“Sin esperar nada”, por Griselda García

gg, la madre del universo tapa

 

Había llegado a la madrugada con el fastidio de haber estado todo el día encerrada en la pieza. La luz de la calle caía en el empedrado que la multiplicaba en mil matices de lluvia. Habían dado el alerta meteorológico y el agua se estaba preparando para soltar toda la furia.

Traverso se armaba un cigarro con un aparatito parecido a una alfombra sin fin. De vez en cuando detenía la tarea y sorbía el mate ya frío. Yo seguía con ginebra y cada tanto, por no despreciar, le aceptaba un amargo. Cuando venían otros no les servía nada, sólo a él. Cada vez menos, pero venía desde hacía mucho. Algo quedaba rebotando en su cabeza. Parecía que no pensaba pero sí. Algo pasaba ahí adentro.

Yo me sacaba los pelos de las cejas. Siempre con la pincita. Tenía seis dando vueltas. Si al salir me la olvidaba tenía que conseguir una sí o sí. Era un pasatiempo. El espejito, en cambio, estaba siempre. Alguna vez había sido dorado, con un cierre de broche que hacía un clic de intimidad. Ahora estaba grasiento de años de cosméticos baratos.

—Yo te lo hago debutar, no hay problema.

—¿Cuándo te lo traigo? Favor por favor.

—Gratis no. Te hago precio. Por los viejos tiempos —dije. Lo escuchaba sin dejar la pincita.

—No seás yegua.

—Si no que vaya con otra. Pero un buen negocio dos veces no lo hacés. Pensalo.

Dejó extinguir el pucho y se acomodó en el catre, que chirrió. El hijo tenía una noviecita y no quería quedar mal. Que pagara como todos. La primera mujer hay que pagarla del propio bolsillo. Era su deber de padre transmitírselo.

A Traverso lo recibía los viernes a la noche. Venía a eyacular una semana de presiones, se sacaba el asco conmigo. Una vez se enteró que le di su hora a otro y casi más me desfigura la cara. Los viernes son míos, Nancy. Eso dijo. Cada viernes me llenaba el departamento de botellas que, una vez vacías, formaban una pared de cristal. Aparecía cargado de bolsas de mercado con papas fritas, aceitunas, queso y galletas. A mí al principio esa rutina que trataba de establecer me daba ternura. Luego me pareció una estupidez. En el último tiempo, los quesos eran dos o tres distintos, las aceitunas, rellenas y la cerveza había cedido su lugar al vino.

Mucho después, la vida seguía y yo la dejaba pasar como una película muda. Me quedaba toda la mañana en la cama. Recordaba otras épocas de carencia, las comparaba con el presente. Casi siempre lograba sentirme muchísimo peor y lloraba hasta que los párpados se me hinchaban. En un momento tomaba el espejito, me miraba y decidía parar. Agarraba dos hielos envueltos en un trapo y los dejaba derretirse sobre mis ojos. La ginebra bajaba su nivel. Al principio él me decía: pará un poco. Después, se llamó a silencio.

Sonó un trueno. Traverso se armó otro cigarro y lo apoyó sobre el cenicero de lata. Se larga en cualquier momento, dijo y puteó: no encontraba los fósforos. Fue hasta la cocina. A veces hacía una mecha de papel, lo acercaba al calefón y encendía el cigarro con eso. Lo escuché rebuscando entre diarios apilados. Nancy, Nancy, decía, sin fuerza. Yo hacía equilibrio con la silla.

Se oyeron unos tiros hacia el lado del río. Pronto sonaría una sirena y al rato la nada. Así era siempre. Cerca del amanecer la luz teñía con timidez el contorno de los edificios y ni bien una se distraía, el sol aparecía naranja como un tigre. Ya empezaba a clarear. Traverso me pasó un mate.

 —¿Vino Soares? —preguntó.

—Hace rato que no pasa.

—A lo mejor no necesita, ya.

—Si vinieran sólo los que necesitan…

—No te pasés de viva conmigo.

Cuando empezaba a amanecer se ponía nervioso. Un día, más por mimarlo que por convicción, lo invité a quedarse. Al mediodía te amaso unos tallarines, le dije. Se largó a llorar como un chico. Quise armarle un cigarrillo pero se me cayó el tabaco y lloró peor. Vení, abrazame, Nancy, abrazame. Me senté atrás de él en la cama y lo acuné como a un hijo ingrato. No dijo nada, esa vez ni después. Empezó a tranquilizarse y el llanto se desvaneció. Se secó los mocos con la sábana y me dio un beso en la frente. Fue la única vez que me besó.

A veces, durante la semana, pensaba en él. Trataba de recordar su voz, su mirada. Pero no podía. Eran tantos que me confundía. A veces era la boca de Eugenio y la barba de Rubén; otras, la espalda ancha y un poco peluda de Ernesto, o los pies feúchos de Osvaldo. Se mezclaban. La estera de yute, tosca pero útil, había recibido zapatos, alpargatas y mocasines de distintas modas.

—Te pregunté si lo viste a Soares.

—Parala con Soares. Con el nene qué vas a hacer.

—Ya te dije, te lo traigo en la semana. No seás bestia, es chico.

—¿Cuándo te fallé?

—Tenés razón —dijo sonriendo.

Me apartó un mechón de pelo y me miró como se mira a un perro viejo. Se puso de pie. Era la hora.

—Será hasta el viernes —dijo.

—Hasta el viernes.

Dejó la puerta entornada y oí al perro de la vecina. Ladraba al escuchar pasos. Sonó el silbato del vendedor de rasquetas desde su bicicleta. Cada tanto traía figacitas de manteca. Yo le compraba para el mate. Esa vez ni ganas de bajar tenía. La luz había llegado con la fuerza de una verdad que hubiera preferido no conocer. Iba a dejar pasar la mañana sin moverme, mirando las paredes de la pieza y tanteando en la mesa de noche el vaso de plástico lleno o vacío de ginebra. Iba a dejar pasar la mañana sin esperar nada.

 

 

 

Griselda García (Buenos Aires, 1979) es escritora y editora. Estudió Diseño de Imagen y Sonido y Letras (UBA). Publicó los siguientes libros: Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009), Hallucinations in the Alfalfa and other poems (traductor: Hugh Hazelton, Wolsak y Wynn, Canadá, 2010), La madre del universo, (relatos, 2012), Mi pequeño acto privado (2015), Ahora (2016) y Bouquet Garní + SPAM (2017). Se dedica al dictado de talleres de escritura creativa y al seguimiento de obras literarias en progreso. Se desempeñó como editora en La carta de Oliver y Ediciones Del Dock. En la actualidad dirige GG, editorial de narrativa y poesía.

 

 

 

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