Loving this Giant. Una crónica de “American Utopia”, de David Byrne, por Karina Boiola

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Escuché por primera vez a los Talking Heads un mediodía en el trabajo, cuando por venturoso azar la lista de reproducción automática de Youtube hizo sonar Psycho Killer. Feliz algoritmo que me adentró en la hipnótica línea de bajo que caracteriza a, quizás, su más conocida canción. Mi felicidad fue completa cuando reparé en la letra: “I hate people when they are not polite”. Una verdadera declaración de principios.

Un par de años después, recuerdo, ponía el disco Little Creatures mientras volvía del trabajo. Era la primera vez que lo escuchaba porque, confieso, algunos de mis mejores descubrimientos musicales fueron tardíos. Pero ese no es el tema de esta crónica. Vuelvo a esa tarde de principios de 2016 en que, en el subte, descubría ese disco. De repente, Road to Nowhere. Éxtasis. La canción precisa para el momento justo. Un día corriente en un trabajo aburrido, un contexto político que se llevaba puestas las ilusiones que muchos teníamos para el futuro.

Y sonó esa canción: “We’re on a ride to nowhere/come on inside/taking that ride to nowhere/we’ll take that ride”. Una letra que habla de la incertidumbre, sí, pero también de aprender a lidiar con la falta. Y que apuesta por lo colectivo. El camino hacia la nada no se recorre desde el yo, sino desde el nosotros. Byrne invita a seguir ese camino: “Baby, it’s all right’, canta. Y también: “The future is certain/give us time to work it out”. Un coro potente, al mejor estilo góspel, y el ritmo cuasi marcial de la batería, nos animan a tener confianza en un futuro desconocido. Because where’re gonna work it out, no matter what.

En este punto, quien lee se preguntará qué tiene que ver esta experiencia personal con el último recital de David Byrne, en Buenos Aires, el pasado lunes 19 de marzo, en el Teatro Gran Rex. Ya no con los Talking Heads, sino como solista. Para presentar su último disco: American Utopia. Ya verá quien lee que todo tiene que ver con todo, a fin de cuentas.

Utopía Americana se lanzó el 9 de marzo, seis días después de empezar la gira que lleva el mismo nombre. Apenas una semana después de recorrer algunas ciudades de Estados Unidos, el tour se vino a Latinoamérica (y por acá va a andar hasta el 7 de abril, para luego seguir por Europa y volver a Yankeeland). Después de ver el que fue el mejor recital de mi vida, puedo decir que se trató de una apuesta jugada. No porque dudara de que Byrne iba a darnos un espectáculo maravilloso. Sino porque apostó a ir por todo. Y le salió más que bien.

Ese camino que se anunciaba en Stop Making Sense (1984) explotó en American Utopia. En el primero, la puesta en escena se iba armando canción tras canción. Byrne primero, luego se incorporaba el resto de la banda. Los músicos y sus instrumentos se agregaban al escenario por turnos, rompiendo así con los roles estáticos de la formación musical tradicional. En American Utopia, en cambio, ya no hay posiciones fijas, la banda es marchante. Los cuerpos de la batería se distribuyen entre los integrantes del segmento percusivo. Y todos bailan con sus instrumentos en el cuerpo (son uno, músico, instrumento y danza). Una coreografía descontracturada pero, se nota, esmeradamente ensayada y milimétricamente precisa.

La posición que cada músico adopta en la formación tradicional a la que estamos acostumbrados (cantante al frente, batería atrás, guitarras y bajo a los costados, por lo general) sirve, entre otras cosas, para marcar la importancia y la jerarquía de los integrantes de una banda. En cambio, la construcción de la puesta en escena de American Utopia se realiza sobre un espacio vacío al que, poco a poco, se suman las y los músicos. Quienes, por su parte, nunca permanecen fijos. Movimiento constante. Así, el protagonismo (más allá de la figura destacada de Byrne quien, por su parte, casi no tocó la guitarra en todo el recital) se alterna entre los distintos integrantes. Angie Swan en guitarra (la rompió en el solo de “The Great Curve”), Bobby Wooten en bajo, Chris Giarmo y Simi Stone en coros (y excelsos bailarines, también), Karls Mansfield en teclado y Mauro Refosco, Aaron Johnson, Gustavo Di Dalva, Davi Vieira y Daniel Freedman en percusión.

Este espacio vacío, sólo ocupado por la destreza musical y performática de los artistas, evita la distracción que podría provocar la parafernalia de la escenografía, de las pantallas, de las animaciones. El seguidor (la luz que sigue al músico mientras se desplaza por el escenario) recorta, a su vez, el espacio y la temporalidad. Marca las escenas y los cortes. El espacio se conforma, entonces, a partir de un juego incesante de luces y sombras.

Después de una gran actuación de Lisandro Aristimuño y su banda (a quien el propio Byrne eligió para ser su telonero), el recital se abrió con David, solo, sentado frente a una mesa, sobre la cual había un cerebro de plástico. Canta “Here”, de su último disco. Señala las partes del cerebro, camina por el escenario. Es una canción recitada, teatral, muy al estilo “Once in a Life Time”. Los últimos versos se preguntan si ahí, en la masa encefálica, hay algo que llamamos alucinación, si esa es la verdad o es mera descripción. Una pregunta por los límites difusos entre la razón y la locura. Y, por qué no, una invitación a alucinar con lo que estaba por venir.

El público estalla en aplausos. Sí, la primer canción y se aplaudió como la última. Era el comienzo del disfrute multitudinario de quienes fuimos a escucharlo. La segunda, Lazy, una de X-Press 2. Hay que decirlo: el repertorio fue variado y Byrne incluyó de todo. Desde los más conocidos de los Talking Heads (“This Must be the Place”, “Once in a Life Time”, “Slippery People” y, por supuesto, “Burning Down the House”) hasta “I should watch TV”. Una canción del disco Love this Giant, producto de la maravillosa combinación del talento de dos gigantes: Byrne y St. Vincent, compositora y multi instrumentalista norteamericana.

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Ya lo dije. El público se prendió fuego. Los aplausos de cada canción no bajaban de un minuto. Hasta cantamos “olé, olé, olé, deiviii deiviiii”: Acá, una indiscreción. Al lado mío se sentó un chico que, aún desde antes de empezar el recital, estaba muy inquieto. La ansiedad de ver al artista querido. No paró de moverse, bailar, pararse, ir al pasillo, volver a sentarse. En otro contexto vital, probablemente lo hubiera odiado. Pero la algarabía era tal que su energía frenética me contagió un poco, porque, en definitiva, estábamos en la misma. El clímax fue en “Burning Down the House”. Me miró y me dijo: “¡Por qué no se paran todos y bailan!”. Y fue inmediato. Hasta ese momento nos habíamos portado bien, cada cual en su asiento. Escuchar la fugaz melodía que inicia el tema y tirar el Gran Rex por la ventana, fue todo uno.

Sobre la temática que recorre las canciones de American Utopia, Byrne explica: “no describen el imaginario de un lugar probablemente imposible, sino que intentan describir el mundo en el que vivimos hoy día, un mundo que, cuando lo vemos, nos hace preguntarnos si hay otro camino, un mejor camino, un camino diferente”. Y sigue: “Tengo la sensación de que no soy el único que se hace esas preguntas, el único que aún quiere que haya un poquito de esperanza, que no quiere sucumbir ante la desesperación o el cinismo. No es fácil, pero la música ayuda”[1].

“Every day is a miracle/every day is an unpayed bill” dice otra de las canciones que sonaron. Hermosa y precisa descripción del contexto neoliberal que habitamos. Tantos años después del camino que no va a ningún lado, la pregunta (y sus posibles respuestas) sigue apostando por lo colectivo. Por eso, el último tema que Byrne y su banda eligieron cantar fue un cover de “Hell You Talmbout”, de Janelle Monáe. Una canción construida a partir de los nombres de hombres y mujeres asesinados por la policía en Estados Unidos (y Byrne quiere que esto quede bien claro, porque decide contarlo en su precario español). “Say his name/say her name” se repitió incansablemente, así como los nombres de quienes ya no están. Y acá, en esta ciudad del sur del mundo, en medio de un espectáculo lleno de creatividad y energía, por un ratito, pudimos sacudirnos de encima la desesperación y el cinismo.

[1] Citas extraídas de la página oficial de David Byrne: http://davidbyrne.com/explore/american-utopia/about. La traducción, libre, es mía.

Karina G. Boiola (1988, Buenos Aires) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Latinoamericanas de la UNSAM. Ha sido columnista de la revista “Tierra Adentro” (México, CONACULTA).

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