Tres poemas, por Daniel Chao

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Los restos

Hasta la capilla de San Ignacio, luego freno para comprar
dos porciones de tarta en el local de comida pesada
por el chino, escarbadientes en la boca y lleno de cicatrices
72 pesos, sé que no hice mi mejor negocio.
No importa. Rompo el nailon tibio y vaporoso.

Llego masticando la primera y al sentarme sé también
que me caerá mal. No sabemos cuál será el costo
de estas indigestiones, la mala costumbre
de masticar en marcha y a la rastra de la jornada.

Consuelo que la otra es de verdura y ya más calmo
sentado frente a la librería de Ávila bajo un árbol
que he visto desnudarse y reencontrar el verde
desde mi corte transversal de su tronco hacia su copa
un iris de ramas y nervaduras en contienda por la luz.
Sentado casi sobre el vidrio templado
que deja ver en su fondo los viejos cimientos y calzada
de una ciudad que se fue y olvidó o exhibe
su sombra.

A mis espaldas quedan la capilla en refacción
y en las vallas del obrador Sofía Gala
que da el pecho en Alanís semivestida por un collage
de afiches que felicitan en su día a todos los empleados
de comercio y firma Cavalieri
“UNIDAD CON TODOS”
Mi llegada no interrumpe la confidencia
de un barrendero que con su carro-cesto estacionado
le dice a un flaco que “siempre hay que tratarlos de buena manera
a estos, saludarlos, porque si no…” El flaco asiente y medio sonríe
con medio sánguche en la boca.
El que sí interrumpirá, un señor de traje, maletín y canas
que surcaba adoquines y obligación pero se planta
ahí mismo ventaneando hacia abajo por el vidrio templado, empañado
por la lluvia copiosa de la noche atrás,
con todo esfuerzo, como rastreando un reloj caído

Pero más que el empañe, se ve estorbado el señor
por la basura que ve allá abajo dentro de la vitrina.
-Mirá como tiraron desperdicios, qué pena. No se puede
apreciar nada. Tendrían que limpiar- apercibe de soslayo al barrendero.
-Y sí, se ensucia, pero se puede levantar el vidrio, eh.
Lo que tendrían que hacer es adornar con unas plantitas ahí.- intenta condescender.
Pero el señor, incomprendido, educa al obrero de limpieza:
-No, pero eso ya no permitiría ver los restos… En fin, qué sucia
que es la gente- Y se enfrasca
nuevamente en su marcha importante.

Se aleja y en la estela de silencio y miradas
circunspectas que deja tras sí,
cabe el hueco para que el barrendero achique
distancia conmigo y por lo bajo y por la espalda
pero mirándome a mí le ultime
-Y qué quiere, si esto es Argentina.
Sonrío a medias, con restos de tarta
en toda la jeta.

 

En seco

Una o dos personas por vagón
si te fijás lloran en tu viaje en subte
No es un exabrupto ni irrupción alguna
Nadie extenderá un pañuelo
Sólo se hace un hueco de miradas
en torno, se amontonan
con más peso todavía sobre
el mosaico de pantallas de cálida luz
y ya, normalizado
Las demás caras del contexto
tampoco es que reluzcan
de algarabía o las desdibujen
cabriolas de puerta a puerta.
Mirá a tu alrededor
¿Quién no está
llorando en seco?

Es que somos un sabio pueblo
cercado
por estatuas de sus sabios desecados
de sabiduría
que ha aprendido de sus errores
meta quemarse con la leche
que sus hijos no prueban
no probarán
y que luego ve una vaca y llora
y si nunca vio una vaca, lo mismo
va y llora
y a nadie le cuenta
ni nadie se percata
a un lado u otro del mosaico
de pantallas.

 

La grieta

miré fijo en el cemento de las cosas
y en la grieta miré
y me vi
en toda mi violencia insondable
en toda mi rabia inhabitable
sediento de engrosar el suplicio
en la hendidura
y dejar una cuña
para que el tiempo escarbe mi vergüenza
como el gallo con el que despierto
desde que empecé a despertar
cada día

y todas las tazas en que bebo
tienen agua de río
con pirañas
y ya las muerda o me muerdan ellas
es la grieta de nuestra rabia que se engrosa
profunda
como profundo nos odiamos
en el rojo y negro
de nuestros márgenes

lavo mi cara y mis manos
al comienzo o al final del día
-da igual-
esa grieta negra en el jabón
yo se la traje
en manos y rostro
me la amasó y frunció largas horas
el gentío
y la frotó contra otros distintos
e iguales
ahora yo amaso el jabón
y ahí la grieta
se la metí en la duramadre
toda espumosa de engrupirme
el mundo;
de enseñarle sus malas palabras
a mis nenes y después venderme
el jabón para sus bocas y la moral
para mi suficiencia

así odio yo
en la privacidad de mi baño
en mi cemento
así me quito el mundo del cuerpo
como quitándole las malas palabras
con jabón
de la boca
a un nene
y ensanchando para siempre
la grieta de toda otra palabra.

 

Daniel Chao (1988, Buenos Aires) es estudiante de Filosofía y vive en Avellaneda.
Ama las plantas, su silencio y la música. Bebe lo justo y conveniente. La poesía es un santuario que espera seguir encontrando abierto entre tanto le busca salida a una ciudad que lo encoge y le hace mentir, mentir demasiado. Crónicas de segundo semestre es su primera obra publicada.

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