“El profesor Campos”, por Nicolás Pose

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El profesor Campos se quedó unos minutos pensando al ver que los alumnos, desinteresados de la evaluación, tomaban los celulares y los palpaban como si fueran objetos mágicos. Él tenía en las manos un libro y le pasó lo que nunca hubiera pensado que iba a suceder, porque por primera vez en su vida, se sintió solo, desubicado, como si ese libro que sostenía, en ese momento, lo hiciera sentir absurdo. Pero el profesor Campos no lo entendía, no podía, cómo, ahora, por primera vez, podía sentirse tan ridículo, sólo por el hecho de leer. Es culpa de los libros, fue lo primero que pensó. Todo es culpa de estos libros de mierda que además de darme cierto placer, algún conocimiento nuevo de vez en cuando, después de eso, no han servido para nada, para una mierda. ¿No alquilo un departamento de dos ambientes donde ni siquiera tengo un dormitorio para mi mujer y para mí por haber leído toda la vida en vez de haber hecho otra cosa? ¿No sería distinto el grosor de la billetera si nunca hubiera leído todos esos libros? Recordó todo el tiempo que había perdido deslizando los dedos por tanto, tanto papel, donde se mezclaban frases y frases y frases, y millones de letras, que combinadas, le habían entregado palabras que originaban en conjunto historias, historias que no le generaban dinero, que era lo que quería ahora. Fechas, hipótesis, nombres de autores, teorías, movimientos de vanguardia, y todo lo que antes le causara placer; ahora, en cambio, sólo podía ver encima de esa tapa que miraba concentrado, un destino de papel, un papel que no lo ayudaba en lo más mínimo, a lo sumo en una emergencia a limpiarse el culo. Y todos usaban el celular como si éste contuviera todo el tiempo que él había desechado en papeles. Tenía tanto papel en su casa que ya no sabía donde meterlo, y eso, que las paredes de su casa no estaban empapeladas como lo hacían antes sus abuelos o sus padres.  Para colmo, hoy en día, toda la gente vivía en ambientes reducidos, reductos, y sólo podían guardar lo necesario y nada más. No era una época para andar guardando o portar papeles. El papel sólo servía para limpiarse el culo y punto. Y el diario servía para limpiarse el culo también. Es por eso que estaba desubicado, el papel lo descompaginaba del momento que todos vivían, lo ponía afuera, como un gaucho dentro de un Farmacity.

Campos arrojó con violencia el libro sobre el escritorio y, por el ruido, los alumnos, asustados, olvidaron sus celulares por un momento y lo miraron. Pero él, ensimismado, con la vista  sobre la ventana del aula, parecía estar del otro lado del salón. Reaccionó y les dijo que se concentraran y siguieran con las evaluaciones.

Hacía años que Campos era docente y diecisiete desde que había comenzado la carrera de Letras en la Universidad. Era imposible olvidar los enormes bodoques de fotocopias que debía leer para dar los finales obligatorios de la mayoría de materias cursadas; y recordaba el interminable trámite molesto en el lugar donde devastaban a los autores con el tráfico de fotocopias que fluía libremente en la universidad y el centro de estudiantes monopolizando las fotocopiadoras obtenía jugosas regalías para luego irse a tomar cervezas. El trámite era molesto. Consistía en sacar un numerito de papel como si fuera el viejo ANSES y tal vez esperar una hora o más, o mejor era dejar una seña para que las copias te las entregaran al otro día, y qué molesto era el verano que estaba recordando, justo ahora, porque haría unos 35 grados, y dentro del centro de estudiantes fotocopiador de libros, ideas e ideologías, hacía 40 seguramente, entre el humo de cigarrillo, algún porro y el aliento de todos los que estaban ahí sumados a la falta de ventanas y de ventilación del lugar. Opresivo. Recordó el olor denso, irrespirable que salía de ese lugar, un aroma zoológico que representaba a estudiantes que esperaban en esa sala que provenían en su mayoría de la capital y el conurbano bonaerense.

Campos dijo que faltaban cinco minutos para que entregaran las evaluaciones. Escuchó algunos ruegos. Un poco  más de tiempo, por favor, profe. Campos no respondió. Continuó en lo que estaba, haciéndose el distraído, mientras miraba a un alumno morocho, flaquito, de pelo enrulado, que había estado prácticamente en la misma posición desde que había comenzado el examen.

-Ramírez, ¿qué le pasa? ¿Se siente bien?

El alumno no respondía. Hundió, lento, la cabeza, apoyó la frente contra la madera del pupitre, y dejó los brazos flojos, colgantes. Campos, preocupado, se levantó y fue hasta donde estaba Ramírez en esa posición de animal herido. Entonces le hizo las preguntas de rigor, las preguntas del protocolo que requieren los alumnos de escuelas públicas de todo el país: ¿comió algo, desayunó, tiene algún problema familiar, se siente bien, me quiere contar algo después de clase? Si quiere puede retirarse e ir a conversar con la psicóloga. Ramírez, le estoy hablando. ¡Ramírez!      También puede ir a hablar con la preceptora si quiere, o puede decirle a alguno de sus compañeros que lo acompañe al baño.

Pero Ramirez seguía en la misma posición y tenía los ojos cerrados, lo que daba temor a Campos. Finalmente, dirigiéndose a otro alumno que ya había finalizado la evaluación le dijo que fuera a buscar a Beatriz, la preceptora.

Una vez que hubo llegado, la preceptora, perpleja, miró a Ramírez y luego al resto del curso. Se acercó a él y le preguntó si estaba bien pero Ramirez continuaba inmóvil. Luego posó la mano en el pelo del alumno pero inmediatamente la retiró cuando otros alumnos empezaron a burlarse. Campos se acercó, enfurecido y le dijo a otro alumno que le pegara un cachetazo en la cabeza para ver si Ramírez despertaba. El alumno elegido, llamado Facundo, y apodado por todos como “Tuca”, le pegó tremendo cachetazo a Ramírez, y éste gimió, desfigurando la cara de la preceptora. Pero había funcionado, Ramírez estaba despierto y ahora se iba al baño con otro alumno. La preceptora lo miró mal a Campos y éste ni se mosqueó, continuó en su mundo de papeles perdidos.

 

 

Nicolás J. Pose (1980, Buenos Aires) Estudió  letras en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el primer premio de narrativa en el VIII Certamen internacional de Poesía y Narrativa Breve organizado por la editorial De los cuatro vientos y fue finalista en el III concurso de narrativa Eugenio Cambaceres(2012) organizado por la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”. Publicó el libro de cuentos La Performance (De los cuatro vientos, 2005) y, en colaboración con Juan Pablo Bertazza, Manuel Pose y César Rexach los ensayos de Libres del Libro (UAI, 2017). También ha escrito textos literarios, críticas y reseñas en diversos medios culturales como El interpretadorNo retornable, la revista Siamesa y MALBA Cine. Por una cabeza, su primera novela, se publicó este año. Actualmente organiza junto a Florencia Benson y Magalí Díaz Moreno el ciclo de literatura y arte erótico “Noches Venusinas”.

 

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