaginario de un lugar probablemente imposible, sino que intentan describir el mundo en el que vivimos hoy día, un mundo que, cuando lo vemos, nos hace preguntarnos si hay otro camino, un mejor camino, un camino diferente”. Y sigue: “Tengo la sensación de que no soy el único que se hace esas preguntas, el único que aún quiere que haya un poquito de esperanza, que no quiere sucumbir ante la desesperación o el cinismo. No es fácil, pero la música ayuda”[1].

“Every day is a miracle/every day is an unpayed bill” dice otra de las canciones que sonaron. Hermosa y precisa descripción del contexto neoliberal que habitamos. Tantos años después del camino que no va a ningún lado, la pregunta (y sus posibles respuestas) sigue apostando por lo colectivo. Por eso, el último tema que Byrne y su banda eligieron cantar fue un cover de “Hell You Talmbout”, de Janelle Monáe. Una canción construida a partir de los nombres de hombres y mujeres asesinados por la policía en Estados Unidos (y Byrne quiere que esto quede bien claro, porque decide contarlo en su precario español). “Say his name/say her name” se repitió incansablemente, así como los nombres de quienes ya no están. Y acá, en esta ciudad del sur del mundo, en medio de un espectáculo lleno de creatividad y energía, por un ratito, pudimos sacudirnos de encima la desesperación y el cinismo.

[1] Citas extraídas de la página oficial de David Byrne: http://davidbyrne.com/explore/american-utopia/about. La traducción, libre, es mía.

Karina G. Boiola (1988, Buenos Aires) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Latinoamericanas de la UNSAM. Ha sido columnista de la revista “Tierra Adentro” (México, CONACULTA).