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“Vuelve eternamente el niño del que estabas cansado, el pequeño hombre”.

(Nietzsche)

 

Crisálida:  Insecto o lepidóptero que se encuentra en la fase posterior a larva y anterior a la adultez. Capullo en el que se encierra ese insecto en esa fase. De khrysos: oro, dorado, amarillo.

La salida de la crisálida completa un círculo de vida, no un final. Sin embargo, esta revolución no sucede sin turbación, como si recorrer ese círculo no fuera simplemente seguir una línea de puntos derecha, sino un laberinto. Hay un momento de separación con el pasado, con lo que se era hasta el momento de quiebre. Los despojos quedan a la vista como la crisálida transparente queda colgada y destruida en la ramita o el antiguo tegumento de las cigarras queda pegado a los troncos.

Sin embargo, la humanidad no entiende de capullos, menos aún de despojos de pieles,  sino de decisiones, de crisis, de resurrección.

Crisis: del griego krinein: Yo decido.  De la misma raíz (krei) derivan palabras como cortar y separar, también secreto. No es difícil entender esta interrelación, si no pensamos que el lenguaje es algo azaroso. En El rey del mundo, René Guénon explica que la raíz sánscrita kal ha dado origen tanto a la palabra cortar o dividir, como a separar y ocultar y que la palabra luz  en hebreo deriva de una raíz que designa lo que está oculto, velado o secreto. También explica que el latín para cielo (coelum) viene posiblemente de caelare (ocultar), como si el cielo  fuera una gran cueva o cavidad (palabras que también comparte su raíz) que devela y a su vez oculta un gran secreto en su profunda e infinita oscuridad. Como una muñeca rusa, cada vez que se saca una se descubre otra: así el universo. A la vez que se descubre algo, aparece un nuevo misterio, y los misterios nunca dejan de sucederse unos a los otros. Pero ese misterio no se encuentra nunca desprotegido. Se lo protege siempre, se lo vela y se lo oculta porque es lo fundamental, lo que continúa el ciclo, ya que, como explicaba Leibniz, cada estado actual de una substancia simple es la consecuencia natural de su estado anterior, de tal modo que el presente es siempre causa del futuro. (“Monadologie”)

Desde ya,  no es estúpido preguntarse: ¿qué importan estas partículas que nadie ve cuando sentimos que en realidad hay algo más importante y no está en lo irrisorio sino en el cuerpo, en su materialidad, incluida la mente, y en todas sus sensaciones diarias?

Nada, no importa nada como todo lo que es imposible de comprender. Pero me animo a un juego lingüístico al menos para divertirnos un rato con conclusiones tal vez no tan erradas.

En botánica, se llama lumen (de la raíz indoeuropea lewk, blanco o luz) al espacio celular y en medicina a los huecos por donde corre la sangre.  Parece paradójico que un espacio oscuro, vacío, pueda dar idea de luz. No olvidemos que sin el vacío no viajaría la luz, sin espacio, no habría materia.  Lo que es interesante es que, como explica Guénon, la palabra hebraica para luz también significa almendra o carozo y toda partícula indestructible.  Dice Guénon que el carozo de inmortalidad, allí donde se detiene el poder del Ángel de la Muerte (…) puede ser comparado también a la crisálida por la cual emerge la mariposa, cuyo papel resurrector puede compararse al del luz. Y más adelante concluye: es la localización del centro espiritual supremo en el “mundo subterráneo”.

 Allí, en lo más inaccesible, se encuentra el secreto. La memoria, el pensamiento, la mente, no es más que una manifestación distinta de la materia que, al fin y al cabo, se reduce a un movimiento imperceptible de algo que llamamos o conocemos como energía. Elementos primordiales más o menos calientes. Nuestra psique también añora el reposo, como añora el desvelo y la libertad.  Tal vez ella misma imite esa fuerza creadora de la materia. La mente es un pájaro libre o una mariposa.

Psique: del griego psyché, alma o mariposa. Dijo Lacán sobre la diosa griega Psyché en el seminario VIII: “Psique está alada con alas de mariposa.”

La mente, entonces, desconoce sus misterios más profundos pero los siente, por medio del cuerpo, como siente el amor, el placer, el espanto o la belleza. Por sobre todo, la mente, el alma,  siente la humillación al cometer el mismo error otra vez, al sentir que no hemos crecido, que seguimos, a pesar del tiempo, en el mismo lugar. Pero es justamente esa la sensación correcta ante una crisis, si no la única.  Lo que sentimos será siempre lo más real y solo nos queda, mientras intentamos inútilmente develar algo que quizás no sea mucho más profundo, la posibilidad de acción, la voluntad de decir ante cada crisis: Yo decido. Yo decido lo que siento. Yo decido mi destino.

 

María Crista Galli (1985, Buenos Aires) no se define experta en ningún área específica salvo la inquietud. Todo se mueve menos el cambio es el lema taoísta que mejor define su forma de aprendizaje y de vida. Su pasión se extiende desde la traducción, que estudió formalmente, hacia distintas áreas artísticas y culturales, como la danza, la poesía y las artes plásticas. Actualmente cursa estudios de floricultura en la Universidad de Buenos Aires.  Su objetivo es lograr un ensamble de todas las áreas que la apasionan, principalmente de la escritura y la botánica.