petiso

Fue un viernes por la tarde que recibí la visita de Carmelo, mi amigo; venía de un pueblo vecino y buscaba salir esa noche a un bar que, según él, reventaba de gente. Yo le dije que no era tan así y no me creyó o no quiso creerme. Tampoco quería decepcionarse. Me dijo que lo pasara a buscar por la casa de sus abuelos. De allí iríamos a tomar algo a lo de un conocido, el Bichi. El lugar quedaba a las afuera del pueblo, plena calle de tierra. Golpeamos la puerta y nos abrió un tipo petiso, que dijo ser el primo del conocido de Carmelo, el Bichi, que vendría en un rato. Como siempre, los planes de Carmelo pasaban de improvisados a sospechosos. El petiso se presentó como Noel y nos invitó a esperar adentro. Yo cargaba una botella de whisky nacional y la abrí apenas Noel nos hizo sentar en un amplio living para nada elegante, más tirando a turbio. Noel se arrimó a la mesa con un whisky mejor, importado, y tres vasos. Parecía de pronto encantado con nuestra presencia, y entonado. Mi amigo Carmelo no era una persona que fácilmente entraba en confianza con desconocidos, mucho menos con alguien que arrancó la charla alardeando sobre su experiencia de tomador de whisky. Para mi suerte al rato se ablandaron y se inclinaron por conversaciones bastante bobas sobre mujeres y política, un tópico al que casi nadie parece escapar en este maldito país. Yo observaba el entorno y el paso del tiempo en un reloj de pared enorme. Como no llegaba el primo, el petiso se iba ensanchando como el rey de la casa, hablando cada vez más al pedo.

Desde muy chico me había habituado a huir de lugares sobrecargados como iglesias e instituciones estatales. Me molestaba especialmente el discurso extenso y el monólogo de hombres y mujeres que creía siempre horribles y aburridos. Tanto que en general me concentraba en un punto, sea el codo de la profesora o la sotana del cura, cualquier cosa menos oír las paparruchadas pasadas de moda a la que tenían adiestrada a generaciones de imbéciles. En esta casa me había concentrado en las vigas que cruzaban el techo, de fierro, que tenían colgadas unas cámaras y arneses. El petiso pertenecía, como se dice, a esa raza de fanfarrones y agrandados que abundan, sin tener una sola virtud ni mérito intelectual. Por eso me parecía un simple nabo. Lo cierto es que empezó de pronto a dárselas de hombre de mundo y qué sé yo qué otras cosas. Que había vivido en Centroamérica, Brasil y Canadá. Que se había cogido a todas las mujeres habidas y por haber. Que la tenía grande y no sé qué más… Carmelo lo miraba entre admirado y sorprendido, mientras tomaba y tomaba whisky con él. Yo pensaba qué increíble, pudiendo estar en otra parte vengo a caer a la casa de este infeliz que da cátedra sobre asuntos incomprobables y estériles, que no ayudan a sacar esta ciudad de la desidia y la burrada. Noel se cruzó de piernas y siguió su cháchara, y del primo ni asomo: ni siquiera una foto.

Ya adentrada la noche, anfitrión total y entrado en confianza con el whisky y la charla, el petiso se sintió libre para contar obscenidades. El pecho se le infló. Dijo haber hecho las mil y unas. “Ven todo eso colgado del techo”, dijo. “Sí, yo te iba a preguntar”, opiné, arrepintiéndome al toque de haber hablado de más. “Me dedico a esto”, comentó con media sonrisa. “¿Al cine?”, lo consultó Carmelo. “Algo así”, dijo medio misteriosamente. “¿Cómo algo así?”, le pregunté. “¿O sea al porno?”. “O sea al porno”, remató. Sin duda: para algunas cosas todavía éramos chicos, realmente no entendíamos del todo a qué se refería eso del porno, por más que nos diéramos cuenta –por lo que hablaba y describía– que practicaba el sexo con distintas mujeres del pueblo. “Soy amante, amante de mujeres casadas…”, explicó ante nuestra cara de asombro. “Amante de mujeres casadas…”: Las cosas que yo tenía que oír. Dejó la frase en suspenso y sugirió con eso que se trataba de mujeres infieles. ¡Claro, y qué otra cosa iban a ser!, pensé. Lo miré a Carmelo porque me sentí verdaderamente incómodo. De pronto transpiré. Se me vinieron a la cabeza un montón de mujeres decentes que imaginé corrompidas por este bochorno de hombre. “La verdad loco, no entiendo qué hacés”, le dijo Carmelo de repente, medio molesto. “Las filmo”, dijo. “¿Quieren? No me vas a decir que quieren ahora”, opinó mi amigo. Noel, ya más turbio, pero siempre con una media sonrisa, como creyéndose vivo y pícaro, dijo abiertamente que sacaba plata con los videos. No era un amante en el buen –o mal- sentido, digamos, sino un vividor. Un chupasangre. Sentí asco, el mismo que debe haber sentido Carmelo, aunque él era mucho más temperamental, más venal como se dice. “Está mal lo que hacés loco”, le zampó mi amigo. “¿Sí?”, le dijo él, “¿y qué?”. “Te digo nomás, no me parece que esté bien loco, y a mí me gusta la gente buena leche”, le volvió a zampar en el medio de la cara. Ya el petiso no estaba recibiendo lo que él quería, que era complicidad, sino un golpe inesperado. Aún fue más inesperado el golpe que yo le di con la botella de whisky en el medio de la cara sin aviso y el “puto de mierda” que le grité, mientras corríamos a buscar la puerta y la calle de tierra y la luz de los faroles en esa agonía nocturna de ese barrio periférico. “No te tenía así, tas re loco”, me dijo Carmelo. “La sacó barata, petiso mentiroso”, le respondí.

 

Ignacio Bosero (1982, Los Toldos). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Publicó Antonio Di Benedetto: el camino sosegado (UBA, 2010), Viaje ritual  (Luciérnaga, 2013), La carne alucinante (Narrativa Punto Aparte, Chile, 2015) y Rugido (Color Pastel Poesía, 2016). Ha reseñado libros de ficción y escrito ficciones para las revistas Boca de Sapo y Polvo. Formó parte del proyecto de podcast de literatura RECITAL: Un escritor elige un cuento y lo lee (2015). Actualmente dicta el curso Cómo leer a Antonio Di Benedetto en la Universidad del Noroeste de Buenos Aires, Pergamino, y es profesor del Instituto de Formación docente 60.