“La gran adivinadora”, por María Crista Galli

La gran adivinadora

“En tu pecho brillan los astros de tu destino”

F. Schiller, Wallenstein.

 

Una forma antiquísima de leer el futuro era la lectura de caparazones de tortuga, que luego resultó en la lectura del I-Ching. Este tipo de pronóstico mágico que concedía poder oracular a las fracturas o líneas diagramadas, azarosamente, en caparazones de tortuga o, previamente, en las hojas de la aquilea, incumbía más a gobernadores, emperadores y guerreros que deseaban saber el resultado de sus configuraciones estratégicas y el futuro del pueblo. No se consultaba sobre la fortuna personal. La oniromancia, otro tipo de adivinación,   recobró importancia gracias al psicoanálisis que en lugar de  presuponer que el sueño es un presagio del futuro (destino individual) interpreta este intrincado lenguaje específico como un acervo de imagos (arquetipos)  y deseos individuales ocultos, inmaduros o reprimidos. El psicoanálisis le da especial importancia a este último poder de la vida imaginaria onírica  que en el proceso de transferencia es crucial: el sueño es para el inconsciente lo que la materia a la luz ya que revela  su contenido.  En el Talmud, ya lo decía Rav Jisda: un sueño que no se interpreta es una carta que no se lee.

Los pueblos originarios llevaban una intensa vida interior que configuraba gran parte de sus destinos, es decir, de su vida exterior, y hasta podría pensarse que no existía delimitación entre el consciente y el inconsciente. Hoy en día se subestima demasiado la causalidad en el sector psíquico, pues en él, no existen las “casualidades”.  Así, lo que en la antigüedad parecía un presagio milagroso, una adivinación fortuita o, simplemente, la vigilia misma, la coincidencia de un sueño con la realidad (inmediata o mediata) no es más que una lectura finísima del universo que pone en marcha, de antemano, el alma. Como dijo Karl Abraham, el sueño es el mito del individuo.  Primo hermano del inconsciente, nos susurra siempre la verdad al oído, nunca engaña, pero nosotrxs, presxs torpes de la razón, no lo escuchamos. Madre terrible, tumba sabia de la eternidad, es la visión de la oscuridad.

 

María Crista Galli (1985, Buenos Aires) no se define experta en ningún área específica salvo la inquietud. Todo se mueve menos el cambio es el lema taoísta que mejor define su forma de aprendizaje y de vida. Su pasión se extiende desde la traducción, que estudió formalmente, hacia distintas áreas artísticas y culturales, como la danza, la poesía y las artes plásticas. Actualmente cursa estudios de floricultura en la Universidad de Buenos Aires.  Su objetivo es lograr un ensamble de todas las áreas que la apasionan, principalmente de la escritura y la botánica.

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