“No expectations”. Reseña de Diarios de la edad del pavo de Fabián Casas, por Isabel Lacatol

“No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios”. (Trópico de Cáncer, Henry Miller) 

 

“Vivimos demasiado poco para escribir de otras cosas que no fuésemos nosotros mismos” (Beckett)  

 

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Me tengo que subir a un avión. No me gusta volar, la sensación de estar en el aire me da pánico.  Pienso en llevar un libro que me haga olvidar de las alturas.  Elijo Diarios de la edad del pavo de Fabián Casas. Ya en el avión consigo dominarme, no me tiemblan las manos ni me siento inquieta, todo parece ir bien. Miro la tapa, estoy segura, “Gracias Fabián”, pienso.

Si bien la preocupación por volar se desvanece, aparece una nueva sobre el libro ¿Se trata de un diario de escritor o es un diario íntimo? ¿Se parece a los diarios de Alejandra Pizarnik o está más cerca de la autobiografía en seis tomos de Victoria Ocampo? ¿Es una autobiografía clásica? Me ordeno suspender el juicio. A veces para entender o para olvidarse de una fobia hay que suspender el juicio. Como en todo diario se relata lo cotidiano, por momentos resulta monótono. Como si no avanzáramos, tenemos la sensación de estar leyendo siempre la misma parte. Abundan las descripciones sobre el clima y los recorridos que hace el aprendiz de escritor “Hace frío y llueve desde hace tres días. Hace un rato salí a caminar y fui hasta una librería a comprarme un libro, pero no lo conseguí”, en otra parte dice “Tengo que comprar 1) hojitas de afeitar 2) aceite 3) papel higiénico 4) detergente 5) desodorante 6) shampoo 7) té 8) copos de maíz…”.

Digo aprendiz de escritor porque esa es la mirada de Casas sobre sí mismo en los noventa. La falta de trabajo, los teléfonos fijos y la escritura de cartas son elementos que nos sitúan en un escenario preciso, es en esos años que se descubre como artista. “Yo me identificaba con esa fuerza que había eclosionado muchísimos años atrás en París. Eso es un artista: una fuerza en el vacío que va a la derrota como único fin.” Hay informaciones que se hacen consientes una noche cualquiera, después de ver una película o leer a Henry Miller.

Esta lucidez tiene su contracara en el relato de lo velado, los síntomas que presenta el escritor en muchas de sus entradas en el diario. Se describe enfermo, con gripe o dolor de muela, en una lucha casi constante por restablecer el normal funcionamiento del organismo. “Tuve fiebre y me levanté varias veces para tomar un yogurt. Deliré con cosas que ahora se me escapan…hoy tengo algo de temperatura. Me duele todo el cuerpo como si hubiera hecho gimnasia”, “Tengo tos y estoy un poco mareado…quiero caminar y hablar poco, porque me agito mucho, tengo una roldana oxidada en el pecho, que carga flema en las profundidades y la deposita en mi boca”.  Es el relato de la somatización que nos hace plantearnos ciertas preguntas: ¿Es un chico débil? ¿Qué importancia tiene el dolor físico en su formación como escritor?

Se nos cuenta una imposibilidad, la del cuerpo que padece, se describe a la angustia en la metáfora del horla y al mismo tiempo detalla el día a día del encuentro consigo mismo, la construcción de su vocación.

Podemos pensar que lo que diferencia a un diario de cualquier otro género es la especificación de las fechas, se trata de un discurso seriado, con entradas en momentos específicos. Este tipo de literatura del yo, que puede entenderse como un relato autobiográfico responde a una estructura que se relaciona con lo privado. Lo que leemos en Diarios de la edad del pavo es la construcción de un tipo de yo, el “yo escritor” de Fabián Casas y en este punto está más cerca de la débil e incomprendida Pizarnik que de un Victoria Ocampo que apela a la memoria para narrar de forma clásica sus orígenes.

La entrada final del diario parece ser el punto de partida del otro yo, el que queda oculto al ser desplazado por el escritor, “parece que soy un ser detestable, megalómano y hostil”.

Ya en tierra firme le pregunto a un amigo qué piensa sobre el libro, me responde que es “un choreo”, que los diarios de escritor son publicados una vez que mueren. Después me cuenta sobre su viaje a Asia, alguien le dijo que no hay que tener expectativas y no sé qué más. Mi opinión es esta: me gusta leerlo, resulta animador leer esas entradas y suspender el juicio; dejarse llevar por los pasos de Fabián, acompañarlo, en la salud y en la enfermedad. Suspender el juicio. Ser una cosa que duda.

Isabel Lacatol (1984, Santa Cruz) Es Profesora de Filosofía y Diplomada en Gestión Cultural. Estudia Letras en la UBA. Trabaja como docente, prensa y comunicación de eventos. Editora en Revista Le Folie.

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