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Una pregunta compleja: ¿Qué es la memoria? O mejor dicho, ¿Qué representa?

Podría decir – sin recurrir a diccionarios ni a nuestra querida y gratuita amiga Wikipedia – que la memoria es un cúmulo de certezas, de dudas perdidas y encontradas, un abanico de colores que se va formando a medida que almacenamos recuerdos propios, ajenos, de aquí y allá.

Nuestra memoria se activa y comienza a funcionar cada vez que observamos, olemos, tocamos, hablamos. Es nuestra pequeña computadora, recopila los datos que ingresan y, por supuesto, una vez dentro, los ordena de acuerdo a las características de la información. Elige o selecciona aquellos datos que debemos recordar porque, de alguna manera, tienen un orden de prioridad en nuestra carpeta.

Por un lado, esto nos facilita muchos aspectos de lo cotidiano, desde pequeñas situaciones a resolver hasta eventos más trascendentes que debemos recordar: no olvidar los documentos, cerrar la llave del gas, apagar las luces antes de salir, pagar las deudas, recordar eventos afectivos, económicos, etc. Por otro lado, está aquello que entra en nuestro sistema y que creemos que no nos afecta, sin embargo alcanza algún cable sensible, nos machaca un circuito en lo profundo de nuestro ser.

Dejamos que eso suceda día a día, sin depurar los sistemas receptivos, metemos y metemos, tenemos una superpoblación de archivos, de cosas. Este hecho de almacenar constantemente, entre otros fenómenos que ocurren simultáneamente, deja el siguiente resultado: creemos que sabemos por el hecho de tenerlo guardado, pero ignoramos completamente el origen, el significado de la información.

Si esto acontece a nivel individual, dado que cada uno de nosotros es un planeta insondable, imaginemos lo que significa a nivel social: la gran masa de memoria colectiva, la bestia que no olvida, y a veces por sus fallas, perdona.

Ahora bien, el fin que tenemos como individuos es sobrevivir, en el medio de esa lucha encarnizada que nos propone nuestra naturaleza, tenemos el obsequio y la desgracia de la palabra, un excelente medio para sobrevivir en el tiempo. Me gustaría señalar cómo afecta a nuestra memoria la información desgastada que se va transformando en archivos basura, pero que sin embargo, repetimos cada vez que podemos ya que nunca vaciamos del todo la papelera. Un buen ejemplo son aquellas frases que se reproducen a partir de un hecho concreto, por ejemplo cuando se habla de “Memoria, verdad y justicia”, “Ni una menos” o “Todos somos X”.

A veces repetimos slogans sin conocer su procedencia, ni el por qué, ni el cómo. Es curioso como activamos muchas piezas o componentes de la memoria colectiva. Y repetir un slogan es simplemente eso, no es expresar nuestra posición en el mundo ni abrir un frente de lucha. Esto lo podemos hacer educándonos, informándonos, tratando de entender de dónde viene la información que tenemos.

Hay que limpiar los canales de comunicación, depurar los archivos que no sirven más, descomprimir aquellos que sabemos que tenemos y nunca revisamos. Así es como tendremos un intercambio más feliz, pleno de información clasificada y bien conocida.

Gustavo Edgardo Leguizamon (1981, Capital Federal) músico y compositor, aficionado a la gastronomía. Es bajista en “Gilda y la elegante stones” y “Peces del aire”.